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Quote by Ernst Jünger

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Copse 125: A Chronicle from the Trench Warfare of 1918

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Ernst Jünger

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“Un recién llegado penetra en este momento en el angosto espacio; llega de fuera y pasa por encima de la muralla formada por los cuerpos humanos. Está herido y aún no lo han vendado; la herida, oculta bajo el cabello, ha inundado de sangre una de las caras de su rostro; chorros y salpicaduras de sangre han caído sobre el uniforme y llegado hasta las botas. La sangre parece seguir fluyendo todavía, pues, para que no le ciegue los ojos, aquel hombre aprieta una oreja contra un hombro. En la mano lleva un casco de acero, rajado por una larga hendidura. A pesar de su aspecto terrible posee una cierta majestuosidad. En su apostura y en sus ojos brillantes se le nota que no es uno de ésos que se dejan intimidar por la sangre cuando corre, sino de esos otros a los que ésta, como un primer sacrificio derramado en honor del dios de la guerra, vuelve aún más coléricos y salvajes. En la penumbra de la luz de las velas, que proporciona a su sangre un color oscuro, como de flores casi negras, y que hace juguetear alrededor de su cabello un áureo resplandor, el recién llegado aparece, entre los apretujados habitantes de esta caverna, como el mensajero de una raza más libre y más valerosa, de una raza que, si hay que morir, prefiere hacerlo fuera, a la luz del día. La noticia que trae suena como un último saludo de guerreros que han caído combatiendo como hombres, sosteniendo ante sus ojos una sola imagen, la del deber.”

“Para todos nosotros ha sido el Bosquecillo la encarnación suprema de esta posición, un símbolo como lo era, en épocas pretéritas, una bandera desgarrada por las balas. Y de igual modo que una bandera era entonces algo más que un ennegrecido pedazo de seda clavado a un palo, también ese pedazo de tierra arrasado y machacado por los proyectiles ha llegado a ser para nosotros algo más que un lugar carente de nombre, al que por ello fue preciso añadir un número con el fin de poder distinguirlo de los demás lugares. Los más de nosotros somos personas sencillas, gente que no sabría dar más que una respuesta confusa si alguien le preguntara por el origen de esta guerra o por sus grandes objetivos y sus grandes causas. Y si alguien les dijera a estos hombres que carece de toda importancia la pérdida o la ganancia de una parcela de terreno tan mezquina como ésa, sin duda no sería mucho lo que podrían replicar. A pesar de todo, sentirían que ese terreno representa algo más que una mezcla de greda y arena plantada de astillados troncos de árboles, cuya situación es determinable en un mapa y cuya superficie puede ser medida — de igual manera que la Cruz de Hierro que muchos llevan en su pecho significa para ellos algo más que un trozo de hierro con un borde plateado. El Bosquecillo 125 despertaría en estos hombres el recuerdo de marchas difíciles, de pesadas semanas de trabajo, de guardias nocturnas durante las cuales ese pedazo de tierra se destacaba en la oscuridad como un llameante alto horno, y de días en que sus ojos lo veían aplastado bajo el peso de nubes de proyectiles. El nombre del Bosquecillo 125 no se les aparecería como un nombre cualquiera, sino como un nombre que se graba al rojo vivo en la memoria y que evoca tal cantidad de acciones y sentimientos que, al mencionarlo, todos los detalles se vuelven insignificantes, como cuando contemplamos uno de esos sepulcros megalíticos que se han conservado de tiempos remotos. Esos hombres sentirían también que ese Bosquecillo no puede ser un lugar como otro cualquiera, porque cada uno de los pasos que en él dieron hubo de ser comprado con la vida, y porque el gran destino de los pueblos fue allí vivido y sufrido en el destino del individuo. Lo que el mensajero de los pocos supervivientes de la guarnición del Bosquecillo acaba de decir suena como una sentencia dictada por un Poder superior, pero como una sentencia de la que uno no tiene por qué avergonzarse, a pesar de lo dura que es.”

“El horizonte de los embudos y de las trincheras es —un horizonte estrecho. Su alcance no es mayor que el de una granada de mano; lo que uno ve allí se le queda bien grabado. Contra ese fondo horrible se yergue el combatiente, el hombre sencillo, anónimo, sobre el cual gravitan el peso y el destino del mundo. En los bordes de fuego situados más allá de todo límite procrea ese hombre — en la noche solitaria procrean el Hombre y la Tierra. Yo he visto su rostro bajo el brillante borde del casco cuando la Muerte se alzaba amenazadora ante él. Lo he visto caer muerto; su imagen y su legado permanecen en mi corazón.”

“—¿No tienes amigos con quien pasar el rato? (Nick) —Los tengo. Pero el problema es que cuando paso el rato con mis amigos, por lo general se pone feo para el resto de vosotros. Especialmente cuando estamos aburridos. Nada nos entretiene más que las plagas, la guerra, el hambre, y masacres sangrientas. (Grim) —Juegas a Dragones y Mazmorras, también, ¿eh? ¿Quién es tu Maestro de los Calabozos? (Nick) —La diferencia entre mi grupo y el tuyo, es que nuestros juguetes son reales." (Grim)”

“Todo esto se ha descrito mil veces, quizá no merece la pena detenerse de nuevo en esta sórdida y apestosa ópera. Además, quizá tampoco sea útil ni pertinente comparar la guerra con una ópera, y menos cuando no se es muy aficionado a la ópera, aunque la guerra, como ella, sea grandiosa, enfática, excesiva, llena de ingratas morosidades, como ella arme mucho ruido y con frecuencia, a la larga, resulte bastante fastidiosa.”