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“El bien. No, yo no era el bien. Yo no era nada, y mi alma, mi alma eterna, estaba maldita... Traté de conseguir que los pulmones que me traicionaban tomaran aire para decir la palabra. No..., no. Pero no tuve que decirla. Él trueno sonó detrás de mí como si alguien hubiera arrojado dos enormes piedras, una contra la otra. Todos gritaron y cayeron hacia atrás, algunos desaparecieron corriendo por los costados del patio. Se abrió la oscuridad. Yo me volví, y a través de la noche que se movía como humo en el viento, descubrí a Rhysand, que en ese momento se enderezaba las solapas de la chaqueta negra. —Hola, Feyre, querida —ronroneó.” — Sarah J. Maas
El bien. No, yo no era el bien. Yo no era nada, y mi alma, mi alma eterna, estaba maldita...
Traté de conseguir que los pulmones que me traicionaban tomaran aire para decir la palabra. No..., no.
Pero no tuve que decirla.
Él trueno sonó detrás de mí como si alguien hubiera arrojado dos enormes piedras, una contra la otra.
Todos gritaron y cayeron hacia atrás, algunos desaparecieron corriendo por los costados del patio. Se abrió la oscuridad.
Yo me volví, y a través de la noche que se movía como humo en el viento, descubrí a Rhysand, que en ese momento se enderezaba las solapas de la chaqueta negra.
—Hola, Feyre, querida —ronroneó.