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Quote by Cristina Redondo

“El miedo nunca le paralizaba el cerebro y sus neuronas no paraban de analizar los diferentes escenarios que se presentaban ante él. Efectivamente, había demasiadas muertes relacionadas con el poder a su alrededor.”

Quote by Cristina Redondo

Work

Clandestina

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Author

Cristina Redondo

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“La Lista” es una novela de espías que cuenta lo que ocurre cuando Graciela firma un contrato en San Petersburgo, donde le proporcionan como tapadera una promoción de cosméticos para infiltrarse entre las familias de clase alta en Túnez. Espías de España, Francia, Gran Bretaña, Rusia y Estados Unidos emplean The Onion Router, la red de los hackers, para seguirla, mientras ella rastrea a los familiares de los científicos en Facebook. Una soplona británica-india intenta avisarla del peligro, pero yerra. Dos víctimas mueren: una francotiradora y un espía británico. En el desenlace, la apertura anual de Naciones Unidas se anuncia caliente con acusaciones cruzadas entre americanos, rusos y europeos, peticiones de asilo internacional y manifestaciones en las universidades estadounidenses a favor de los asilados.”

“Mas la sorpresa vino cuando puse atención en lo que esta- ba escrito en el folio mismo del cuadernillo, que separaba el volante. Se leía una lista de libros, donde el número once po- nía: Manuscrito pernicioso de los indios infieles de Ilabaya; y en corchetes le seguía una glosa en tinta azul moderna, hecha con un bolígrafo común de nuestros días: [Arte de los Qui- pus, 1574]. Enseguida saqué la nota de papel que aún conser- vaba arrugada en el bolsillo de atrás de mis vaqueros; la releí con mayor detenimiento y sentí que volvía a ser observada; me giré a mirar hacia la puerta y ésta se cerró con un golpe de viento. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Entonces pensé en cuestión de segundos cuál tendría que ser el paso a seguir. ¿Fotografiar estas listas?, ¿llamar a Salamanca a mi profesora, la doctora Del Pozo?, ¿llamar a Burgos y contárselo a María Con- cepción?, ¿guardar silencio?, ¿comunicarme con el de la carta?, ¿y si era una broma?, ¿quién me gastaría una broma así?, ¿me estaría poniendo a prueba el Padre José?. De pronto, mis pen- samientos consiguieron asociar la palabra ‘Inquisición’ impre- sa en el viejo volante, que hizo de separador en el cuadernillo, con aquella foto del folio de algún Índice colonial, que yo vie- ra en la exposición fotográfica itinerante del Museo de la Santa Inquisición el primer día que llegué al Perú. Yo había estado soñando con poseer ese libro pecaminoso, que supuse un Bes- tiario indiano. Pero el gran pecado del libro de Ilabaya parecía ir por el camino de dar luces a la escritura indígena, idólatra hijastra de Belcebú para ciertos inquisidores. Mi corazón casi detuvo sus latidos. Entonces clavé mis ojos en la poca luz que aún entraba por la claraboya del techo, y luego los cerré. Oí el zumbido de un moscardón, o tal vez sólo le imaginé. Resoplé. O suspiré. Mis cartas estaban echadas desde un principio".”

“«Cloe acomodó los girasoles a un lado de la lápida y pasó su índice por la inscripción, leyéndola cual si fuera braille: Samanta Rodríguez. 5/4/2003 – 8/11/2016. Lloró en absoluto mutismo; la última vez que había ido a visitar a su hermana menor, le había prometido que no derramaría más lágrimas frente a su tumba, para que pudiese descansar tranquila, segura de que Cloe había podido continuar con su vida normalmente; no obstante, eso estaba muy lejos de ser cierto»”

“Los vecinos se han agolpado a la entrada del edificio. Mujeres más que nada. Observan la ambulancia, con los ojos cuajados de lágrimas. Lloran y quieren enterarse. Se alzan de puntillas. Intentan distinguir lo que ocurre tras el cordón policial, dentro de la ambulancia que ha arrancado con las sirenas a todo volumen. Se susurran información al oído. Ya corre el rumor. Ha sucedido una desgracia a los niños.”