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Beatriz Preciado Quotes

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Famous Beatriz Preciado Quotes

“How can I explain what is happening to me What can I do about my desire for transformation? What can I do about all the years I defined myself as a feminist? What kind of feminist am I today: a feminist hooked on testosterone, or a transgender body hooked on feminism?”

“Si pensamos, siguiendo a Marx, que «la fuerza de trabajo no es el trabajo realmente realizado, sino la simple potencia de trabajar», entonces habrá que decir que cualquier cuerpo, humano o animal, real o virtual, femenino o masculino posee esta potencia maturbatoria, potencia de hacer eyacular, potentia gaudendi, por tanto, potencia productora de capital fijo —puesto que participa en el proceso productivo sin consumirse en el proceso mismo—.”

“Judith Butler ha definido agudamente el género como un sistema de reglas, convenciones, normas sociales y prácticas institucionales que producen performativamente el sujeto que pretenden describir. A través de una lectura cruzada de Austin, Derrida y Foucault, Butler ha identificado el género no como una esencia o una verdad psicológica, sino como una práctica discursiva y corporal performativa a través de la cual el sujeto adquiere inteligibilidad social y reconocimiento político.”

“El sexo, su verdad, su visibilidad, sus formas de exteriorización, la sexualidad, los modos normales y patológicos del placer, y la raza, su pureza o su degeneración, son tres potentes ficciones somáticas que obsesionan al mundo occidental a partir del siglo XIX hasta constituir el horizonte de toda acción teórica, científica y política contemporánea. Son ficciones somáticas no porque no tengan realidad material, sino porque su existencia depende de lo que Judith Butler ha denominado la repetición performativa de procesos de construcción política.”

“En 1946 se inventa la primera píldora antibaby a base de estrógenos sintéticos —el estrógeno se convertirá pronto en la molécula farmacéutica más utilizada de toda la historia de la humanidad—. En 1947, los laboratorios Eli Lilly (Indiana, Estados Unidos) comercializan la molécula de metadona (el más simple de los opiáceos) como analgésico, convirtiéndose en los años setenta en el tratamiento básico de sustitución en la adicción a la heroína; ese mismo año, el pseudopsiquiatra norteamericano John Money inventa el término «género», diferenciándolo del tradicional «sexo» para nombrar la pertenencia de un individuo a un grupo culturalmente reconocido como «masculino» o «femenino» y afirma que es posible «modificar el género de cualquier bebé hasta los dieciocho meses».”

“Hasta el siglo XVII, coincidiendo con un régimen soberano de sexualidad, la epistemología sexual está dominada por lo que el historiador Thomas Laqueur llama «un sistema de semejanzas» que permite leer la anatomía sexual femenina como una variación débil, interiorizada y degenerada del único sexo que tiene existencia ontológica: el sexo masculino. Los ovarios son entendidos como testículos interiorizados y la vagina como un pene invertido que sirve de receptáculo, según una metáfora de inseminación agrícola, al sexo masculino. El aborto y el infanticidio son prácticas corrientes no reguladas por entidades estatales, sino por los diferentes poderes económico-políticos a los que el cuerpo gestante se encuentra atado en cada caso (tribu, casa feudal, pater familias, etc.). Se trata, podríamos decir siguiendo a Laqueur, de un modelo mono-sexual (masculino) del que surgen dos expresiones sociales y políticas jerárquicamente diferenciadas: «el hombre», canon de lo humano, y «la mujer», receptáculo reproductivo.”

“Por el momento, ninguno de los estados occidentales ha aceptado la legalización de la administración libre de la testosterona a las bio-mujeres, puesto que correría el riesgo de enfrentarse social y políticamente a una virilización semiotécnica de la población femenina. Dos pequeños problemas somatopolíticos que modificarían la descodificación visual y auditiva del género: el vello fácil y el cambio de la voz. Resulta asombroso que en Occidente, a principios del siglo XXI, en una sociedad extremadamente high-tech en la gestión de la reproducción, la descodificación del género se reduzca al vello facial y al timbre de la voz. Dejemos entonces que el vello facial y la voz, y no el pene o la vagina, no los cromosomas X o Y, son los significantes culturales de género dominantes de nuestra sociedad. Dejemos entonces de hablar de hombres y mujeres y digamos simplemente: cuerpos con vello facial o sin vello facial, cuerpos con voz aguda o grave. Esto no son detalles, son importantes significantes sexopolíticos que podrían poner en cuestión la pertenencia natural de la virilidad a los bio-hombres. El problema último: desvelar el carácter técnicamente construido de los géneros, tanto de la masculinidad como de la feminidad.”

“Mientras espero en la cola del cine para ver King Kong con V. D., me divierto tomando cada una de las figuras humanas que están en mi campo visual, aumentando o disminuyendo de forma mental su nivel de testosterona. Los bio-hombres parecen simplemente mujeres más o menos testosteronadas a las que se les ha añadido una plusvalía política, a las que se les ha dicho desde pequeñas: «Tú vales más que ellas, el mundo es tuyo, ellas son tuyas, tu polla es dueña de todo». Las bio-mujeres resultan hombres quirúrgica y endocrinológicamente tratados; más o menos sofisticados entramados de colágeno sintético, silicona implantada, estrógeno activo y falta de reconocimiento político.”

“El secreto de la recepción pornográfica, afirma la Teoría King Kong, es la identificación entre el espectador y la actriz porno. Detrás de una coreografía heterosexual, el sujeto farmacopornográfico atiende por igual al imperativo de erección masculina y de sumisión femenina a la penetración: controlar y ser controlado, presentarse como el universal follador cuando en realidad su deseo último es ser universalmente follado. Detrás de cada machito social se esconde un cuerpo cibernético que desea ser penetrado como una furcia, violado y humillado por una rubia fascista, por una amazona de cabeza rapada y dildo de veinte centímetros o por la metralleta de una joven saudí que exhibe su cuerpo y oculta su rostro bajo un velo. Esa es la verdad de la economía farmacopornográfica: a dick is a hole, una polla es un agujero.”

“Queremos apoderarnos del género, redefinir nuestros cuerpos y crear redes libres y abiertas donde poder desarrollarnos, donde cualquiera pueda construir sus mecanismos de seguridad contra las presiones de género. No somos víctimas, nuestras heridas de guerra nos sirven como escudo... Nos presentamos no como terroristas, sino como piratas, trapecistas, guerrilleros, RESISTENTES del género… Defendemos la duda, creemos en el «volver atrás» médico como un seguir hacia delante, pensamos que ningún proceso de construcción debe tacharse de IRREVERSIBLE. Queremos visibilizar la belleza de la androginia. Creemos en el derecho a quitarse las vendas para respirar y el de no quitárselas nunca, en el derecho a operarse con buenos cirujanos y no con CARNICEROS, en el libre acceso a los tratamientos hormonales sin necesidad de certificados psiquiátricos, en el derecho a auto-hormonarse. Reivindicamos el vivir sin pedir permiso... Ponemos en duda el protocolo médico español que desde hace años establece unas pautas absurdas y tránsfobas para cualquier ciudadano que desea tomar hormonas de su «sexo» contrario. No creemos en las disforias de género, ni en los trastornos de identidad, no creemos en la locura de la gente, sino en la locura del sistema. No nos clasificamos por sexos, nosotros somos todos diferentes independientemente de nuestros genitales, nuestras hormonas, nuestros labios, ojos, manos... No creemos en los papeles, en el sexo legal, no necesitamos papeles, ni menciones de sexo en el DNI, creemos en la libre circulación de hormonas (que, de hecho, ya existe..). No queremos más psiquiatras, ni libro de psiquiatras/ psicólogos, no queremos más «Test de la Vida Real»... No queremos que nos traten como enfermos mentales..., porque no lo somos... ¡y así es cómo nos llevan tratando desde hace mucho tiempo! Creemos en el activismo, en la constancia, en la visibilidad, en la libertad, en la resistencia... GUERRILLA TRAVOLAKA”

“Primera falacia desenmascarada: tomar testosterona no nos cambia de sexo; cambia (o puede cambiar, dependiendo de la dosis) el modo en el que el género es descodificado socialmente. Segunda falacia desenmascarada: la testosterona no tiene por qué ser utilizada para cambiar de género, sino simplemente como cualquier otra droga, para modificar el cuerpo y sus afectos.”

“La industria del sexo no es únicamente el mercado más rentable de Internet, sino que es el modelo de rentabñidad máxima del mercado cibernético en su conjunto (solo comparable a la especulación financiera): inversión mínima, venta directa del producto en tiempo real, de forma única, produciendo la satisfacción inmediata del consumidor en y a través de la visita al portal. Cualquier otro portal de Internet se modela y se organiza de acuerdo con esta lógica masturbatoria de consumo pornográfico. Si los analistas comerciales que dirigen Google o Ebay siguen con atención las fluctuaciones del mercado ciberporno, es porque saben que la industria de la pornografía provee un modelo económico de la evolución del mercado cibernético en su conjunto. Si tenemos en consideración que las industrias líderes del capitalismo postfordista, junto con la empresa global de la guerra, son la industria farmacéutica (bien como extensión farmacológica legal del aparato científico médico y cosmético, bien como tráfico de drogas consideradas ilegales) y la industria pornográfica, entonces habría que darle un nombre más crudo a esta «materia prima». Osemos la hipótesis: las verdaderas materias primas del proceso productivo actual son la excitación, la erección, la eyaculación, el placer y el sentimiento de autocomplacencia y de control omnipotente. El verdadero motor del capitalismo actual es el control farmacopornográfico de la subjetividad, cuyos productos son la seratonina, la testosterona, los antiácidos, la cortisona, los antibióticos, el estradiol, el alcohol y el tabaco, la morfina, la insulina, la cocaína, el citrato de sidenofil (Viagra) y todo aquel complejo material-virtual que puede atildar a la producción de estados mentales y psicosomáticos de excitación, relajación y descarga, de omnipotencia y de total control. Aquí, incluso el dinero se vuelve un significante abstracto psicotrópico. El cuerpo adicto y sexual, el sexo y todos sus derivados semiótico-técnicos son hoy el principal recurso del capitalismo postfordista.”

“Dentro de este sistema de reconocimiento, la divergencia corporal frente a la norma (talla y forma de los órganos sexuales, vello facial, forma y talla de los senos) es considerada como monstruosidad, violación de las leyes de la naturaleza, o perversión, violación de las leyes morales. Junto con la elevación de la diferencia sexual a categoría no solo natural, sino trascendental (como si estuviera más allá de todo contexto histórico o cultural), aparecen también las diferencias oposicionales entre homosexualidad y heterosexualidad, entre sadismo, masoquismo y pedofilia, entre normalidad y perversión. Aquello que hasta ahora eran simples prácticas sexuales se transforman en identidades y en condiciones políticas que deben ser estudiadas, repertoriadas, perseguidas, castigadas, curadas. Se inventan así el niño masturbador y el monstruo sexual. Cada cuerpo, nos dice Foucault, se vuelve un «individuo que es necesario corregir». La mujer barbuda, bajo esta nueva mirada epistemosexual, se convierte en objeto de observación científica o de espectáculo circense. Este doble movimiento, vigilancia medicojurídica y espectacularización mediática, exacerbado a través de técnicas informáticas y digitales de visión y difusión de información, será una de las características del régimen farmacopornográfico que comienza su expansión a mediados del siglo XX.”

“Con catorce años, mi primera psicoanalista me explica que lo que yo quiero es echarle un pulso a Dios. No entiendo su insistencia en quedebo renunciar, para alcanzar la salud mental, a mí deseo de follar únicamente con el top de la fémina, con las alfa hembras, con las superputitas, un deseo que ella llama «megalómano». Si considera ese deseo como excesivo es porque no soy un bio-hombre; si no ese deseo llevaría simplemente el título de «auto-estima».”

“Tú eres el único que podría leer este libro, Delante de esa cámara más que visible, «siento por primer vez la tentación de hacerme un autorretrato para ti». Dibujar una imagen de mí mismo como si fuera tú. Drag you. Travestirme en ti. Hacerte volver a la vida a través de la imagen. Ahora ya estáis todos muertos: Amelia, Hervé, Michel, Karen, Jackie, Teo y Tú. ¿Pertenezco yo más a vuestro mundo que al mundo de los vivos? ¿Acaso mi política no es la vuestra, mi casa no es la vuestra, mi cuerpo no es el vuestro? Reencarnaos en mí, tomad mi cuerpo como los extraterrestres tomaban a los americanos para convertirlos en vainas vivientes. Reencárnate en mí, posee mi lengua, mis brazos, mis sexos, mis dildos, mi sangre, mis moléculas, posee a mi chica, mi perra, habítame, vive en mí. Ven. Ven. Please don't leave. Vuelve a la vida. Hold on to my sex. Low, down, dirty. Stay with me. Este libro no tiene razón de ser fuera del margen de incertidumbre que existe entre yo y mis sexos, todos imaginarios, entre tres lenguas que no me pertenecen, entre tú-vivo y tú-muerto, entre mi deseo de portar tu estirpe y la imposibilidad de resucitar tu esperma, entre tus libros eternos y silenciosos y el flujo de palabras que se agolpa para salir a través de mis dedos, entre la testosterona y mi cuerpo, entre V. y mi amor por V.”

“Sin embargo, parece posible dibujar una cronología de las transformaciones de la producción industrial del último siglo desde el punto de vista del que se convertirá progresivamente en el negocio del nuevo milenio: la gestión política y técnica del cuerpo, del sexo y de la sexualidad. Dicho de otro modo, resulta hoy filosóficamente pertinente llevar a cabo un análisis sexopolítico de la economía mundial. Si desde un punto de vista económico, la transición a un tercer tipo de capitalismo, después de los regímenes esclavista e industrial, se sitúa habitualmente en torno a los años setenta, la puesta en marcha de un nuevo tipo de «gubernamentalidad del ser vivo» emerge de las ruinas urbanas, corporales, psíquicas y ecológicas de la Segunda Guerra Mundial —y en el caso de España, de la Guerra Civil. ¿Pero cómo el sexo y la sexualidad, se preguntarán, llegan a convertirse en el centro de la actividad política y económica? Síganme: Durante el período de la guerra fría, Estados Unidos invierte más dólares en investigación científica sobre el sexo y la sexualidad que ningún otro país a lo largo de la historia. La mutación del capitalismo a la que vamos a asistir se caracterizará no solo por la transformación del sexo en objeto de gestión política de la vida (como ya había intuido Foucault en su descripción «biopolítica» de los nuevos sistemas de control social), sino porque esta gestión se llevará a cabo a través de las nuevas dinámicas del tecnocapitalismo avanzado. Pensemos simplemente que el período que va desde el final de Primera Guerra Mundial a la guerra fría constituye un momento sin precedente de visibilidad de las mujeres en el espacio público, así como de emergencia de formas visibles y politizadas de la homosexualidad en lugares tan insospechados como, por ejemplo, el ejército americano. El macartismo americano de los años cincuenta suma a la persecución patriótica del comunismo la lucha contra la homosexualidad como forma de antinacionalismo, al mismo tiempo que exalta los valores familiaristas de la masculinidad laboriosa y la maternidad doméstica. Se abren durante este tiempo decenas de centros de investigación sobre la sexualidad en Occidente como parte de un programa de salud pública. Al mismo tiempo, los doctores George Henry y Robert L. Dickinson llevan a cabo la primera demografía de la «desviación sexual», un estudio epistemológico conocido con el nombre de «Sex Variant», al que más tarde seguirán el Informe Kinsey sobre la sexualidad y los protocolos de Stoller sobre la feminidad y la masculinidad.”

“En la España franquista, la Ley de Vagos y Maleantes de 1954 incluye por primera vez a homosexuales y desviados sexuales. El comandante Antonio Vallejo-Nájera, jefe de los servicios médicos militares, y Juan José López Ibor llevan a cabo sucesivas investigaciones con el fin de examinar las raíces psicofísicas del marxismo (para descubrir el famoso «gen rojo»), la homosexualidad y la intersexualidad, preconizando, a pesar de la escasa tecnificación de las instituciones médicas durante el franquismo, la lobotomía, las terapias de modificación de conducta, el tratamiento mediante electroconvulsiones y la castración terapéutica con fines eugenésicos.”

“Estamos frente a un nuevo tipo de capitalismo caliente, psicotrópico y punk. Estas trasformaciones recientes apuntan hacia la articulación de un conjunto de nuevos dispositivos microprostéticos de control de la subjetividad con nuevas plataformas técnicas biomoleculares y mediáticas. La nueva «economía-mundo» no funciona sin el despliegue simultáneo e interconectado de la producción de cientos de toneladas de esteroides sintéticos, sin la difusión global de imágenes pornográficas, sin la elaboración de nuevas variedades psicotrópicas sintéticas legales e ilegales (Lexomil, Special K, Viagra, speed, cristal, Prozac, éxtasis, popper, heroína, Omeoprazol, etc.), sin la extensión a la totalidad del planeta de una forma de arquitectura urbana difusa en la que megaciudades miseria se codean con nudos de alta concentración de capital, sin el tratamiento informático de signos y de transmisión numérica de comunicación. Estos son solo algunos de los índices de aparición de un régimen postindustrial, global y mediático que llamaré a partir de ahora, tomando como referencia los procesos de gobierno biomolecular (fármaco-) y semiótico-técnico (-porno) de la subjetividad sexual, de los que la pildora y Playboy son paradigmáticos, «farmacopornográfico». Si bien sus líneas de fuerzas hunden sus raíces en la sociedad científica y colonial del siglo XIX, sus vectores económicos no se harán visibles hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, ocultos en principio bajo la apariencia de la economía fordista y quedando expuestos únicamente tras el progresivo desmoronamiento de esta en los años setenta. Durante el siglo XX, período en el que se lleva a cabo la materialización farmacopornográfica, la psicología, la sexología, la endocrinología han establecido su autoridad material transformando los conceptos de psiquismo, de libido, de conciencia, de feminidad y masculinidad, de heterosexualidad y homosexualidad en realidades tangibles, en sustancias químicas, en moléculas comercializables, en cuerpos, en biotipos humanos, en bienes de intercambio gestionables por las multinacionales farmacéuticas. Si la ciencia ha alcanzado el lugar hegemónico que ocupa como discurso y como práctica en nuestra cultura, es precisamente gracias a lo que Ian Hacking, Steve Woolgar y Bruno Latour llaman su «autoridad material», es decir, su capacidad para inventar y producir artefactos vivos. Por eso la ciencia es la nueva religión de la modernidad. Porque tiene la capacidad de crear, y no simplemente de describir, la realidad. El éxito de la tecnociencia contemporánea es transformar nuestra depresión en Prozac, nuestra masculinidad en testosterona, nuestra erección en Viagra, nuestra fertilidad/ esterilidad en püdora, nuestro sida en triterapia. Sin que sea posible saber quién viene antes, si la depresión o el Prozac, si el Viagra o la erección, si la testosterona o la masculinidad, si la píldora o la maternidad, si la triterapia o el sida. Esta producción en auto-feedback es la propia del poder farmacopornográfico.”

“La feminidad se devalúa tres veces más rápido que la masculinidad. Dicho de otro modo, una mujer (bio- o tecno-) de cuarenta y cinco años está fuera del mercado heterosexual, mientras que un hombre debe esperar a los sesenta y cinco para quedar obsoleto. Podríamos calcular la edad real en la economía heterocapitalista de una mujer sumándole quince años para acercarle a su equivalente masculino, restándole dos por cada suplemento de belleza (talla de pecho, delgadez, largura y espesor del pelo, etc.) y sumándole dos años por cada detrimento político y social (divorcio, número de hijos —cada hijo suma dos años—, desempleo, etc.). Tomemos un ejemplo: Héléne tiene treinta y dos años, es una bio-mujer divorciada con un hijo, se conserva en buena forma, hace yoga, es guapa, aunque no tiene un cuerpo perfecto, está delgada y trabaja en una compañía de seguros: 32 + 15 + 2 + 2- 2- 2- 2= 45. Esta es la dura realidad.”

“Ellos dicen representación. Nosotros decimos experimentación. Dicen identidad. Decimos multitud. Dicen lengua nacional. Decimos traducción multicódigo. Dicen domesticar la periferia. Decimos mestizar el centro. Dicen deuda. Decimos cooperación sexual e interdependencia somática. Dicen desahucio. Decimos habitemos lo común. Dicen capital humano. Decimos alianza multiespecies. Dicen diagnóstico clínico. Decimos capacitación colectiva. Dicen disforia, trastorno, síndrome, incongruencia, deficiencia, minusvalía. Decimos disidencia corporal.”

“Pensando en las transformaciones de la sociedad europea de finales del siglo XVIII, Foucault describe el paso de lo que él llama una «sociedad soberana» a una «sociedad disciplinaria» como el desplazamiento de una forma de poder que decide y ritualiza la muerte a una nueva forma de poder que calcula técnicamente la vida en términos de población, salud e interés nacional. Foucault llama biopoder a esta nueva forma de poder productor, difuso y tentacular. El poder desborda así el dominio de lo jurídico, del ámbito punitivo, para volverse una fuerza que penetra y constituye el cuerpo del individuo moderno. Este poder ya no se comporta como una ley coercitiva, como un mandato negativo, sino que, más versátil y acogedor, adquiere la forma de una tecnología política general, metamorfoseándose en arquitecturas disciplinarias (prisión, cuartel, escuela,, hospital, etc.), textos científicos, tablas estadísticas, cálculos demográficos, modos de empleo, recomendaciones de uso, calendarios de regulación de vida y proyectos de higiene pública. Foucault había intuido la centralidad del sexo y de la sexualidad en el moderno arte de gobernar la vida: los procesos de histerización del cuerpo femenino, la pedagogía del sexo del niño, la regulación de las conductas de procreación y la psiquiatrización de placeres perversos serán para Foucault los ejes de este proyecto, al que caracteriza, no sin ironía, como un proceso de modernización de la sexualidad.”

“Somos los jacobinos negros y maricas, las bolleras rojas, los desahuciados verdes, somos los trans sin papeles, los animales de laboratorio y de los mataderos, los trabajadores y trabajadoras informático-sexuales, putones diversos funcionales, somos los sin tierra, los migrantes, los autistas, los que sufrimos de déficit de atención, exceso de tirosina, falta de serotonina, somos los que tenemos demasiada grasa, los discapacitados, los viejos en situación precaria. Somos la diáspora rabiosa. Somos los reproductores fracasados de la tierra, los cuerpos imposibles de rentabilizar para la economía del conocimiento. [...] Somos la red viva descentralizada. Rechazamos una ciudadanía definida a partir de nuestra fuerza de producción o nuestra fuerza de reproducción. No somos bio-operarios productores de óvulos, ni cavidades gestantes, ni inseminadores espermáticos.”

“Así están las cosas, habrá que hacerles frente: si no acepto definirme como transexual, como «disfórico de género», entonces deberé admitir que estoy enganchado a la testosterona. Cuando un cuerpo abandona las prácticas que la sociedad en la que vive le autoriza como masculino o femenino, se desliza progresivamente hacia la patología. Esas son las opciones biopolíticas que se me ofrecen: o me declaro transexual, o me declaro drogadicta y psicótica. En el estado actual de cosas parece más prudente declararse transexual y dejar que la medicina crea que puede proponerme una cura satisfactoria a mí «trastorno de identidad de género». En ese caso deberé aceptar que he nacido en un cuerpo con el que no me identifico, declarar aborrecer mi bio-cuerpo, mi sexo, mi forma de acceder al orgasmo. Va a ser necesario reescribir mi historia, modificar cualquier elemento que pertenezca a una narración femenina. Tendría que desplegar una buena serie de mentiras bien calculadas: no me gustan las Barbies, nunca he jugado con muñecas, aborrezco mis pechos y mi vagina, siento horror frente a la penetración vaginal, mi único modo posible de tener un orgasmo es con un dildo. De lo que se trata en definitiva es de declararme enfermo mental, confirmando así los criterios fijados por la DMS-IV, el Manual de Diagnóstico de Enfermedades Mentales de la Organización Mundial de la Salud, en el que la transexualidad aparece como enfermedad mental junto con el exhibicionismo, el fetichismo, el frotteurismo, el masoquismo, el sadismo, el travestismo y el voyerismo. Si no acepto esta clasificación médica, entonces entro clara y definitivamente en el territorio irrecuperable de la psicosis. O más bien habría que decir que debo elegir entre dos psicosis: en una (transexualidad) la testosterona aparece como fármaco; en la otra (adicción), la testosterona resulta ser la sustancia cuya dependencia debe ser curada por otros medios. He caído en una trampa política) el problema es que esa trampa tiene la forma de mi subjetividad, es mi propio cuerpo. Pero ¿cómo hemos podido dejarle al Estado la gestión del deseo, de la fantasía sexual, del sentido de habitar o no el cuerpo propio? ¿O habrá que decir el cuerpo del Estado? Si me autoadministro ciertas dosis de testosterona, corriendo el riesgo de desarrollar vello facial, de ver mi voz volverse cada vez más ronca, o de aumentar la talla de mi clítoris sin pensar en vivir 'social y políticamente identificándome como hombre, necesariamente estoy loca.”

“Vacunarse de testosterona puede ser una técnica de resistencia para los cuerpos que hemos sido asignados como bio-mujeres. Adquirir una cierta inmunidad política de género: como coger un pedo de masculinidad, estar borracha de masculinidad. Saber que es posible devenir la especie dominante.”

“Leo este prospecto de Testogel consciente de enfrentarme a un manual de microfascismo y, al mismo tiempo, inquieta por los efectos directos o secundarios de la molécula sobre mi cuerpo. El laboratorio presupone que el usuario de testosterona es un «hombre» que no produce naturalmente una cantidad suficiente de andrógenos y, por supuesto, que es heterosexual (las advertencias de la transferencia de la testosterona a través de la piel se dirigen a su supuesta pareja femenina). Pero ¿esta noción de hombre hace referencia a una definición cromosómica (XY), genital (que posee pene y testículos bien diferenciados) o legal (que la mención «hombre» figura sobre su carné de identidad)? Si la administración de testosterona sintética está indicada en casos de deficiencia de testosterona, ¿cuándo y bajo qué criterios es posible afirmar que un cuerpo es deficitario? ¿Son mis signos clínicos concluyentes de una falta de testosterona?, ¿acaso no es verdad que mi barba no se ha desarrollado, que mi clítoris no depasa el centímetro y medio? ¿Y cuál sería la talla ideal de un clítoris y su grado de erectibilidad? ¿Y los signos políticos?, ¿cómo medir los signos políticos?”

“La testosterona es una de las pocas drogas que se difunde a través del sudor, de piel a piel, de cuerpo a cuerpo. ¿Cómo controlar el tráfico, como vigilar la microdifusión de finísimas gotas de sudor, la exportación y la importación de vapores, el contrabando de exhalaciones, cómo prevenir el contacto entre vahos cristalinos, cómo controlar al diablo transparente que se desliza desde otra piel a mi piel?”

“No hay ninguna droga tan pura como la testosterona en gel. No tiene olor alguno. Sin embargo, un día después de la administración, mi sudor se hace más ácido y más dulzón. Emana de mí un olor a muñeco de plástico calentado al sol o de licor de manzana olvidado en el fondo de un vaso. Es mi cuerpo el que reacciona a la molécula. La testosterona no tiene sabor. No tiene color. No deja huella. La molécula de testosterona se disuelve, en la piel como un fantasma atraviesa un muro. Entra sin llamar. Penetra sin marcar. No es necesario ni fumarla, ni esnifarla, ni inyectarla, ni tan siquiera tragarla. Basta con acercarla a la piel y así, por simple vecindad con el cuerpo, desaparece para diluirse en mi sangre.”

“¿Cómo explicar lo que me ocurre? ¿Qué hacer con mi deseo de transformación? ¿Qué hacer con todos los años en los que me he definido como feminista? ¿Qué tipo de feminista seré ahora, una feminista adicta a la testosterona, o más bien un transgénero adicto al feminismo? No me queda otro remedio que revisar mis clásicos, someter las teorías a la sacudida que provoca en mí esta nueva práctica de administración de testosterona. Aceptar que el cambio que tiene lugar en mí es la mutación de una época.”

“Lo que no resulta explicable hoy, en una situación en una inferioridad política de las mujeres se oculta tras una aparente igualdad legal, es por qué no hay una masa de bio-mujeres que trafican y consumen testosterona para acceder a la posición hegemónica. Quizá, simplemente, las bio-mujeres no quieren el poder, prefieren seguir teniendo excusas para no triunfar, para no ganar dinero, para no tomar decisiones por sí mismas, para no dirigir los países en los que habitan, para no ser las únicas responsables de su placer sexual, de su mediocridad o de su éxito.”

“Hoy la situación parece mucho más compleja: el cuerpo individual funciona como una extensión de las tecnologías globales de comunicación. Dicho con la feminista americana Donna Haraway, el cuerpo del siglo XXI es una plataforma tecnoviva, el resultado de una implosión irreversible de sujeto y objeto, de lo natural y lo artificial. De ahí que la noción misma de «vida» resulte arcaica para identificar los actores de esta nueva tecnoecología. Por ello, Donna Haraway prefiere la noción de «tecnobiopoder» a la foucaultiana de «biopoder», puesto que va no se trata de poder sobre la vida, de poder de gestionar y maximizar la vida, como quería Foucault, sino de poder y control sobre un todo tecnovivo conectado.”