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“La cosa se puso peor cuando llegó la época de los tacones. ¡Qué masoquismo! Encaramarse en esos dos palitos es un acto cercano al malabarismo y aprender a manejarlos todo un suplicio. Otro invento que, estoy segura, se lo debemos a los hombres porque con el tiempo descubrí el poder que puede tener un par de piernas balanceándose en estos pequeños simulacros de zancos. Y me monté en ellos, como se montaron las demás mujeres mientras ellos caminan felices por la vida sin problemas de callos, ni de deformaciones creadas por la altura de los tacones. Y después tienen el descaro de quejarse de lo mucho que demoramos las mujeres para arreglarnos. Como si lograr que el pelo luzca maravilloso [...] como les gusta a ellos, maquillarse sin que se nos pase la mano, elegir el vestido adecuado para la ocasión y montarse en los dos palitos fuera igual que afeitarse, bañarse y ponerse lo mismo de siempre: una camisa y un pantalón. Pero ¡ay que uno salga con la cara lavada y sin ningún tipo de arreglo!” — Rosaura Rodríguez