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“—No se puede estar sin hacer nada —decía la abuela. Justamente, en esa oficina era donde Jacques tenía la impresión de no hacer nada. No rechazaba el trabajo, aunque para él nada pudiera sustituir el mar o los juegos de Kouba. Pero para él, el verdadero trabajo era, por ejemplo, el de la tonelería, un largo esfuerzo muscular, una serie de gestos diestros y precisos, manos duras y ligeras, y el resultado de los esfuerzos se veía: un barril nuevo, bien terminado, sin una fisura, y que el obrero podía contemplar. En cambio, ese trabajo de oficina no venía de ninguna parte y no terminaba en nada. Vender y comprar, todo giraba en torno a esos actos mediocres e inapreciables” — Albert Camus
—No se puede estar sin hacer nada —decía la abuela.
Justamente, en esa oficina era donde Jacques tenía la impresión de no hacer nada. No rechazaba el trabajo, aunque para él nada pudiera sustituir el mar o los juegos de Kouba. Pero para él, el verdadero trabajo era, por ejemplo, el de la tonelería, un largo esfuerzo muscular, una serie de gestos diestros y precisos, manos duras y ligeras, y el resultado de los esfuerzos se veía: un barril nuevo, bien terminado, sin una fisura, y que el obrero podía contemplar.
En cambio, ese trabajo de oficina no venía de ninguna parte y no terminaba en nada. Vender y comprar, todo giraba en torno a esos actos mediocres e inapreciables