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“¡Tan cambiada que no me habría reconocido!” Ana se quedó sumida en una silenciosa y profunda mortificación. Así era, sin duda; y no podía desquitarse, porque él no había cambiado si no era para mejor.” — Jane Austen
¡Tan cambiada que no me habría reconocido!” Ana se quedó sumida en una silenciosa y profunda mortificación. Así era, sin duda; y no podía desquitarse, porque él no había cambiado si no era para mejor.