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“Pobre de mi madre, ella me trajo impecable a este mundo y cuidó de que no me diera pañalitis, que la varicela no dejara recuerdos, que en las piernas no me quedaran las marcas de las caídas o que el acné no dejara cicatrices. Así me entregó al mundo cuando pensó que era un adulto, que siguiendo su ejemplo me mantendría lejos de los peligros y que no sería igual de niñata de correr como cabra al precipicio. Pero nunca me advirtió de enamorarme, nunca mencionó que existía una herida que ni ella podría curar, solo el tiempo.” — Isabel Quintín
Pobre de mi madre, ella me trajo impecable a este mundo y cuidó de que no me diera pañalitis, que la varicela no dejara recuerdos, que en las piernas no me quedaran las marcas de las caídas o que el acné no dejara cicatrices. Así me entregó al mundo cuando pensó que era un adulto, que siguiendo su ejemplo me mantendría lejos de los peligros y que no sería igual de niñata de correr como cabra al precipicio. Pero nunca me advirtió de enamorarme, nunca mencionó que existía una herida que ni ella podría curar, solo el tiempo.