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“Ninguna ballena ha bebido jamás agua pura de páramo, sus cuerpos no han descansado en la montaña ni recibido la protección del volcán, pero el Poeta hizo que una apareciera frente a nosotras. El encantamiento ocurrió en ese instante, cuando sus versos alimentaron nuestro viaje alucinatorio. La ballena se alzó grande y oscura delante del nevado, atravesando el fuego de los Diablumas con su cola y tragando viento. Sé que lo que digo no puede ser verdad, que ese tipo de animales no existen en las alturas y, sin embargo, la oímos llorar como si le doliera estar allí. Qué bonita bestia, me dijo Noa. Y con la llegada del ocaso la ballena creció aún más y tomó el color desigual de la luna.” — Mónica Ojeda
Ninguna ballena ha bebido jamás agua pura de páramo, sus cuerpos no han descansado en la montaña ni recibido la protección del volcán, pero el Poeta hizo que una apareciera frente a nosotras. El encantamiento ocurrió en ese instante, cuando sus versos alimentaron nuestro viaje alucinatorio. La ballena se alzó grande y oscura delante del nevado, atravesando el fuego de los Diablumas con su cola y tragando viento. Sé que lo que digo no puede ser verdad, que ese tipo de animales no existen en las alturas y, sin embargo, la oímos llorar como si le doliera estar allí.
Qué bonita bestia, me dijo Noa. Y con la llegada del ocaso la ballena creció aún más y tomó el color desigual de la luna.