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Quote by Onur Taşkıran

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Onur Taşkıran

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“Each time I drew my blade, I imagined the look of fear in his eyes when I returned for him. When he realized the wife whose arm he had cut off and left for dead would be the one to end him. I wanted him to know—he did not break me, as that was never his choice to make. I wanted to see the moment he realized that everything he had done to me—every slap, every punch, every kick—was kindling. It built me up into a raging wildfire, and now it was time for him to burn.”

“Antes de que nos diéramos cuenta de lo que estaba pasando. Era como el desenlace de un largo conflicto. Nos dejamos caer como satélites en llamas, abandonándonos a la gravedad que nos imantaba, abrazándonos y riéndonos. Ortega emitió unos jadeos excitados cuando mis manos se introdujeron en su kimono, con mis palmas acariciándole los pezones erectos, sus senos adaptándose a mis manos como si hubiesen sido diseñados para ello. El kimono fue cayendo poco a poco, después frenéticamente arrancado, dejando al descubierto una espalda de nadadora. Me quité la camisa y la chaqueta de una vez, mientras las manos de Ortega se debatían con mi cinturón, abrieron la bragueta y una mano de largos dedos se deslizó por la abertura. Noté la callosidad de cada base de sus dedos acariciándome. Salimos de la sala, no sabría decir cómo, y nos dirigimos hacia la cabina de atrás. Miré los largos músculos de sus muslos; yo era Ryker, era yo, porque me sentía como un hombre que por fin vuelve a casa. Allí, en la habitación cubierta de espejos, ella se acostó boca abajo, sobre las sábanas revueltas, se arqueó y yo la penetré hasta el fondo. Ortega estaba en llamas. Me hundí en un baño de aguas calientes. Los ardientes hemisferios de sus nalgas marcaban mis caderas a cada sacudida. Delante de mí, su columna ondulaba y se retorcía como una serpiente. El pelo le caía sobre la nuca con una elegancia caótica. En los espejos que nos rodeaban, Ryker se inclinó para acariciarle los senos, después las costillas, la redondez de los hombros, mientras ella se aupaba y volvía a desplomarse como el océano que rodeaba la nave. Ryker y Ortega, frotándose juntos como los amantes reunidos de una obra clásica. Sentí que el primer orgasmo la recorría, pero cuando ella se volvió para mirarme a través del pelo enmarañado, con los labios entreabiertos, perdí todo control. Me pegué a ella vaciándome hasta el último de los espasmos. Me desplomé sobre la cama y salí de su cuerpo como si naciera de nuevo. Su orgasmo continuaba.”