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“Uno de ellos, el más viejo, el que había visto muchas guerras, murmuró: —Los dioses le dieron la victoria. Pero le cobraron un precio que ni ellos mismos sabrían pagar. Aquiles lo escuchó. Y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos no reflejaron orgullo ni dolor. Solo un cansancio tan hondo que parecía venir del fondo de los siglos. —No fue victoria —dijo, con una voz que ya no temblaba porque no le quedaba nada dentro—. Fue un pacto. Mi última gota de humanidad por su muerte. Se alejó entonces, dejando atrás el cadáver irreconocible del traidor y el cadáver aún caliente del hombre que había sido. Sus pasos resonaron en la piedra como los de un espectro que aún no sabe que ha muerto. Y en el silencio que siguió, alguien señaló el suelo: dos charcos de sangre, separados, pero del mismo color. Del mismo peso. De la misma eternidad. Allí yacían dos hombres. Uno había dejado de respirar. El otro, de ser. Los dioses, desde lo alto, guardaron silencio. Porque sabían que, a veces, la venganza más perfecta es también la tumba del vengador…” — Stef S. Magalhães

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Uno de ellos, el más viejo, el que había visto muchas guerras, murmuró: —Los dioses le dieron la victoria. Pero le cobraron un precio que ni ellos mismos sabrían pagar. Aquiles lo escuchó. Y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos no reflejaron orgullo ni dolor. Solo un cansancio tan hondo que parecía venir del fondo de los siglos. —No fue victoria —dijo, con una voz que ya no temblaba porque no le quedaba nada dentro—. Fue un pacto. Mi última gota de humanidad por su muerte. Se alejó entonces, dejando atrás el cadáver irreconocible del traidor y el cadáver aún caliente del hombre que había sido. Sus pasos resonaron en la piedra como los de un espectro que aún no sabe que ha muerto. Y en el silencio que siguió, alguien señaló el suelo: dos charcos de sangre, separados, pero del mismo color. Del mismo peso. De la misma eternidad. Allí yacían dos hombres. Uno había dejado de respirar. El otro, de ser. Los dioses, desde lo alto, guardaron silencio. Porque sabían que, a veces, la venganza más perfecta es también la tumba del vengador…
— Stef S. Magalhães