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Quote by Jun'ishiro Tanizaki, Diario de um Velhos Louco

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Jun'ishiro Tanizaki, Diario de um Velhos Louco

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“In theory, the risk of business failure can be reduced to a number, the probability of failure multiplied by the cost of failure. Sure, this turns out to be a subjective analysis, but in the process your own attitudes toward financial risk and reward are revealed. By contrast, personal risk usually defies quantification. It's a matter of values and priorities, an expression of who you are. "Playing it safe" may simply mean you do not weigh heavily the compromises inherent in the status quo. The financial rewards of the moment may fully compensate you for the loss of time and fulfillment. Or maybe you just don't think about it. On the other hand, if time and satisfaction are precious, truly priceless, you will find the cost of business failure, so long as it does not put in peril the well-being of you or your family, pales in comparison with the personal risks of no trying to live the life you want today. Considering personal risk forces us to define personal success. We may well discover that the business failure we avoid and the business success we strive for do not lead us to personal success at all. Most of us have inherited notions of "success" from someone else or have arrived at these notions by facing a seemingly endless line of hurdles extending from grade school through college and into our careers. We constantly judge ourselves against criteria that others have set and rank ourselves against others in their game. Personal goals, on the other hand, leave us on our own, without this habit of useless measurement and comparison. Only the Whole Life Plan leads to personal success. It has the greatest chance of providing satisfaction and contentment that one can take to the grave, tomorrow. In the Deferred Life Plan there will always be another prize to covet, another distraction, a new hunger to sate. You will forever come up short.”

“¿Los conventos son, pues, tan esenciales para la constitución de un Estado? ¿Instituyó Cristo a los monjes y a los religiosos? ¿La Iglesia no puede, acaso, prescindir de ellos en absoluto? ¿Qué necesidad tiene el Estado de tantas vírgenes enloquecidas, y la especie humana de tantas víctimas? ¿No se percibirá nunca la necesidad de reducir la abertura de estas simas donde van a perderse futuras generaciones? ¿Todas las oraciones rutinarias que allí se hacen, valen acaso lo que una limosna que la conmiseración da a un pobre? Dios, que creó sociable al hombre, ¿aprueba que se le encierre? Dios, que lo creó tan inconstante y frágil, ¿puede autorizar la inseguridad de sus votos? Estos votos, contrarios a la inclinación general de la naturaleza, ¿pueden nunca ser cumplidamente observados excepto por algunas criaturas mal constituidas en las que los gérmenes de las pasiones están marchitos, y que con razón serían consideradas como monstruos si nuestras luces nos permitieran conocer tan fácilmente y tan bien la estructura interior del hombre como su forma exterior? ¿Todas estas ceremonias lúgubres que se observan en la toma de hábito y en la profesión de éstos, al consagrar un hombre o una mujer a la vida monástica y a la desgracia, suspenden acaso las funciones fisiológicas? Al contrario, ¿no se despiertan éstas en el silencio, la sujeción y la ociosidad con una violencia desconocida a la gente del mundo ocupada en una multitud de distracciones? ¿Dónde se ven mentes obsesionadas por espectros impuros que las siguen y las perturban? ¿Dónde este profundo fastidio, esa palidez, ese enflaquecer, todos los síntomas de la naturaleza que languidece y se consume? ¿Dónde las noches son turbadas por los gemidos, los días empapados de lágrimas derramadas sin motivo, precedidas de una melancolía que nadie sabe a qué atribuir? ¿Dónde la naturaleza, sublevada por una sujeción para la que no está hecha, rompe los obstáculos que se le oponen, tórnase furiosa y lanza la economía animal a un desorden que no tiene ya remedio? ¿En qué sitio la tristeza y el mal humor han aniquilado todas las cualidades sociales? ¿Dónde no existe padre, ni hermano, ni hermana, ni amigo? ¿Dónde el hombre, al considerarse sólo como ser de un instante fugaz, trata las relaciones más dulces de este mundo como un viajero los objetos que encuentra, sin afección? ¿Dónde está la sede del odio, del hastío y de los enervantes? ¿Dónde el lugar de la servitud y del despotismo? ¿Dónde los odios que nunca se extinguen? ¿Dónde las pasiones encubiertas en el silencio? ¿Dónde la morada de la crueldad y de la curiosidad? Nadie conoce la historia de estos asilos, decía a continuación el señor Manouri en su defensa; nadie la conoce. Añadía en otro lugar: «Hacer voto de pobreza es comprometerse mediante juramento a ser perezoso y ladrón; hacer voto de castidad equivale a prometer a Dios la infracción constante de la más sabia y más importante de sus leyes; hacer voto de obediencia es renunciar a la prerrogativa inalienable del hombre: la libertad. Si uno observa estos votos es un criminal; si no los observa, perjuro. La vida claustral es propia de un fanático o de un hipócrita.”