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Quote by Jonathan Franzen

“Según su experiencia, había pocas cosas más parecidas entre sí que dos revoluciones. Y, sin embargo, él sólo había experimentado las que se llamaban "revolución" a sí mismas a voz en grito. Lo que distinguía a una revolución legítima -la científica, por ejemplo- era que, en vez de ufanarse de su condición revolucionaria, se limitaba a ocurrir. Sólo las débiles y recelosas, las ilegítimas, tenían que ufanarse. El lema de su infancia, bajo un régimen tan débil y receloso que había llegado a construir un muro para encerrar a la misma gente a la que supuestamente había liberado, era que la República contaba con la bendición de situarse a la vanguardia de la historia. Si tu jefe era un capullo y hasta tu marido te espiaba, no era culpa del régimen, porque el régimen estaba al servicio de la Revolución y la Revolución era al mismo tiempo históricamente inevitable y terriblemente frágil, acorralada por sus enemigos. Esa contradicción ridícula era una característica invariable de las revoluciones ufanas. No había delito, ni consecuencia imprevista tan grave que no pudiera justificarse en un sistema que "debía existir", pero "podía fracasar con facilidad.”

Quote by Jonathan Franzen

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Jonathan Franzen
Jonathan Franzen

American contemporary novelist, known for his profound social insight and unique literary style. His works include 'The Corrections' and 'Freedom'. more

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“Horas después asesinarían, tras haberlo torturado, a Gustavo Madero. Victoriano Huerta (él precisamente, se diría Villa), pactando con los sublevados, se haría con el poder. Y el 22 de febrero los militares asesinaron al presidente Madero. Luz Corral cuenta que, al saberlo, Villa, "chispeantes los ojos, se golpeaba el pecho, se mesaba los cabellos y lanzaba la injuria procaz y fuerte: ¡Traidores!". Ese mismo día, un Villa lloroso que juraba venganza subió al techo de su casa, abrió la jaula de sus palomas y salió de El Paso.”

“Schátov asegura que si en Rusia hay alguna vez revolución, ha de empezarse de manera irremisible por el ateísmo. Puede que tenga razón. Había allí un capitán con la barbita canosa, que estaba muy callado y no decía palabra; pero de pronto fue y se plantó en mitad de la habitación y, mire usted, en voz alta, cual si hablase consigo mismo: "Si no hay Dios, ¿qué capitán soy yo?". Cogió el gorro, abrió los brazos y se fue.”

“—[...] ¿Sabes a cuántos de mis hombres he ordenado enterrar en fosas sin cruces ni nombres? —En la guerra mueren personas. —Veinticinco, Philip. Algunos eran chiquillos. Si luchásemos todos unidos de verdad, comunistas, anarquistas y Ejército Popular, podríamos darle un vuelco a la guerra. Pero el odio político entre nosotros nos destruirá. Ha desaparecido el ambiente revolucionario para convertirse en una lucha interna por el poder. (p. 146)”