“Me sabía sola y enervada como él, ansiosa de hombre como él de hembra, llenos ambos de esa aflicción metafísica que incuba la soledad, descalabrados nuestros espíritus como el cielo de aquella noche por los relámpagos, perdidos en un yermo de melancolía, así que nos estrechamos como dos hermanos en el dolor, bajo el tumulto celeste de los truenos, bajo el desorden luminoso de la tempestad, amedrentada por la fuerza silbante del viento que percutía en las ventanas, y le pedí permanecer conmigo allí por el resto de la vida, protegerme del desamparo cósmico, como también lo rogué, a pesar de todo, al joven Arouet, cuando dejamos la calle del Cloître Notre-Dame, pues su estamba de gentilhombre y su juventud arrebatadora ni parecían denunciar al oficiante de ninguna hermandad satánica, sino más bien a un alma altruista, que a la mañana siguiente, recordando nuestros éxtasis amorosos, me hizo ver cómo el mayor bien es aquél que nos enajena al punto de no permitirnos ninguna otra sensación, así como el mayor mal es aquél que llega al extremo de privarnos de todo sentimiento, y cómo ambos, que son las dos caras de la naturaleza humana, suelen presentarse con una duración tan fugaz que nos aturde.”
Quote by Germán Espinosa
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La tejedora de coronas
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