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“—¿Te quedarás cerca de la casa? —le preguntó desde lejos. Therru duerme. Quiero caminar un poco. —Sí. Ve—le dijo y ella se echó a andar, meditando en la indiferencia de un hombre ante las exigencias que regían a una mujer: que hubiera alguien cerca de un niño dormido, que la libertad de uno supusiera la falta de libertad de otro, a menos que se llegara a un equilibrio en perpetuo cambio, en perpetuo movimiento, como el equilibrio de un cuerpo que avanza, como avanzaba ella ahora, con las dos piernas, primero una, luego la otra, en la práctica de ese arte extreordinario, el caminar...” — Ursula K. Le Guin
—¿Te quedarás cerca de la casa? —le preguntó desde lejos. Therru duerme. Quiero caminar un poco.
—Sí. Ve—le dijo y ella se echó a andar, meditando en la indiferencia de un hombre ante las exigencias que regían a una mujer: que hubiera alguien cerca de un niño dormido, que la libertad de uno supusiera la falta de libertad de otro, a menos que se llegara a un equilibrio en perpetuo cambio, en perpetuo movimiento, como el equilibrio de un cuerpo que avanza, como avanzaba ella ahora, con las dos piernas, primero una, luego la otra, en la práctica de ese arte extreordinario, el caminar...