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“El ciego me insistió en que le explicase cómo la mente puede encontrar el corazón e introducir en él el nombre de Jesús. Estás ciego y no ves los objetos. Sin embargo, puedes representarte aquellas cosas que viste antes de perder la vista. Ahora—Pues bien, lo mismo puedes hacer con el corazón. Haz que tu mirada penetre en tu interior, en tu corazón; escucha sus latidos, que son latidos de verdad. Cuando te hayas acostumbrado a escuchar esos latidos, procura relacionar las palabras de la oración interior con el ritmo de los latidos de ese corazón. Así, en el primer latido di: Señor; en el segundo pronuncia: Jesús; en el tercero: ten misericordia; y en el cuarto, para finalizar: de mí. Repítelo muchas veces. A ti te resultará más fácil, pues en cierta manera estás ya acostumbrado a repetir la frase. No tienes que hacer más que relacionarla con los latidos del corazón. También te servirá relacionar las palabras de la oración del corazón con la respiración. Mientras inspiras el aire, dirás: Señor, Jesús; y mientras expiras, completarás: Ten misericordia de mí. Si lo haces así, al principio sentirás un ligero dolor en el corazón; después se te cambiará en calor gozoso. Procura rechazar cualquier imaginación que te surja durante la oración, pues entonces la oración pierde su pureza y se convierte a esas imaginaciones creando, en el supuesto orante, puras ilusiones.” — Anonymous

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El ciego me insistió en que le explicase cómo la mente puede encontrar el corazón e introducir en él el nombre de Jesús. Estás ciego y no ves los objetos. Sin embargo, puedes representarte aquellas cosas que viste antes de perder la vista. Ahora—Pues bien, lo mismo puedes hacer con el corazón. Haz que tu mirada penetre en tu interior, en tu corazón; escucha sus latidos, que son latidos de verdad. Cuando te hayas acostumbrado a escuchar esos latidos, procura relacionar las palabras de la oración interior con el ritmo de los latidos de ese corazón. Así, en el primer latido di: Señor; en el segundo pronuncia: Jesús; en el tercero: ten misericordia; y en el cuarto, para finalizar: de mí. Repítelo muchas veces. A ti te resultará más fácil, pues en cierta manera estás ya acostumbrado a repetir la frase. No tienes que hacer más que relacionarla con los latidos del corazón. También te servirá relacionar las palabras de la oración del corazón con la respiración. Mientras inspiras el aire, dirás: Señor, Jesús; y mientras expiras, completarás: Ten misericordia de mí. Si lo haces así, al principio sentirás un ligero dolor en el corazón; después se te cambiará en calor gozoso. Procura rechazar cualquier imaginación que te surja durante la oración, pues entonces la oración pierde su pureza y se convierte a esas imaginaciones creando, en el supuesto orante, puras ilusiones.
— Anonymous