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“Hasta que lo viví en carne propia, siempre me pareció incomprensible que las parejas despellejadas por una convivencia desdichada no eligieran separarse. Nada parece más lógico y natural que sacudirse el yugo para respirar libre de nuevo. Y, sin embargo, muchas veces no se hace. En nuestro caso, transcurrieron cinco años, cinco meses y dos días entre el uno de octubre de 1997, fecha de mi resurrección, y la tarde del tres de marzo de 2003, cuando, ante la barra de un bar, vino rosado tú y café negro yo, surgieron de mi boca las palabras que tanto tiempo llevábamos temiendo. Yo pronunciarlas, tú escucharlas. —Debemos separarnos” — Fernando Marías
Hasta que lo viví en carne propia, siempre me pareció incomprensible que las parejas despellejadas por una convivencia desdichada no eligieran separarse. Nada parece más lógico y natural que sacudirse el yugo para respirar libre de nuevo. Y, sin embargo, muchas veces no se hace. En nuestro caso, transcurrieron cinco años, cinco meses y dos días entre el uno de octubre de 1997, fecha de mi resurrección, y la tarde del tres de marzo de 2003, cuando, ante la barra de un bar, vino rosado tú y café negro yo, surgieron de mi boca las palabras que tanto tiempo llevábamos temiendo. Yo pronunciarlas, tú escucharlas.
—Debemos separarnos