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“Menos mal que no morí de los momentos en que quise morir; que no salté del puente, ni cubrí las muñecas de sangre, ni me acosté en los rieles, allá lejos. Menos mal que no até la cuerda a la viga del techo, ni compré en la farmacia, con una receta falsa, una dosis de sueño eterno. Menos mal que tuve miedo: de los cuchillos, de las alturas, pero sobre todo de no morir completamente y quedarme por ahí —aún más perdida que antes— escrutando sin ver. Menos mal que el techo fue siempre demasiado alto y yo ridículamente pequeña para la muerte. Si yo hubiera muerto de uno de esos momentos, no oiría ahora tu voz, que me llama mientras escribo este poema, que acaso no parece, pero es, un poema de amor.” — Maria do Rosário Pedreira
Menos mal
que no morí de los momentos en que
quise morir; que no salté del puente,
ni cubrí las muñecas de sangre, ni
me acosté en los rieles, allá lejos. Menos mal
que no até la cuerda a la viga del techo, ni
compré en la farmacia, con una receta falsa,
una dosis de sueño eterno. Menos mal
que tuve miedo: de los cuchillos, de las alturas, pero
sobre todo de no morir completamente
y quedarme por ahí —aún más perdida que
antes— escrutando sin ver.
Menos mal que el techo fue siempre demasiado alto y yo ridículamente pequeña para la muerte.
Si yo hubiera muerto de uno de esos momentos,
no oiría ahora tu voz, que me llama
mientras escribo este poema, que acaso
no parece, pero es, un poema de amor.