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“Una bomba cayó a su lado alcanzando a un vasco, que perdió una pierna en el acto. Con grandes alaridos, el pobre hombre se desangraba sin que José pudiese hacer nada. Con las manos manchadas de sangre, José intentaba taponar la herida, mientras las balas pasaban silbando junto a su cabeza. — ¡No me dejes morir, no me dejes morir! José miraba el rostro congestionado por el dolor de aquel muchacho, mientras gritaba con todas sus fuerzas pidiendo auxilio. — ¡Socorro…! —Tranquilo, José, no pasa nada… Doña Teresa Da Silva encendió la luz del dormitorio de José e intentó calmar a su nieto. Las terribles pesadillas que perseguían a los soldados no dejaban que José tuviese una sola noche en paz. El miedo, el hambre y el horror de la guerra, habían calado hondo en los hombres que, como José, habían presenciado de primera mano la barbarie del frente. —Lo siento, abuela… José se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. —No te preocupes, hijo, ya ha pasado todo. (pp. 245-246)” — Manuel Ramos Ramos

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Una bomba cayó a su lado alcanzando a un vasco, que perdió una pierna en el acto. Con grandes alaridos, el pobre hombre se desangraba sin que José pudiese hacer nada. Con las manos manchadas de sangre, José intentaba taponar la herida, mientras las balas pasaban silbando junto a su cabeza. — ¡No me dejes morir, no me dejes morir! José miraba el rostro congestionado por el dolor de aquel muchacho, mientras gritaba con todas sus fuerzas pidiendo auxilio. — ¡Socorro…! —Tranquilo, José, no pasa nada… Doña Teresa Da Silva encendió la luz del dormitorio de José e intentó calmar a su nieto. Las terribles pesadillas que perseguían a los soldados no dejaban que José tuviese una sola noche en paz. El miedo, el hambre y el horror de la guerra, habían calado hondo en los hombres que, como José, habían presenciado de primera mano la barbarie del frente. —Lo siento, abuela… José se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. —No te preocupes, hijo, ya ha pasado todo. (pp. 245-246)
— Manuel Ramos Ramos