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Beatriz Preciado Quotes

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“Por el momento, ninguno de los estados occidentales ha aceptado la legalización de la administración libre de la testosterona a las bio-mujeres, puesto que correría el riesgo de enfrentarse social y políticamente a una virilización semiotécnica de la población femenina. Dos pequeños problemas somatopolíticos que modificarían la descodificación visual y auditiva del género: el vello fácil y el cambio de la voz. Resulta asombroso que en Occidente, a principios del siglo XXI, en una sociedad extremadamente high-tech en la gestión de la reproducción, la descodificación del género se reduzca al vello facial y al timbre de la voz. Dejemos entonces que el vello facial y la voz, y no el pene o la vagina, no los cromosomas X o Y, son los significantes culturales de género dominantes de nuestra sociedad. Dejemos entonces de hablar de hombres y mujeres y digamos simplemente: cuerpos con vello facial o sin vello facial, cuerpos con voz aguda o grave. Esto no son detalles, son importantes significantes sexopolíticos que podrían poner en cuestión la pertenencia natural de la virilidad a los bio-hombres. El problema último: desvelar el carácter técnicamente construido de los géneros, tanto de la masculinidad como de la feminidad.”

“Sin embargo, parece posible dibujar una cronología de las transformaciones de la producción industrial del último siglo desde el punto de vista del que se convertirá progresivamente en el negocio del nuevo milenio: la gestión política y técnica del cuerpo, del sexo y de la sexualidad. Dicho de otro modo, resulta hoy filosóficamente pertinente llevar a cabo un análisis sexopolítico de la economía mundial. Si desde un punto de vista económico, la transición a un tercer tipo de capitalismo, después de los regímenes esclavista e industrial, se sitúa habitualmente en torno a los años setenta, la puesta en marcha de un nuevo tipo de «gubernamentalidad del ser vivo» emerge de las ruinas urbanas, corporales, psíquicas y ecológicas de la Segunda Guerra Mundial —y en el caso de España, de la Guerra Civil. ¿Pero cómo el sexo y la sexualidad, se preguntarán, llegan a convertirse en el centro de la actividad política y económica? Síganme: Durante el período de la guerra fría, Estados Unidos invierte más dólares en investigación científica sobre el sexo y la sexualidad que ningún otro país a lo largo de la historia. La mutación del capitalismo a la que vamos a asistir se caracterizará no solo por la transformación del sexo en objeto de gestión política de la vida (como ya había intuido Foucault en su descripción «biopolítica» de los nuevos sistemas de control social), sino porque esta gestión se llevará a cabo a través de las nuevas dinámicas del tecnocapitalismo avanzado. Pensemos simplemente que el período que va desde el final de Primera Guerra Mundial a la guerra fría constituye un momento sin precedente de visibilidad de las mujeres en el espacio público, así como de emergencia de formas visibles y politizadas de la homosexualidad en lugares tan insospechados como, por ejemplo, el ejército americano. El macartismo americano de los años cincuenta suma a la persecución patriótica del comunismo la lucha contra la homosexualidad como forma de antinacionalismo, al mismo tiempo que exalta los valores familiaristas de la masculinidad laboriosa y la maternidad doméstica. Se abren durante este tiempo decenas de centros de investigación sobre la sexualidad en Occidente como parte de un programa de salud pública. Al mismo tiempo, los doctores George Henry y Robert L. Dickinson llevan a cabo la primera demografía de la «desviación sexual», un estudio epistemológico conocido con el nombre de «Sex Variant», al que más tarde seguirán el Informe Kinsey sobre la sexualidad y los protocolos de Stoller sobre la feminidad y la masculinidad.”

“Estamos frente a un nuevo tipo de capitalismo caliente, psicotrópico y punk. Estas trasformaciones recientes apuntan hacia la articulación de un conjunto de nuevos dispositivos microprostéticos de control de la subjetividad con nuevas plataformas técnicas biomoleculares y mediáticas. La nueva «economía-mundo» no funciona sin el despliegue simultáneo e interconectado de la producción de cientos de toneladas de esteroides sintéticos, sin la difusión global de imágenes pornográficas, sin la elaboración de nuevas variedades psicotrópicas sintéticas legales e ilegales (Lexomil, Special K, Viagra, speed, cristal, Prozac, éxtasis, popper, heroína, Omeoprazol, etc.), sin la extensión a la totalidad del planeta de una forma de arquitectura urbana difusa en la que megaciudades miseria se codean con nudos de alta concentración de capital, sin el tratamiento informático de signos y de transmisión numérica de comunicación. Estos son solo algunos de los índices de aparición de un régimen postindustrial, global y mediático que llamaré a partir de ahora, tomando como referencia los procesos de gobierno biomolecular (fármaco-) y semiótico-técnico (-porno) de la subjetividad sexual, de los que la pildora y Playboy son paradigmáticos, «farmacopornográfico». Si bien sus líneas de fuerzas hunden sus raíces en la sociedad científica y colonial del siglo XIX, sus vectores económicos no se harán visibles hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, ocultos en principio bajo la apariencia de la economía fordista y quedando expuestos únicamente tras el progresivo desmoronamiento de esta en los años setenta. Durante el siglo XX, período en el que se lleva a cabo la materialización farmacopornográfica, la psicología, la sexología, la endocrinología han establecido su autoridad material transformando los conceptos de psiquismo, de libido, de conciencia, de feminidad y masculinidad, de heterosexualidad y homosexualidad en realidades tangibles, en sustancias químicas, en moléculas comercializables, en cuerpos, en biotipos humanos, en bienes de intercambio gestionables por las multinacionales farmacéuticas. Si la ciencia ha alcanzado el lugar hegemónico que ocupa como discurso y como práctica en nuestra cultura, es precisamente gracias a lo que Ian Hacking, Steve Woolgar y Bruno Latour llaman su «autoridad material», es decir, su capacidad para inventar y producir artefactos vivos. Por eso la ciencia es la nueva religión de la modernidad. Porque tiene la capacidad de crear, y no simplemente de describir, la realidad. El éxito de la tecnociencia contemporánea es transformar nuestra depresión en Prozac, nuestra masculinidad en testosterona, nuestra erección en Viagra, nuestra fertilidad/ esterilidad en püdora, nuestro sida en triterapia. Sin que sea posible saber quién viene antes, si la depresión o el Prozac, si el Viagra o la erección, si la testosterona o la masculinidad, si la píldora o la maternidad, si la triterapia o el sida. Esta producción en auto-feedback es la propia del poder farmacopornográfico.”

“Así están las cosas, habrá que hacerles frente: si no acepto definirme como transexual, como «disfórico de género», entonces deberé admitir que estoy enganchado a la testosterona. Cuando un cuerpo abandona las prácticas que la sociedad en la que vive le autoriza como masculino o femenino, se desliza progresivamente hacia la patología. Esas son las opciones biopolíticas que se me ofrecen: o me declaro transexual, o me declaro drogadicta y psicótica. En el estado actual de cosas parece más prudente declararse transexual y dejar que la medicina crea que puede proponerme una cura satisfactoria a mí «trastorno de identidad de género». En ese caso deberé aceptar que he nacido en un cuerpo con el que no me identifico, declarar aborrecer mi bio-cuerpo, mi sexo, mi forma de acceder al orgasmo. Va a ser necesario reescribir mi historia, modificar cualquier elemento que pertenezca a una narración femenina. Tendría que desplegar una buena serie de mentiras bien calculadas: no me gustan las Barbies, nunca he jugado con muñecas, aborrezco mis pechos y mi vagina, siento horror frente a la penetración vaginal, mi único modo posible de tener un orgasmo es con un dildo. De lo que se trata en definitiva es de declararme enfermo mental, confirmando así los criterios fijados por la DMS-IV, el Manual de Diagnóstico de Enfermedades Mentales de la Organización Mundial de la Salud, en el que la transexualidad aparece como enfermedad mental junto con el exhibicionismo, el fetichismo, el frotteurismo, el masoquismo, el sadismo, el travestismo y el voyerismo. Si no acepto esta clasificación médica, entonces entro clara y definitivamente en el territorio irrecuperable de la psicosis. O más bien habría que decir que debo elegir entre dos psicosis: en una (transexualidad) la testosterona aparece como fármaco; en la otra (adicción), la testosterona resulta ser la sustancia cuya dependencia debe ser curada por otros medios. He caído en una trampa política) el problema es que esa trampa tiene la forma de mi subjetividad, es mi propio cuerpo. Pero ¿cómo hemos podido dejarle al Estado la gestión del deseo, de la fantasía sexual, del sentido de habitar o no el cuerpo propio? ¿O habrá que decir el cuerpo del Estado? Si me autoadministro ciertas dosis de testosterona, corriendo el riesgo de desarrollar vello facial, de ver mi voz volverse cada vez más ronca, o de aumentar la talla de mi clítoris sin pensar en vivir 'social y políticamente identificándome como hombre, necesariamente estoy loca.”