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Quote by Elio Vittorini

“Perché si chiamava civile una guerra in cui due fratelli potevano trovarsi uno contro l'altro? Non si sarebbe dovuto chiamarla, anzi, incivile?”

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Work

Uomini e no

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Author

Elio Vittorini

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“Si existiera un gran ser al que no le costase ningún esfuerzo abarcar de una sola mirada el espacio que desde los Alpes se extiende hasta el mar, vería todo aquel trajín como una graciosa batalla de hormigas, como un suave martilleo en una misma obra. Pero nosotros vemos únicamente una parcela minúscula, y por eso nuestro pequeño Destino nos aplasta y la Muerte se nos aparece con una figura terrible. Tan sólo podemos conjeturar que estas cosas que aquí ocurren forman parte de un gran orden, y que en algún lugar se anudan, para formar un sentido cuya unidad se nos escapa, esos hilos de los cuales pendemos y en cuyo extremo realizamos contorsiones aparentemente absurdas e incoherentes.”

“Él amaba las palabras impresas y su significado. Sin palabras, no se construían los imperios. Puedes aniquilar reinos y acometer loables gestas, pero de nada sirve la espada y la estratagema si nadie lo cuenta; puede que tu obra sobreviva a tus actos, pero ¿qué importa si no se queda grabada en la historia? Y si bien la sangre es buena tinta para las crónicas, la mejor tinta es..., simplemente, la tinta. Si tus actos se guardan por escrito y esos volúmenes se conservan, eres inmortal de una manera que solo alguien que comprende el poder de las palabras puede apreciarlo.”

“Un espíritu terrible ha borrado aquí todas las cosas superfluas y creado un trasfondo digno del cuadro que acabo de imaginar. Aquí el ser humano vuelve a convertirse necesariamente en un fragmento de la Naturaleza, que lo somete a sus leyes inescrutables y lo utiliza como una criatura hecha de sangre y músculos, de garras y dientes.”

“¿Qué clase de hombres son, pues, estos aviadores? Proceden de ese ejército gigantesco que, allá delante en las trincheras, está sometido a un fuego permanente, y constituyen una selección a la que ha congregado el afán de entregarse a formas de combate cada vez más audaces. También hay entre ellos soldados de caballería, figuras delgadas como yóqueis, de rostros afilados y monóculos brillantes. Se han cansado de estar inactivos en las aldeas y en las mansiones señoriales de la retaguardia y de esperar, sin hacer nada, a que se reanude el avance. Se les nota que pertenecen a familias que desde hace siglos llevan en la sangre el espíritu de los combates ecuestres y que miran con desdén, como poco adecuado a su rango, ese modo de luchar que consiste en situarse detrás de máquinas y de fusiles automáticos. Por ello se les acusa de que entienden más de cazar y disparar que de manejar los motores. Pero entre los aviadores hay también otros hombres que han nacido y crecido en las zonas llenas de humo de las grandes industrias y que desde su infancia han estado cerca de los medios y poderes propios de nuestra época. Ellos se han adentrado un poco más en este mundo nuestro que, por debajo de su superficie fría, hierve de misterios y prodigios incandescentes; estos hombres barruntan ese espíritu elemental que comienza a dar señales de vida en los átomos del acero y de los materiales explosivos y en las crepitantes chispas del encendido de una máquina. Y, sin embargo, sus pasos se orientan hacia lo sencillo; los aviadores dominan su avión como el australiano domina su bumerán. Hay, en fin, entre ellos, otros hombres en los que parecen haber resucitado, haber re-nacido de una manera extraña, los antiguos vikingos; apenas representa diferencia ninguna el que éstos de ahora suban a pájaros artificiales y los vikingos de otros tiempos subieran a naves piratas adornadas con escudos multicolores. Es cierto que han cambiado los tiempos y los medios, pero ha permanecido viva la audacia con que se enfrentan a la Muerte.”

“Nadie tomará a mal que aquí, sumidos en la concavidad de la ola, entre peligro y peligro, agarremos por los pelos la Vida, en la medida en que nos es posible. Son pocas nuestras alegrías. En realidad sólo tenemos una: beber y divertirnos en compañía de los camaradas. Cada vez puede ser la última vez; por ello disfrutamos con una fruición salvaje, como si fuera la única vez. Aquí alargamos nuestras manos hacia todos los frutos que se nos ofrecen, para volver a extraerles todo su jugo, y sentimos con un placer muy especial la acelerada circulación de la sangre en nuestras venas. La embriaguez es para nosotros una pregunta que hacemos a la Vida; cuando a esa pregunta se le da, de una manera desenfrenada, una respuesta afirmativa, nos sentimos reconfortados. En comparación con los guerreros de otros tiempos, hoy morimos de un modo muy amorfo, muy solitario — por ello sentimos tanto más intensamente el afán de demostrarnos a nosotros mismos, en una hora de euforia, que aún queda en nosotros, frente a la Muerte, algo de aquella polícroma magnificencia que el hombre valiente tiene el don de revelar ante el cuadrilátero cerrado.”