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“Padre nuestro, padre ambiguo de los milagros eternos que admiramos los modernos por tu gran prestigio antiguo. La ninfa junto a la fuente pasa y tiene en su blancura lo que inspira, lo que dura, lo que aroma y lo que abrasa. Pues al ver la viva flor o la estatua que se mueve, hecha de rosa y de nieve, nos toma el alma el amor. Pan nuestro que estás en la tierra, porque el universo se asombre, glorificado sea tu nombre por todo lo que en él se encierra. Vuélvanos tu reino de fiesta en que tú aparezcas y cantes con los tropeles de bacantes mancillando la floresta. Hunde siempre violento y vivo y por tus ímpetus agrestes, en el cielo cuernos celestes y en la tierra patas de chivo. Danos ritmo, medida y pauta al amor de tu melodía, y que haya al amor de tu flauta amor nuestro de cada día. Deudas que el alma amando trunca están en tu disposición, y no le concedas perdón a aquel que no haya amado nunca.” — Rubén Darío