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Quote by Jorge Teillier

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Jorge Teillier

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“Cuando se nos enseñó a mirar con atención rincones y trozos insignificantes de la ciudad con el ojo fotográfico -una caja de fósforos junto a la rueda de un coche, un pedazo de puerta al sol, una pierna que sube la escalera-, comprendimos que nuestros ojos están ciegos.No nos sirven nada mas que como lazarillos para cruzar las calles, no tropezar con otros y ganarnos la vida.”

“La ciudad se descentra como se descentran las viviendas y los hogares con la televisión y el ordenador y como se descentrarán los individuos cuando los móviles sean además ordenadores y televisores. Lo urbano se extiende por todas partes, pero hemos perdido la ciudad y al mismo tiempo nos perdemos de vista a nosotros mismos. Ante este panorama, es posible que a la bicicleta le corresponda un papel determinante: ayudar a los seres humanos a recobrar la conciencia de sí mismos y de los lugares que habitan invirtiendo, en lo que corresponde a cada uno, el movimiento que proyecta a las ciudades fuera de sí mismas. Necesitamos la bicicleta para ensimismarnos en nosotros mismos y volver a centrarnos en los lugares en que vivimos.”

“La cabaña, reino de la simplificación. Al abrigo de los pinos, la vida se reduce a gestos vitales. El tiempo ganado a las tareas cotidianas lo ocupa el descanso, la contemplación y los pequeños placeres. El abanico de cosas que realizar se reduce. Leer, sacar agua, cortar leña, escribir y servirse té se vuelven liturgias. En la ciudad, cada acto sucede en detrimento de otros mil. El bosque reúne lo que la ciudad dispersa.”

“... recuerdo que lo que hace especial a una ciudad no son solo su topografía ni las apariencias concretas de edificios y personas, la mayor parte de las veces creadas a partir de casualidades, sino los recuerdos que ha ido reuniendo la gente que, como yo, ha vivido cincuenta años en las mismas calles, las letras, los colores, las imágenes y la consistencia de las casualidades ocultas o expresas, que es lo que mantiene todo unido.”

“Hi ha ciutats secundàries que ja no són les ames del seu destí però amaguen en els seus carrers el tresor d’un gegant vençut. València és una d’elles. Amb el pas del temps el desdeny propi i alié les reduïx a tòpic. El tòpic preval com a mantra i sosté interpretacions fal·laces. Hi ha una resposta majoritària, la de propagar frases fetes. Era i és tan comú que mai va ser la meua. Les ruïnes no eren un decorat de ficció. El veïnat fugia, callava, mirava cap a un altre costat. Contràriament, les pedres exhalaven l’empremta d’una derrota per incompareixença.”

“Aquella deixadesa institucionalitzada era la bandera de les classes populars, la seua absència de gust pel debat, la criminalització de tot discurs crític i intel·lectual. Aquella aversió no permetia aprofundir ni per descomptat alimentar detalls metafísics que sostingueren la ciutat en un nivell hermenèuticament superior. Tot pegava voltes als tòpics: l’himne, la paella, les falles, la ressaca del conflicte idiomàtic, la misèria moral que emanava de les restes del franquisme. La València literària era una mòmia dissecada, un manual de trinxeres. La il·lustració havia passat de puntetes per davant dels nostres nassos, deixant-nos una ciutat arrasada i servil que es delectava en el seu espill; una ciutat cegada per la llum, la força de les aparences, l’instint de felicitat gregària. Al final aplegava a una conclusió: aquella màscara era una altra variant suïcida de la melancolia.”