“No me podía ir, no me podía quedar. Un cigarro. Un cigarro era lo único que me podía ayudar. Los pedí. No tenían y, aunque tuvieran, no se podía fumar ahí. Tenía que salir. Entonces me paré, busqué en mis pantalones y me di cuenta de que tenía una cajetilla de la cual dos cigarros todavía eran salvables. Pedí cerillos, me los dieron y salí. Roberto estaba afuera. Entonces recordé que habíamos quedado de vernos en la entrada y no en el bar. Al recordar eso, toda mi ansiedad tomó piso; mis manos dejaron de incomodarme, mis pies permanecieron calmados y mis dientes dejaron de mutilar mi labio inferior. Él estaba de espaldas, sentado en la banqueta, con la mirada hacia la calle, fumando. Me senté a su lado, tomé su cigarro, encendí el mío e inhalé profundamente. Lo volteé a ver. Lo observé detenidamente, como si tratara de descifrar algo en su perfil. No me importó que la pesadez de mi mirada lo incomodara. Aún así, parecía no hacerlo; él seguía con la mirada hacia Central Park, fumando, como si nada lo observara, como si la persona que estaba a su lado no estuviera tan cerca, tan atento, como si nadie quisiera encontrar en él algo más, algo peculiar y encantador, algo cautivador, como si el mundo no tuviera expectativas de él y, por eso, no le importara decepcionar a nadie. Así seguía él, como si nada. Y eso me dio paz.”
Quote by Gisela Leal
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El club de los abandonados
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