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Sacrificio Quotes

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Sacrificio Quotes

“Antes de salir de nosotros mismos debemos adueñarnos de nuestras vidas. Antes de entregarnos debemos tener algún control sobre nosotros mismos. Necesitamos al menos cierto grado de autodominio. El verdadero amor - el amor que se dona, el amor que da vida - exige sacrificio, y el sacrificio conlleva sufrimiento. Es lo que hace el que ama. El amor es la respuesta al misterio del dolor. El dolor es la respuesta al misterio del amor. Sólo en Jesús - y particularmente en el Misterio Pascual - reveló Dios la respuesta a los perennes misterios de nuestra existencia.”

“Un recién llegado penetra en este momento en el angosto espacio; llega de fuera y pasa por encima de la muralla formada por los cuerpos humanos. Está herido y aún no lo han vendado; la herida, oculta bajo el cabello, ha inundado de sangre una de las caras de su rostro; chorros y salpicaduras de sangre han caído sobre el uniforme y llegado hasta las botas. La sangre parece seguir fluyendo todavía, pues, para que no le ciegue los ojos, aquel hombre aprieta una oreja contra un hombro. En la mano lleva un casco de acero, rajado por una larga hendidura. A pesar de su aspecto terrible posee una cierta majestuosidad. En su apostura y en sus ojos brillantes se le nota que no es uno de ésos que se dejan intimidar por la sangre cuando corre, sino de esos otros a los que ésta, como un primer sacrificio derramado en honor del dios de la guerra, vuelve aún más coléricos y salvajes. En la penumbra de la luz de las velas, que proporciona a su sangre un color oscuro, como de flores casi negras, y que hace juguetear alrededor de su cabello un áureo resplandor, el recién llegado aparece, entre los apretujados habitantes de esta caverna, como el mensajero de una raza más libre y más valerosa, de una raza que, si hay que morir, prefiere hacerlo fuera, a la luz del día. La noticia que trae suena como un último saludo de guerreros que han caído combatiendo como hombres, sosteniendo ante sus ojos una sola imagen, la del deber.”

“Para todos nosotros ha sido el Bosquecillo la encarnación suprema de esta posición, un símbolo como lo era, en épocas pretéritas, una bandera desgarrada por las balas. Y de igual modo que una bandera era entonces algo más que un ennegrecido pedazo de seda clavado a un palo, también ese pedazo de tierra arrasado y machacado por los proyectiles ha llegado a ser para nosotros algo más que un lugar carente de nombre, al que por ello fue preciso añadir un número con el fin de poder distinguirlo de los demás lugares. Los más de nosotros somos personas sencillas, gente que no sabría dar más que una respuesta confusa si alguien le preguntara por el origen de esta guerra o por sus grandes objetivos y sus grandes causas. Y si alguien les dijera a estos hombres que carece de toda importancia la pérdida o la ganancia de una parcela de terreno tan mezquina como ésa, sin duda no sería mucho lo que podrían replicar. A pesar de todo, sentirían que ese terreno representa algo más que una mezcla de greda y arena plantada de astillados troncos de árboles, cuya situación es determinable en un mapa y cuya superficie puede ser medida — de igual manera que la Cruz de Hierro que muchos llevan en su pecho significa para ellos algo más que un trozo de hierro con un borde plateado. El Bosquecillo 125 despertaría en estos hombres el recuerdo de marchas difíciles, de pesadas semanas de trabajo, de guardias nocturnas durante las cuales ese pedazo de tierra se destacaba en la oscuridad como un llameante alto horno, y de días en que sus ojos lo veían aplastado bajo el peso de nubes de proyectiles. El nombre del Bosquecillo 125 no se les aparecería como un nombre cualquiera, sino como un nombre que se graba al rojo vivo en la memoria y que evoca tal cantidad de acciones y sentimientos que, al mencionarlo, todos los detalles se vuelven insignificantes, como cuando contemplamos uno de esos sepulcros megalíticos que se han conservado de tiempos remotos. Esos hombres sentirían también que ese Bosquecillo no puede ser un lugar como otro cualquiera, porque cada uno de los pasos que en él dieron hubo de ser comprado con la vida, y porque el gran destino de los pueblos fue allí vivido y sufrido en el destino del individuo. Lo que el mensajero de los pocos supervivientes de la guarnición del Bosquecillo acaba de decir suena como una sentencia dictada por un Poder superior, pero como una sentencia de la que uno no tiene por qué avergonzarse, a pesar de lo dura que es.”

“El horizonte de los embudos y de las trincheras es —un horizonte estrecho. Su alcance no es mayor que el de una granada de mano; lo que uno ve allí se le queda bien grabado. Contra ese fondo horrible se yergue el combatiente, el hombre sencillo, anónimo, sobre el cual gravitan el peso y el destino del mundo. En los bordes de fuego situados más allá de todo límite procrea ese hombre — en la noche solitaria procrean el Hombre y la Tierra. Yo he visto su rostro bajo el brillante borde del casco cuando la Muerte se alzaba amenazadora ante él. Lo he visto caer muerto; su imagen y su legado permanecen en mi corazón.”

“En un instante comprendí qué es la vida. Hasta entonces no me había parecido tan triste, pero ahora se me presentó en toda su realidad. Vi que no es más que sufrimiento y separación continua. Derramé lágrimas muy amargas, pues no comprendía aún la alegría del sacrificio; era débil, tan débil que considero una gran gracia haber podido soportar un dolor que parecía estar muy por encima de mis fuerzas. Si me hubiese enterado poco a poco de la partida de mi Paulina querida, tal vez no habría sufrido tanto, pero [26rº] al saberlo por sorpresa, fue como si una espada se me hubiera clavado en mi corazón.”

“Me dicen, ¿cómo te atreves a hablar de tantas culturas, cuando no naciste en esas culturas? Entonces le pregunté al sol, ¿por qué compartes tu luz con la tierra, cuando no naciste de la tierra? El sol me dijo: oh tú de poca mente, ¿no lo sabes? ¡La luz no es mía para darla! La luz es el derecho intrínseco de la vida, soy meramente accesorio del motivo.”

“Escúchame, ¡escúchame, por favor! No puedo - no puedo hacerlo solo. Necesito te - el mundo necesita te - necesita tu corazón valiente, necesita tu alma amable, necesita tus ojos amorosos. Sin tu ayuda, no hay armonía - sin tu sacrificio, no hay progreso - sin tu conciencia, no hay nada. Recuerda siempre, mi amor - dolor del mundo es nuestro dolor. Cuando el mundo está en peligro, somos su milagro.”

“¿Qué te crees? ¡Es fácil para mi! No - no es fácil. Definitivamente no es fácil. Pero, ¿me ves rendirme? No, ¡nunca! ¿Por qué? Porque, soy responsable - soy responsable por el mundo. No me rindo, nunca - porque, tu dolor es mi dolor.”

“Aunque resulte claro, más allá de toda duda, que el matrimonio con el ser amado no tiene posibilidad de llevar a la felicidad, cuando ni siquiera puede ofrecer otra vida que la de atender a un inválido incurable, de pobreza irremediable, de exilio, o de vergüenza, el eros nunca duda en decir: «Mejor esto que separarnos; mejor ser desdichado con ella que ser feliz sin ella. Dejemos que se rompan nuestros corazones con tal de que se rompan juntos». Si la voz dentro de nosotros no dice estas palabras, no es la voz del eros.”

“El amor de Jesús por nosotros tiene su máxima expresión en su hora, en su copa, en su sufrimiento: en el Misterio Pascual. Queremos experimentar lo placentero del amor. Pero el amor que causa estas sensaciones placenteras - el disfrute de la presencia del otro - no es idéntico a esas sensaciones placenteras. El amor puede subsistir en ausencia de placer. Por ejemplo, la esposa que cuida a su marido con Alzheimer. Esa mujer sufre por el bien del otro. Se dona desinteresádamente igual que Cristo. Conoce el peso de la alegría que significa el amor verdadero. Su hijo le dijo que su dedicación podría acabar con ella. ¿Prefieres que muera jugando al golf? Le respondió ella. ¿Dónde moriría más feliz esa madre: disfrutando del green o entregado al amor?”

“El marido debe amar a la esposa como Cristo amó a su Iglesia y —sigamos leyendo— «dio la vida por ella» (Efesios 5, 25). Así pues, esta autoridad está más plenamente personificada no en el marido que todos quisiéramos ser, sino en Aquel cuyo matrimonio más se parece a una crucifixión, cuya esposa recibe más y da menos, es menos digna que él, es —por su misma naturaleza— menos amable. Porque la Iglesia no tiene más belleza que la que el Esposo le da; Él no la encuentra amable, pero la hace tal. Hay que mirar el crisma de esta terrible coronación no en las alegrías del matrimonio de cualquier hombre, sino en sus penas, en la enfermedad y sufrimientos de una buena esposa, o en las faltas de una mala esposa, en la perseverante (y nunca ostentosa) solicitud o inextinguible capacidad de perdón de ese hombre, perdón, no aceptación. Así como Cristo ve en la imperfecta, orgullosa, fanática o tibia Iglesia terrena a la Esposa que un día estará «sin mancha ni arruga», y se esfuerza para que llegue a serlo, así el esposo, cuya autoridad es como la de Cristo (y no se le ha concedido ninguna de otra clase), jamás debe desesperar. Por tanto, en esos matrimonios desgraciados, la «autoridad» del marido, si es que puede mantenerla, es más semejante a la de Cristo.”

“Las más inflexibles feministas no tienen que envidiar al sexo masculino la corona que les es ofrecida, ya sea en el misterio pagano o en el cristiano: porque una es de papel; la otra, de espinas. El verdadero peligro no está en que los maridos vayan a coger la corona de espinas con demasiada vehemencia, sino que ellos permitan u obliguen a sus mujeres a que se la roben.”

“Roma me mostró las sorprendentes hazañas que pueden llevar a cabo los hombres de fe. Orar ante las tumbas de los santos y mártires, y estar en un lugar donde tanta gente ha vivido y ha muerto antes de mí, me hizo reflexionar sobre los constantes avisos de Nuestra Señora respecto a la brevedad de la vida en la tierra. Cuando llegas a conocer el Cielo, miras el mundo de un modo diferente. Entiendes que la vida en la tierra es sólo temporal y que la muerte no es un final. «Liberáos de todo lo que os ata solamente a las cosas terrenas y permitid que lo que es de Dios modele vuestra vida a través de la oración y el sacrificio».”

“Los cristianos en este mundo son como una luz en la oscuridad. Nuestra fortaleza esta en nuestras rodillas, en nuestras manos unidas en oracion, en nuestro cargar la cruz. Nuestra fuerza viene de Dios, Nuestro Señor. No hay otra fuerza, otra sabiduría, otra victoria, sino la victoria sobre la absurdidad de este mundo a través de la humildad, el amor y el sacrificio.”

“La gracia y misericordia de Cristo nos hace capaces de dar testimonio aunque sólo sea limitándonos a aceptar la copa que no podemos evitar. Porque la Eucaristía transformará nuestro sufrimiento en sacrificio. No es que Jesús sufriera y muriera para que nosotros no suframos ni muramos. No se trata de una mera sustitución. Es un misterio representativo y participativo. Jesús padeció y murió para dotar a nuestros sufrimientos de un valor redentor, un valor que nunca podrían haber poseído por sí mismos. Padeció y murió para investirnos de su amor. Lo hizo para que nuestro amor, sin disminuir nuestro sufrimiento ni evitarnos el dolor, transformase ese dolor en una pasión santa, el sufrimiento en sacrificio. Lo hizo para que nuestra vida en Cristo pueda culminar en una muerte Santa.”

“Comprendí que para llegar a ser santa había que sufrir mucho, buscar siempre lo más perfecto y olvidarse de sí; comprendí que había muchos grados en la perfección y que cada alma [10vº] era libre de responder a las insinuaciones de nuestro Señor, de hacer poco o mucho por Él, en una palabra de elegir entre los sacrificios que Él pide. Entonces como en los días de mi infancia exclamé: «¡Dios mío, “lo elijo todo”. No quiero ser una santa a medias, no me da miedo sufrir por ti, lo único que temo es conservar mi voluntad.”

“El amor verdadero se alimenta de sacrificios. Cuanto más se niega el alma las satisfacciones naturales, tanto más desinteresado se vuelve su cariño. Al amar a Cristo, el corazón se ensancha y puede dar incomparablemente más cariño a los que le son queridos que si se hubiera concentrado en un amor egoísta e infructuoso.”

“La cruz es el punto central del sermón sobre el pastor, y no como un acto de violencia que encuentra desprevenido a Jesús y se le inflige desde fuera, sino como una entrega libre por parte de Él mismo: «Yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente» (10, 17s). Aquí se explica lo que ocurre en la institución de la Eucaristía: Jesús transforma el acto de violencia externa de la crucifixión en un acto de entrega voluntaria de sí mismo por los demás. Jesús no entrega algo, sino que se entrega a sí mismo. Así, Él da la vida.”

“Abigitano, Soneto del Divino Refugiado En sánscrito soy Abhijit, En español soy Vencedor. En árabe soy Ghalib, En Historia soy Reformador. Tantos idiomas, tantos nombres – Algunos llaman agua, otros llaman water. Más allá de los idiomas, la luz es la misma – Algunos lo llaman divino, yo lo llamo humanidad. Mis raíces están arraigadas en la humanidad, no en una cultura, religión o nación. El cosmos corre por mis corpúsculos, Mi vida es el llamado a la expansión. Quien ama a otro es santo, Quien ayuda a otro es rey. Los animales anhelan lujos locos, Para mí sacrificarse es vivir. No me sirven el silicio ni el oro – Cuando el mundo arde, yo soy ungüento. Llámame migrante, o llámame un refugiado – Más allá de hechos y la fe, ¡yo soy Abigitano!”

“Amor Armada (El Soneto) El dolor fortalece el corazón, La catástrofe fortaleció la integridad. La estrechez de miras arruina la existencia, En las personas encontraremos la felicidad. Las nubes son sólo heraldos del sol, Las heridas de hoy son la corona del mañana. Cuéntame de tu dolor, quiero escuchar, El apego es un ungüento para la humanidad. Sí, estoy ebrio, pero no de vino, sino de cultura. Estoy bajo la influencia, no de drogas, sino de idiomas. No quiero alcohol, no quiero cocaína. Mártir para el mundo, ¡soy Amor Armada!”

“Todos los días, salvo el domingo, mi padre salía del edificio alargado y bajaba por la calle hasta la estación de tren de Nyland, a unos cientos de metros del colegio de Veitvet por la calle Østre Aker. Ese recorrido llevaba media hora, tal vez cuarenta y cinco minutos, mi padre lo hacía todos los días ida y vuelta, cada día salvo el domingo, durante los años en que trabajó fuera de la ciudad, en dirección a Strømmen, al este, donde había una fábrica de zapatos en una explanada, en realidad se trataba de un gran barracón dejado allí por los alemanes, que todavía no había quebrado, pero lo haría pronto, como lo habían hecho ya casi todas las demás, un ejército de fábricas de calzado cayendo como fichas de dominó tras los muros derribados por los aranceles. Y precisamente ahora, en el Mazda, más de dos años después de su muerte, me di cuenta de cuánta parte de su vida había dedicado a bajar por aquí tan temprano, descendiendo por las cuestas a primera hora y de vuelta nueve horas después, subiendo las cuestas hiciera el tiempo que hiciera. Siempre ascendía una corriente helada del fiordo, desde el fondo del valle, y no se rendía hasta pasar Stovner y Vestli, mi padre debía conocer bien ese viento, ese frío en la espalda por la mañana, como dardos de hielo sobre las mejillas por las tardes, y puede que se sintiera abatido, con los ojos achinados, entrecerrados contra la ventisca, seguro que se sintió indefenso y solo, pero entonces yo no pensaba en eso, era demasiado pequeño, y para ser sincero tampoco lo pensé después.”

“Ho il mio Paese e ho le mie convinzioni. E non voglio rinunciare né al mio Paese né alle mie convinzioni. Non posso tradire né il primo né le seconde. Se le tue convinzioni valgono qualcosa devi essere pronto a difenderle. E, se necessario, devi essere disposto ad accettare dei sacrifici. Se non sei pronto, significa che non hai nessuna convinzione. Pensi di averne, tutto qui. Ma non sono né convinzioni né principi, sono soltanto delle idee che hai nella testa.”

“En la voluntad de Dios revelada y manifestada en las personas, en los lugares y en las cosas que Él nos pone delante, más que en los medios exigidos para cumplirla. Entonces no importa lo que esos medios exijan –sufrimiento, peligro, soledad o penalidades físicas, como el hambre o la enfermedad–: saber que aceptándolos estamos cumpliendo la voluntad de Dios hace más fácil el sacrificio y más ligera la carga. Aceptar lo que venga o lo que suceda como voluntad de Dios, sea cual sea su precio espiritual, psíquico o físico, es el camino más rápido y seguro hacia una libertad del alma y del espíritu que supera toda comprensión y toda explicación.”

“Puesto que la carne es el alimento más prestigioso y universalmente deseado por los seres humanos, es también el alimento más prestigioso y universalmente deseado por los dioses.”

“Mi Vista Tú (El Soneto) Mi vista tú, Mi fe eres tú. Mi todo tú, Porque mi vida tú. En corazón tú, En mi alma tú. Puedo vivir sin aire, Porque mi oxígeno tú. Mi cielo tú, Mi joya tú. No necesito una mansión, Solamente quiero tú. Mi ciencia tú, mi arte tú. La mañana de mi mente tú.”