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“Desde aquella altura ya no se distinguia la lucecilla de la casa de Malene, a quien recordé vivamente, en un momento. Es decir más que a ella misma, a su cabello. (Un dia, junto al muro de su casa, mientras ella sacaba agua del pozo, la contemplé de espaldas, inclinada. El cabello se le habia soltado. Era una mata de cabello espeso, de un rojo intenso, llameante, un rojo que podía quemar, si se tocase. Más fuerte, más encendido que el de su hijo Manuel. Era un hermoso cabello liso, cegador bajo el sol).” — Ana María Matute
Desde aquella altura ya no se distinguia la lucecilla de la casa de Malene, a quien recordé vivamente, en un momento. Es decir más que a ella misma, a su cabello. (Un dia, junto al muro de su casa, mientras ella sacaba agua del pozo, la contemplé de espaldas, inclinada. El cabello se le habia soltado. Era una mata de cabello espeso, de un rojo intenso, llameante, un rojo que podía quemar, si se tocase. Más fuerte, más encendido que el de su hijo Manuel. Era un hermoso cabello liso, cegador bajo el sol).