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“Se decía con terror que era un barrio de putas, drogadictos y maricones, que atracaban a la gente y que, aunque estaba cambiando, aún no convenía descuidarse por allí. A mí, desde el Gran San Blas, esto me hacía mucha gracia. De mi barrio, en los setenta y los ochenta se decían cosas parecidas y, aunque podía ser un sitio difícil, no era lo que yo llamaría un infierno. Al menos no por las razones que le daban esa fama. De Villaverde también se hablaba en esos términos, y de Carabanchel o Aluche. No había que ser muy despierta para entender que todos eran barrios obreros, de rentas bajas, movilizados políticamente y a los que se había castigado con dureza, por ejemplo, introduciendo mareas de heroína y después catalogándolos a partir de las consecuencias que había dejado la droga. También eran barrios en los que había gitanos, que se encontraban bien entre iguales, entre obreros, entre pobres. A los gitanos no se les dejaba descansar y acarreaban con la fama de destrozar los sitios por donde pasaban o donde se asentaban. No se les concedía la mínima garantía ciudadana y se les culpaba por vivir con lo que se les dejaba.” — Alana S. Portero