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Quote by Sílvia Soler

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L'estiu que comença

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Author

Sílvia Soler

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“—No son sueños, José, son los horrores de la guerra que me persiguen. Sé que hasta que no muera no descansaré en paz. [...] Solo los que lo vivimos comprendemos los demonios que nos persiguen. En la guerra no hay honor, solo crueldad. Los instintos más bajos aparecen y no te imaginas lo que un hombre es capaz de hacer cuando está cegado por el odio o la locura. (p. 43)”

“El dolor es más profundo cuando la herida sigue abierta y no ha cicatrizado. Esa pena que te ahoga, que te oprime, que te asfixia, hace enloquecer incluso a los individuos más fuertes. Algunas noches, durante el sombrío silencio de la madrugada, se oían los llantos de algunos presos. José, al igual que los demás convictos de la galería, conocía de dónde venían los lamentos. Tal vez, la impotencia o la pérdida de la esperanza sean los peores enemigos de un recluso... (p. 260)”

“Una bomba cayó a su lado alcanzando a un vasco, que perdió una pierna en el acto. Con grandes alaridos, el pobre hombre se desangraba sin que José pudiese hacer nada. Con las manos manchadas de sangre, José intentaba taponar la herida, mientras las balas pasaban silbando junto a su cabeza. — ¡No me dejes morir, no me dejes morir! José miraba el rostro congestionado por el dolor de aquel muchacho, mientras gritaba con todas sus fuerzas pidiendo auxilio. — ¡Socorro…! —Tranquilo, José, no pasa nada… Doña Teresa Da Silva encendió la luz del dormitorio de José e intentó calmar a su nieto. Las terribles pesadillas que perseguían a los soldados no dejaban que José tuviese una sola noche en paz. El miedo, el hambre y el horror de la guerra, habían calado hondo en los hombres que, como José, habían presenciado de primera mano la barbarie del frente. —Lo siento, abuela… José se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. —No te preocupes, hijo, ya ha pasado todo. (pp. 245-246)”

“Mí única mortificación era yo mismo, y ésta preocupación se manifestaba de varias maneras. Una de ellas era la hipocondría, la cual se manifestó desde muy temprana edad. Constantemente me preocupaba por la digestión, por la caída del cabello, por una posible malformación en mi columna vertebral... Este temor se desarrollaba con incontables matices, hasta que al final derivaba en una enfermedad real. Debido a que no me sentía seguro de nada, necesitaba a cada momento confirmar que existía, careciendo de algo que fuera mío de un modo definitivo, sin ninguna duda, y solamente mío (p. 54)”