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“Pues bien, cuando alguien se da a la música y deja que le inunde el alma derramando por sus oídos, como por un canal, aquellas dulces, suaves y lastimeras armonías de que hablábamos hace poco y pasa su vida entera entre gorjeos y goces musicales, esta persona comienza por templar, como el fuego al hierro, la fogosidad que pueda albergar su espíritu y hacerla útil de dura e inservible. Pero si persiste y no cesa de entregarse a su hechizo, entonces ya no hará otra cosa que liquidar y ablandar ésta su fogosidad hasta que, derretida ya por completo, cortados, por así decirlo, los tendones del alma, la persona se transforma en un «feble guerrero»” — Sócrates
Pues bien, cuando alguien se da a la
música y deja que le inunde el alma derramando por sus oídos, como por un canal, aquellas
dulces, suaves y lastimeras armonías de que
hablábamos hace poco y pasa su vida entera
entre gorjeos y goces musicales, esta persona
comienza por templar, como el fuego al hierro,
la fogosidad que pueda albergar su espíritu y
hacerla útil de dura e inservible. Pero si persiste
y no cesa de entregarse a su hechizo, entonces
ya no hará otra cosa que liquidar y ablandar
ésta su fogosidad hasta que, derretida ya por
completo, cortados, por así decirlo, los tendones del alma, la persona se transforma en un
«feble guerrero»