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Francisco Casavella Quotes

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Famous Francisco Casavella Quotes

“El idioma imposible era la negación del vulgar dialecto de la vida, añadir más música a la música: invención, una sombra más verdadera que la luz; formas de vigor que, en mi caso, ascendían de Pepito el Yeyé, y su derramar ficciones urgentes sobre mágicas salas de baile en una Nueva York figuración idílica de su barrio. En ese cielo de parquet la muchedumbre alborotada perdía de vista las miserias del mundo hasta el límite, hasta lo radiante. Pepito y Elsa, cada uno a su modo, tendían a que sus historias fueran agradables, pero también importantes, como una revelación, la Idea misma, divinamente inútil. Quisimos ser ingenuos por segunda vez, para perdonar y perdonarnos, y eso nos partió por la mitad, estampados contra la roca de los tiempos, mientras en el aire brillan cristales marinos.”

“Llego a la cima del monte Tibidabo y veo a unos cincuenta huérfanos en su uniforme verde aceituna alineados frente al mirador que se abre a la ciudad. Los niños tiritan de frío y ansia bajo los arcos de la oficina del parque de atracciones. Los parques de atracciones... Algún original dice que esos lugares son un negativo burlesco del Infierno, brillo de emoción en aristas de azogue; el Leteo discurre por túneles donde chillan las parejas y el tobogán de la montaña rusa es un precipicio de hierro que lanza condenados a las llamas. Todo es posible.”

“Urdimos tramas, dibujamos caricaturas, parodiamos, para encontrar algo de vida entre los muertos. Cantamos en un idioma que ignorábamos, y dos o tres palabras y toda la melodía y el ritmo y la intensidad nos suministraron historias mucho mejores que la original, casi siempre distintas, pero no equivocadas; intuíamos la canción, y las palabras contenían legendarias resonancias, parecían estar dichas para uno. Éramos minúsculos, provincianos pero también adivinos.”

“Las Ramblas como Cloaca Máxima, la Puerta de la Paz, el zócalo, los tinglados y muelles ruinosos flotando en el mar, vidas como pontones, esa parte de la ciudad que durante un tiempo se convertirá en mi foro de actuación, vive una existencia múltiple bajo la cúpula de un llevadero estado de sitio y la clave rítmica del pulir de los limpiabotas, del murmullo de los confidentes. Por un lado, el hampa, putas y ladrones, que parecen esculpidos en la misma piedra color elefante de las fachadas, barnizados con el fulgor rojo y blanco de los letreros, envejecidos por las emanaciones de los tubos de escape. Este sector observa con burlona extrañeza al segundo grupo: personal muy comprometido en los asuntos de la hora, entonadores de pegadizos lemas, repartidores de volantes, mesas con manifiestos y banderas que recorren sueños triunfales hacia las elecciones de junio del 77, y más allá, la disolución y el olvido. Ahora, los políticos radicales advierten la provocación de los fascistas, quienes, en pequeño comité, se ajustan en el ceño las gafas de sol y en la muñeca los guantes de cuero, mientras negocian la violencia con un amigo policía. El tercer grupo ramblero, más colorista, lo forma una especie de lectura entre líneas de los grupos anteriores; y si no fuera porque a veces también reciben estopa, uno diría que han venido de su pueblo, no en busca de prosperidad, como era costumbre hasta ahora, sino a pasar el rato lo mejor posible. Vestidos de bailaoras o a punto de hacerlo, se identifican mediante la abstracción indumentaria con otros cuya dicción nasal, pañuelo carmesí y esmeralda melena trasmiten la difuminada intuición de que viven en otra ciudad y otro mundo del cual este que pisan es caricatura, y aquellas algaradas, las hostias, las carreras, sólo batidores que sujetan la fiesta novedosa, la perfecta juventud.”

“A veces llueve, y a veces el viento arrastra papeles en calles protegidas, se apagan luces y tiemblan sombras. La radio ronronea inagotable noticias, melodías solicitadas y bobos anuncios de Lavaman en el húmedo patio de la pensión. La línea. «No la cruces nunca», me decía Ballesta. «En el otro lado de la línea te equivocas, elijas el sentido que elijas», insistía Ballesta. «La tarea no consiste ya en no equivocarse, sino en ocultarte», aconsejaba Ballesta. La línea.”

“El día del Watusi fue el 15 de agosto de 1971. Aún no era septiembre y ya habíamos ocupado la portería en la que iba a trabajar mi madre, un sótano próximo al gran templo que bautiza el barrio donde impone su sombra. Toda la ciudad, y no sólo las familias de comerciantes y empleados a los que ella iba a servir, comulgaba en un exagerado afecto por la quimera arquitectónica. Eran incesantes las cuestaciones populares para que ese delirio creciera aún más. «¡Ya tenemos cinco torres! Ya tenemos seis!», exclamaba la población con entusiasmo.”