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“Ver a tu amante dormida, risueña en su sueño apacible bajo tu protección, amándote hasta en sueños, en el momento en que la criatura parece dejar de ser, y ofreciéndote todavía una boca muda que en el sueño te habla del último beso; ver una mujer confiada, medio desnuda, aunque envuelta en su amor como en un manto, y casta en el seno del desorden; admirar sus vestidos esparcidos, una media de seda, quitada rápidamente la noche anterior para complacerte, un ceñidor desabrochado que te confiesa una fe infinita, ¿no es un gozo sin nombre? Ese ceñidor es un poema entero, la mujer a la que defendía ya no existe, es tuya, se ha hecho tú. Si le eres infiel en lo sucesivo, te hieres a ti mismo.” — Honoré de Balzac
Ver a tu amante dormida, risueña en su sueño apacible bajo tu protección, amándote hasta en sueños, en el momento en que la criatura parece dejar de ser, y ofreciéndote todavía una boca muda que en el sueño te habla del último beso; ver una mujer confiada, medio desnuda, aunque envuelta en su amor como en un manto, y casta en el seno del desorden; admirar sus vestidos esparcidos, una media de seda, quitada rápidamente la noche anterior para complacerte, un ceñidor desabrochado que te confiesa una fe infinita, ¿no es un gozo sin nombre? Ese ceñidor es un poema entero, la mujer a la que defendía ya no existe, es tuya, se ha hecho tú. Si le eres infiel en lo sucesivo, te hieres a ti mismo.