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Quote by Ofelia Huamanchumo de la Cuba

“Mas la sorpresa vino cuando puse atención en lo que esta- ba escrito en el folio mismo del cuadernillo, que separaba el volante. Se leía una lista de libros, donde el número once po- nía: Manuscrito pernicioso de los indios infieles de Ilabaya; y en corchetes le seguía una glosa en tinta azul moderna, hecha con un bolígrafo común de nuestros días: [Arte de los Qui- pus, 1574]. Enseguida saqué la nota de papel que aún conser- vaba arrugada en el bolsillo de atrás de mis vaqueros; la releí con mayor detenimiento y sentí que volvía a ser observada; me giré a mirar hacia la puerta y ésta se cerró con un golpe de viento. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Entonces pensé en cuestión de segundos cuál tendría que ser el paso a seguir. ¿Fotografiar estas listas?, ¿llamar a Salamanca a mi profesora, la doctora Del Pozo?, ¿llamar a Burgos y contárselo a María Con- cepción?, ¿guardar silencio?, ¿comunicarme con el de la carta?, ¿y si era una broma?, ¿quién me gastaría una broma así?, ¿me estaría poniendo a prueba el Padre José?. De pronto, mis pen- samientos consiguieron asociar la palabra ‘Inquisición’ impre- sa en el viejo volante, que hizo de separador en el cuadernillo, con aquella foto del folio de algún Índice colonial, que yo vie- ra en la exposición fotográfica itinerante del Museo de la Santa Inquisición el primer día que llegué al Perú. Yo había estado soñando con poseer ese libro pecaminoso, que supuse un Bes- tiario indiano. Pero el gran pecado del libro de Ilabaya parecía ir por el camino de dar luces a la escritura indígena, idólatra hijastra de Belcebú para ciertos inquisidores. Mi corazón casi detuvo sus latidos. Entonces clavé mis ojos en la poca luz que aún entraba por la claraboya del techo, y luego los cerré. Oí el zumbido de un moscardón, o tal vez sólo le imaginé. Resoplé. O suspiré. Mis cartas estaban echadas desde un principio".”

Quote by Ofelia Huamanchumo de la Cuba

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Por el Arte de los Quipus

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Ofelia Huamanchumo de la Cuba

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“«Cloe acomodó los girasoles a un lado de la lápida y pasó su índice por la inscripción, leyéndola cual si fuera braille: Samanta Rodríguez. 5/4/2003 – 8/11/2016. Lloró en absoluto mutismo; la última vez que había ido a visitar a su hermana menor, le había prometido que no derramaría más lágrimas frente a su tumba, para que pudiese descansar tranquila, segura de que Cloe había podido continuar con su vida normalmente; no obstante, eso estaba muy lejos de ser cierto»”

“Los vecinos se han agolpado a la entrada del edificio. Mujeres más que nada. Observan la ambulancia, con los ojos cuajados de lágrimas. Lloran y quieren enterarse. Se alzan de puntillas. Intentan distinguir lo que ocurre tras el cordón policial, dentro de la ambulancia que ha arrancado con las sirenas a todo volumen. Se susurran información al oído. Ya corre el rumor. Ha sucedido una desgracia a los niños.”

“I sometimes have moments of such despair, such despair … Because in those moments I start to think that I will never be capable of beginning to live a real life; because I have already begun to think that I have lost all sense of proportion, all sense of the real and the actual; because, what is more, I have cursed myself; because my nights of fantasy are followed by hideous moments of sobering! And all the time one hears the human crowd swirling and thundering around one in the whirlwind of life, one hears, one sees how people live—that they live in reality, that for them life is not something forbidden, that their lives are not scattered for the winds like dreams or visions but are forever in the process of renewal, forever young, and that no two moments in them are ever the same; while how dreary and monotonous to the point of being vulgar is timorous fantasy, the slave of shadow, of the idea...”

“Estaba esperando el último informe de beneficios. Se oyó el pitido del fax. Toda la redacción se mantuvo en suspenso, casi sin respirar, con miradas furtivas al señor Roca quien, dentro de su despacho, cogía el papel (aún caliente, aún con la tinta fresca) del aparato y lo leía. Luego alzó la vista un momento; buscando inspiración, se acercó a la ventana, miró al exterior. Quizá pasó un minuto. Quizá unos segundos. El mundo se había detenido; al menos, en Gorpeza TV. De repente, con una velocidad que rayaba en lo sobrehumano, salió del cuarto y comenzó a gritar a diestro y siniestro, con el cuidado y el esmero, eso sí, de hacerlo de manera individual y personalizada: primero a este, luego a ella, después a ti, más tarde a la de recepción. Nadie se libró de sus berridos. Había que espabilar. Estaban haciendo un trabajo de mierda. DE MIERDA. Ninguno sabía lo que era hacer TELEVISIÓN con mayúsculas. Eran gente sin ambición, sin talento. No tenían ni idea de lo que el espectador quería ver. De lo que NECESITABA ver en televisión. Pero él no iba a soportarlo más. O despertaban, o iban pidiendo cita en el INEM. Estaba harto de aguantar a ineptos. ESTO ES UNA MIERDA.”