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Emanuel Bergmann Books

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De truc

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“Pese a ese desengaño espiritual, Max seguía teniendo la necesidad de creer en algo más veraz que el mundo que le rodeaba. Le resultaba difícil dejar la irracionalidad. Y cuanto más empeoraba la relación de sus padres, tanto más irracional se volvía él. Mientras el mundo que le rodeaba se desmoronaba como un castillo de naipes, él buscaba la salvación en la fe. En su interior había un desdoblamiento: Max el creyente por un lado, Max el escéptico por el otro. Era el creyente el que había puesto todas sus esperanzas en un disco rayado y en un viejo gruñón que olía raro. No era el primero al que le ocurría eso, muchas personas no salían de esa fase a lo largo de toda su vida. Max también tenía miedo de despertar, del definitivo final de su infancia. Quería seguir dormitando y soñando algún tiempo, envuelto en una manta caliente de mentiras. No quería levantarse y sentir el frío suelo bajo sus pies desnudos. Todavía no. A pesar de la enorme carga probatoria de lo contrario, Max seguía aferrado a ello: él creía en lo imposible.”

“Aprendió que la magia escénica no era más que una forma de contar historias. Cada truco era un drama. El mago, o narrador, creaba en el primer acto unas expectativas que luego, en el tercer acto, se cumplían en la misma medida en que resultaban más enigmáticas. Mosche comprendió que el verdadero truco se realizaba solo en la mente de los espectadores. El arte no era lograr una transformación mediante la mecánica de las maniobras o del material accesorio; el arte consistía en la transformación de los sentimientos. Para ello era necesario decir lo adecuado. Por lo general era mejor utilizar las menos palabras posibles.”

“Cuando Laibl volvía por la noche de la taberna, Mosche nunca sabía qué padre entraría en ese momento por la puerta: el lloroso o el maligno. A veces Laibl le tomaba en sus brazos, a veces le pegaba sin ton ni son. Casi siempre estaba demasiado bebido para causarle verdadero dolor pero eso no era lo importante. No era nada físico lo que le dolía tanto a Mosche. En su interior se alejaba más y más de su padre.”

“Harry había cedido, como siempre, y guardado la guitarra en el armario, donde a partir de entonces solo acumularía polvo. Cuando a veces tomaba un par de copas de vino tinto, la sacaba y se ponía a rasguear. Pero los sonidos que en otro tiempo fueran para él una liberación, ahora le recordaban dolorosamente los sueños abandonados con demasiada celeridad. Su dominante madre le había educado para ser un perfecto conformista.”