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“Pero Rominka no quería morir, no quería enloquecer. Los hijos, aún balbucientes la reclamaban. El marido la quería. Y su propia carne, no importaba si marchita, si enferma, pero viva, se estremecía de terror ante la amenaza.” — Rosario Castellanos
Pero Rominka no quería morir, no quería enloquecer. Los hijos, aún balbucientes la reclamaban. El marido la quería. Y su propia carne, no importaba si marchita, si enferma, pero viva, se estremecía de terror ante la amenaza.