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Quote by László F. Földényi

“«Primero hemos de dejar de lado la vertiente norte, Siberia. Se halla fuera del ámbito de nuestro estudio. Las características del país no le permiten ser un escenario para la cultura histórica ni crear una forma propia en la historia universal» [Hegel, Lecciones sobre filosofía de la historia Universal]. Podemos imaginar el asombro de Dostoyevski cuando leyó estas líneas a la luz de una vela de sebo. Y su desesperación al ver que allá en Europa, por cuyas ideas había sido condenado a muerte y finalmente desterrado, no se prestaba atención alguna a su sufrimiento. Porque él sufría en Siberia, en aquel mundo que no formaba parte de la historia. Por eso, desde la perspectiva europea, tampoco había esperanza de salvación. Dostoyevski podía considerar con toda razón que no sólo había sido desterrado a Siberia, sino expulsado a la no existencia. Únicamente un milagro podía salvarlo, un milagro cuya posibilidad no sólo excluía Hegel, sino también el espíritu europeo de la época. Aquel espíritu proclamaba en voz alta la existencia de Dios, pero rechazaba la idea de que Dios pudiera dar no sólo órdenes generales, sino también singulares, referidas al individuo; aquel espíritu situaba las leyes naturales por encima de todo y negaba lo que Dostoyevski formularía más tarde diciendo que uno puede rebelarse incluso contra el resultado de la multiplicación de dos por dos. (…) Muy posiblemente, justo cuando se enteró de que había sido apartado de la historia por la cual había soportado todas aquellas persecuciones, nació en él la convicción de que la vida tal vez posee ciertas dimensiones que no tienen cabida en la historia, de que la prueba de la propia existencia no puede limitarse a los criterios de la existencia histórica. De que el ser humano, si siente y experimenta realmente el peso de su existencia, se desprende al mismo tiempo de la historia y entonces el peso de cuanto se halla allende la historia cae sobre él del mismo modo en Berlín que en Semipalatinsk. Y de que es preciso apartarse de la historia para poder observar los límites y restricciones de la existencia histórica. Sin embargo, para ello hay que admitir también la posibilidad del milagro, que suprime el carácter excluyente del espacio y del tiempo. Y si el propio Hegel admite que ciertos territorios geográficos se desgajan de la historia, tal cosa también significa que la historia no dispone de la ilimitación divina: la rodea algo que está más allá de la historia. Es decir, lo necesario linda con lo imposible, lo natural con lo sobrenatural, lo legal con lo arbitrario, la política con la teología. Pero lo que se encuentra más allá de las fronteras, también se infiltra en el interior. Sólo se puede excluir aquello que nos ha afectado por dentro. El hecho de haber sido expulsado de la historia debe de haber propiciado la fe de Dostoyevski en los milagros; pero también la experiencia de que la organización moderna del mundo obedece a una ley implacable. La historia manifiesta su esencia a quienes antes ha excluido. Esta idea jamás se le ocurrió a Hegel, y eso que se pasó una década impartiendo clases sobre historia. Dostoyevski, en cambio, no necesitó una década para llegar a esta conclusión. Vivió en carne propia el hecho de que ninguna época rechazaba el sufrimiento tal como hacía la cultura iniciada por la Ilustración, con el resultado de que no suprimía el sufrimiento, sino que únicamente lo tapaba, pues ella misma se basaba en el sufrimiento. El sufrimiento silenciado y ocultado sale a la luz y resulta imposible de esconder cuando los límites del ámbito de influencia se vuelven visibles, concretamente para quienes han salido (o han sido expulsados) de la historia. Bien es cierto que tal percepción —que es una verdadera Ilustración— no suprime el sufrimiento to, pero permite que éste, en vez de consumir al hombre por dentro cuando queda reprimido, conduzca a algo así como la redención, es decir, al equilibrio interno, a la salud.”

Quote by László F. Földényi

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Dostoyevski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar

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László F. Földényi

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“Comme la vie est lente... Comme l'espérance est violente..." Ce sont les mots d'un poète. Dostoïevski a probablement montré l'inverse et le constat qui est le sien serait plutôt que la vie est violente et l'espérance lente à porter son fruit. Il aura, en revanche, donné à voir le déchirement induit par la différence d'allure que pointait Apollinaire. [...] Ce que le poète a désigné n'en est pas moins révélateur de cela même qui fonde les romans de Dostoïevski et, peut-être, la littérature en son principe. Il ne s'agit en effet rien de moins que du constat que la vie ne parvient pas à s'établir sur la pointe de ses bonheurs. D'où ce déséquilibre entre elle et le désir. D'où ce décalage entre le vécu et l'espérance. Ce n'est pas à dire que la joie y manque forcément, mais qu'on ne sait pas durer le souffle coupé par l'émotion d'un surcroît. Or la parole littéraire, en ce qu'elle nous ressemble, en ce qu'elle ressemble à nos vécus, ne séjourne pas davantage sur les points d'intensité heureuse qu'on voudrait y représenter.”

“Vedeți dumneavoastră: rațiunea, domnilor, e un lucru bun, nu încape îndoială, dar rațiunea nu-i decât rațiune și-i satisface omului numai capacitatea de a raționa, pe când vrerea este manifestarea întregii vieți, adică a întregii vieți a omului, cu tot cu rațiune și cu toată sensibilitatea la pișcături! Și cu toate că, din această manifestare, viața noastra iese adeseori cam mizerabilă, e totuși viață, nu o simplă extragere a rădăcinii pătrate. Eu, de pildă, absolut firesc, vreau să trăiesc ca să-mi satisfac toată capacitatea mea de a trăi, nu ca să-mi satisfac doar capacitatea mea de a raționa, adică a douăzecea parte din toată capacitatea mea de a trăi. Ce știe rațiunea? Rațiunea nu știe decât ceea ce a apucat să afle (unele lucruri, poate, nici nu le va afla vreodată; chiar dacă nu-i o consolare, de ce n-am spune-o?), iar natura omenească acționează toată pe de-a-ntregul, cu tot ce e în ea, conștient și inconștient, și chiar dacă minte, totuși trăiește.”