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“Según su experiencia, había pocas cosas más parecidas entre sí que dos revoluciones. Y, sin embargo, él sólo había experimentado las que se llamaban "revolución" a sí mismas a voz en grito. Lo que distinguía a una revolución legítima -la científica, por ejemplo- era que, en vez de ufanarse de su condición revolucionaria, se limitaba a ocurrir. Sólo las débiles y recelosas, las ilegítimas, tenían que ufanarse. El lema de su infancia, bajo un régimen tan débil y receloso que había llegado a construir un muro para encerrar a la misma gente a la que supuestamente había liberado, era que la República contaba con la bendición de situarse a la vanguardia de la historia. Si tu jefe era un capullo y hasta tu marido te espiaba, no era culpa del régimen, porque el régimen estaba al servicio de la Revolución y la Revolución era al mismo tiempo históricamente inevitable y terriblemente frágil, acorralada por sus enemigos. Esa contradicción ridícula era una característica invariable de las revoluciones ufanas. No había delito, ni consecuencia imprevista tan grave que no pudiera justificarse en un sistema que "debía existir", pero "podía fracasar con facilidad.” — Jonathan Franzen

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Según su experiencia, había pocas cosas más parecidas entre sí que dos revoluciones. Y, sin embargo, él sólo había experimentado las que se llamaban "revolución" a sí mismas a voz en grito. Lo que distinguía a una revolución legítima -la científica, por ejemplo- era que, en vez de ufanarse de su condición revolucionaria, se limitaba a ocurrir. Sólo las débiles y recelosas, las ilegítimas, tenían que ufanarse. El lema de su infancia, bajo un régimen tan débil y receloso que había llegado a construir un muro para encerrar a la misma gente a la que supuestamente había liberado, era que la República contaba con la bendición de situarse a la vanguardia de la historia. Si tu jefe era un capullo y hasta tu marido te espiaba, no era culpa del régimen, porque el régimen estaba al servicio de la Revolución y la Revolución era al mismo tiempo históricamente inevitable y terriblemente frágil, acorralada por sus enemigos. Esa contradicción ridícula era una característica invariable de las revoluciones ufanas. No había delito, ni consecuencia imprevista tan grave que no pudiera justificarse en un sistema que "debía existir", pero "podía fracasar con facilidad.
— Jonathan Franzen