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“No hay ninguna droga tan pura como la testosterona en gel. No tiene olor alguno. Sin embargo, un día después de la administración, mi sudor se hace más ácido y más dulzón. Emana de mí un olor a muñeco de plástico calentado al sol o de licor de manzana olvidado en el fondo de un vaso. Es mi cuerpo el que reacciona a la molécula. La testosterona no tiene sabor. No tiene color. No deja huella. La molécula de testosterona se disuelve, en la piel como un fantasma atraviesa un muro. Entra sin llamar. Penetra sin marcar. No es necesario ni fumarla, ni esnifarla, ni inyectarla, ni tan siquiera tragarla. Basta con acercarla a la piel y así, por simple vecindad con el cuerpo, desaparece para diluirse en mi sangre.” — Beatriz Preciado
No hay ninguna droga tan pura como la testosterona en gel. No tiene olor alguno. Sin embargo, un día después de la administración, mi sudor se hace más ácido y más dulzón. Emana de mí un olor a muñeco de plástico calentado al sol o de licor de manzana olvidado en el fondo de un vaso. Es mi cuerpo el que reacciona a la molécula. La testosterona no tiene sabor. No tiene color. No deja huella. La molécula de testosterona se disuelve, en la piel como un fantasma atraviesa un muro. Entra sin llamar. Penetra sin marcar. No es necesario ni fumarla, ni esnifarla, ni inyectarla, ni tan siquiera tragarla. Basta con acercarla a la piel y así, por simple vecindad con el cuerpo, desaparece para diluirse en mi sangre.