Quotessence
Home / Quotes / Quote by Alfredo de Hoces

Quote by Alfredo de Hoces

Work

Memorias de un ingeniero

Browse quotes and source details for this work. more

Author

Alfredo de Hoces

Browse famous quotes and profile details for Alfredo de Hoces. more

You May Also Like

“When a book leaves its author's desk it changes. Even before anyone has read it, before eyes other than its creator's have looked upon a single phrase, it is irretrievably altered. It has become a book that can be read, that no longer belongs to its maker. It has acquired, in a sense, free will. It will make its journey through the world and there is no longer anything the author can do about it. Even he, as he looks at its sentences, reads them differently now that they can be read by others. They look like different sentences. The book has gone out into the world and the world has remade it.”

“Todos los días, salvo el domingo, mi padre salía del edificio alargado y bajaba por la calle hasta la estación de tren de Nyland, a unos cientos de metros del colegio de Veitvet por la calle Østre Aker. Ese recorrido llevaba media hora, tal vez cuarenta y cinco minutos, mi padre lo hacía todos los días ida y vuelta, cada día salvo el domingo, durante los años en que trabajó fuera de la ciudad, en dirección a Strømmen, al este, donde había una fábrica de zapatos en una explanada, en realidad se trataba de un gran barracón dejado allí por los alemanes, que todavía no había quebrado, pero lo haría pronto, como lo habían hecho ya casi todas las demás, un ejército de fábricas de calzado cayendo como fichas de dominó tras los muros derribados por los aranceles. Y precisamente ahora, en el Mazda, más de dos años después de su muerte, me di cuenta de cuánta parte de su vida había dedicado a bajar por aquí tan temprano, descendiendo por las cuestas a primera hora y de vuelta nueve horas después, subiendo las cuestas hiciera el tiempo que hiciera. Siempre ascendía una corriente helada del fiordo, desde el fondo del valle, y no se rendía hasta pasar Stovner y Vestli, mi padre debía conocer bien ese viento, ese frío en la espalda por la mañana, como dardos de hielo sobre las mejillas por las tardes, y puede que se sintiera abatido, con los ojos achinados, entrecerrados contra la ventisca, seguro que se sintió indefenso y solo, pero entonces yo no pensaba en eso, era demasiado pequeño, y para ser sincero tampoco lo pensé después.”

“Las escalonadas ramas verdes del antiguo cipresal, cual si de un cortafuegos se tratara, nos separan del ruido y el polvo del mundo secular. No obstante, mi vida diaria no es ni de lejos aburrida: barrer, trabajar, salmodiar, debatir y copiar. Libre de posesiones materiales, he estado durmiendo sin problemas por primera vez en años, y ya no vivo con el continuo terror a la repentina vibración de mi móvil; aunque, de tanto en tanto, mi cuádriceps derecho aún sufre el síndrome de la vibración fantasma. Sin embargo, mi mentor me asegura que si, día tras día, recito tantos mantras como cuentas tiene mi mala —sin saltarme ni una de las mil ochocientas— durante ciento ochenta días, quedaré curado por completo. Yo creo que es porque queremos demasiadas cosas, más de las que nuestro cuerpo y mente están preparados para soportar.”