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Quote by Emma Koenig

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Emma Koenig

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“It was that evening, when my mother abdicated her authority, that marked the beginning, along with the slow death of my grandmother, of the decline of my will and of my health. Everything had been decided at the moment when, unable to bear the idea of waiting until the next day to set my lips on my mother's face, I had made my resolution, jumped out of bed, and gone, in my nightshirt, to stay by the window through which the moonlight came, until I heard M. Swann go. My parents having gone with him, I heard the garden gate open, the bell ring, the gate close again...”

“There must be some other possibility than death or lifelong penance ... some meeting, some intersection of lines; and some cowardly, hopeful geometer in my brain tells me it is the angle at which two lines prop each other up, the leaning-together from the vertical which produces the false arch. For lack of a keystone, the false arch may be as much as one can expect in this life. Only the very lucky discover the keystone.”

“Yo había crecido en el convencimiento de que aquella lenta procesión de la posguerra, un mundo de quietud, miseria y rencores velados, era tan natural como el agua del grifo, y que aquella tristeza muda que sangraba por las paredes de la ciudad herida era el verdadero rostro de su alma. Una de las trampas de la infancia es que no hace falta comprender algo para sentirlo. Para cuando la razón es capaz de entender lo sucedido, las heridas en el corazón ya son demasiado profundas. Aquella noche primeriza de verano, caminando por ese anochecer oscuro y traicionero de Barcelona, no conseguía borrar de mi pensamiento el relato de Clara en torno a la desaparición de su padre. En mimundo, la muerte era una mano anónima e incomprensible, un vendedor a domicilio que se llevaba madres, mendigos o vecinos nonagenarios como si se tratase de una lotería del infierno. La idea de que la muerte pudiera caminar a mi lado, con rostro humano y corazón envenenado de odio, luciendo uniforme o gabardina, que hiciese cola en el cine, riese en los bares o llevase a los niños de paseo al parque de la Ciudadela por la mañana y por la tarde hiciese desaparecer a alguien en las mazmorras del castillo de Montjuïc, o en una fosa común sin nombre ni ceremonial, no me cabía en la cabeza. Dándole vueltas, se me ocurrió que tal vez aquel universo de cartón piedra que yo daba porbueno no fuese más que un decorado. En aquellos años robados, el fin de la infancia, como la Renfe, llegaba cuando llegaba.”