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Infancia Quotes

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Infancia Quotes

“(A Lillian B. Rubin) Los niños le dan la impresión de ser realistas depresivos, que en general no idealizan las luchas de sus padres ni sus formas de sobrevivir, mientras que al mismo tiempo se sienten protectores en relación con ellos por lo normal de su humillación social.”

“Pero sobre todo escribí acerca de él, que ahora se llamaba Max, acerca de mi hermano, nuestro amigo, que llevaba diez días desaparecido. Y escribí acerca de lo que había perdido aquella mañana: el testigo de mi alma, mi sombra de la infancia, cuando los sueños eran pequeños y alcanzables para todos; cuando los dulces costaban un penique y Dios era un conejo.”

“Pese a ese desengaño espiritual, Max seguía teniendo la necesidad de creer en algo más veraz que el mundo que le rodeaba. Le resultaba difícil dejar la irracionalidad. Y cuanto más empeoraba la relación de sus padres, tanto más irracional se volvía él. Mientras el mundo que le rodeaba se desmoronaba como un castillo de naipes, él buscaba la salvación en la fe. En su interior había un desdoblamiento: Max el creyente por un lado, Max el escéptico por el otro. Era el creyente el que había puesto todas sus esperanzas en un disco rayado y en un viejo gruñón que olía raro. No era el primero al que le ocurría eso, muchas personas no salían de esa fase a lo largo de toda su vida. Max también tenía miedo de despertar, del definitivo final de su infancia. Quería seguir dormitando y soñando algún tiempo, envuelto en una manta caliente de mentiras. No quería levantarse y sentir el frío suelo bajo sus pies desnudos. Todavía no. A pesar de la enorme carga probatoria de lo contrario, Max seguía aferrado a ello: él creía en lo imposible.”

“Abrió los ojos y exhaló lentamente el humo del cigarrillo. Una madre que caminaba por la acera pasó delante de él. Cargaba en los brazos a un nene de no más de cuatro años que no le quitaba de encima una mirada boquiabierta. Bob se preguntó si la decepción de ver a un Santa afeitado y fumando sería un trauma mayor que enterarse de la naturaleza imaginaria de su existencia.”

“Kevin relataba que algo dentro de su madre lo estaba separando de su padre. Elegía a su madre y se apartaba de su padre. “Tenía demasiado miedo de elegir a papá”, recuerda. En su visión, había dejado olvidado un objeto en casa. No sabía qué era, pero sabía que mamá lo estaba sosteniendo. ¡Esa cosa era yo! ¡Era mi infancia! ¡Era mi identidad! Me la había perdido toda mi vida. Mis compañeros del colegio habían estado esperando a mi 'yo completo' todo el tiempo. Sentí que me estaba convirtiendo en un hombre; que esta sanación no era solo para el niño que había en mí, sino para todo mi yo. Me sentí crecer y madurar en fuerza, incluso en tamaño físico. Era la libertad de abrazar mi virilidad.”

“El poder de decisión le llega al hombre cuando ya no le hace falta para nada; cuando ni un solo día puede dejar de guiar un carro o picar piedra si no quiere quedarse sin comer. ¿Para qué valía, entonces, la capacidad de decisión de un hombre, si puede saberse? La vida era el peor tirano conocido. Cuando la vida le agarra a uno, sobra todo poder de decisión. En cambio, él todavía estaba en condiciones de decidir, pero como solamente tenía once años, era su padre quien decidía por él. ¿Por qué, Señor, por qué el mundo se organizaba tan rematadamente mal?”

“A partir de la certeza de que en los niños descansaba el futuro del país, se volcó hacia ellos un especial cuidado atendiendo su desarrollo físico y mental a través de la educación. Los niños comenzaron, entonces, a ser un asunto de Estado; es decir, éste asumía la responsabilidad de enriquecer y regular su formación, por medio del control educativo. Para la mentalidad liberal y positivista que permeaba los círculos intelectuales y políticos del Porfiriato, la educación se concebía como el único medio para alcanzar la civilización y el progreso de la sociedad”

“La luz del pasillo iluminaba débilmente mi rostro que se reflejaba de modo fantasmal en el cristal de la ventanilla y me hacía recordar el que tuve en la infancia, el que naufragó para siempre en la despedida, como si aquel niño se hallara agazapado en algún lugar de mi interior esperando un descuido mío para emerger de nuevo en las aguas fangosas del pasado con su sonrisa feliz y sus ojos brillantes.”

“Nosotros éramos venezolanos, ¿entiende? No sé si lo entiende, usted no es de aquí. Era como si todo volviese a empezar y nosotros fuésemos los niños de entonces, pero felices; o como si fuésemos nuestros propios padres, pero distintos. Nos infligíamos el sufrimiento de nuestra infancia y al mismo tiempo la mejorábamos. Recordábamos los momentos en que nos sentimos niños miserables, niños obligados a escuchar el sufrimiento milenario de nuestra herencia, eternamente agradecidos por el pan que nos comíamos, y luego nos imaginábamos otra infancia, como si hubiéramos sido inocentes. Sufríamos el dolor de muchos recuerdos, y luego tomábamos vino y escuchábamos música y nos reíamos.”

“¿Qué piensan los otros? ¿Piensan los otros? A lo mejor no. ¿Cómo se sabrá si el pensamiento no es algo que le pasa solamente a una, y cuando los otros hablan de pensar se están refiriendo a otra cosa? Cada uno a una cosa distinta. Es difícil de concebir eso de vivir sin pensar. Algo así como estar durmiendo siempre. ¡Puf! Sí, puf pero qué lindo sería dormirse un ratito, ahora, si se pudiera intentarlo. Como si alguien en el mundo pudiera intentar una cosa así. "Apoyá la cabeza en la almohada y dormite, tontita", dice mamá cuando una le explica que no ha podido dormir en toda la noche. "Pero mamá", dice una, "cuando yo pongo la cabeza en la almohada se me empiezan a ocurrir cosas". "Y qué cosas se te tienen que ocurrir, Mariana", dice mamá; "¿acaso no estás contenta? ¿tenés miedo de algo?". "No, mamá", dice una; "no tengo miedo; no son cosas malas: lo que pasa es que a mí me gusta pensar". "Hay que pensar de día", dice mamá, "la noche se hizo para dormir". Pero sucede que de día está la escuela, y la gente, y los deberes, y no hay mucho tiempo; además, una se puede haber pasado todo el día pensando y, a la noche, igual se le siguen ocurriendo cosas porque el pensamiento no se termina nunca.”

“¿Y cómo llamamos al proceso de acrecentar nuestro conocimiento indagando sobre lo desconocido? Le llamamos Filosofía. Eso nos hace a todos y cada uno de nosotros filósofos natos, incluso si no estamos conscientes de ello. Es una característica muy notoria en los niños que exploran con curiosidad el mundo en el que viven. Y una que todos retenemos en mayor o menor grado hasta el final de nuestra vida.”

“A lo largo de nuestra trayectoria vital, y muy especialmente durante nuestra infancia, se establecen nuestras identificaciones y se moldea nuestro deseo. La identidad de género es el efecto de esta construcción social y se traduce en una sensación íntima de SER hombres o mujeres. Nos aferramos a estas categorías de género porque nos permiten ser reconocidos socialmente y construir una identidad. Un ejemplo de este proceso lo encontramos en las presiones sociales que recibimos desde pequeñ@s para adaptarnos al género que se nos atribuye socialmente. Los castigos sociales se activan cuando no cumplimos las expectativas.”

“El padre detuvo a un integrante del reparto para quejarse por el grosero comportamiento del Capitán Garfio. El integrante del reparto pidió una disculpa y explicó que cuando un Capitán Garfio termina su turno, es reemplazado por otro. Aparentemente, hubo una confusión y el nuevo Capitán Garfio no tomó su lugar con suficiente rapidez. El integrante del reparto preguntó a la familia dónde se hospedaban y dijo que trataría de arreglar las cosas para Nancy. Cuando Nancy regresó a su habitación, había un muñeco de Peter Pan y una nota en la cama. Esta decía: 'Querida Nancy: Lamento mucho que el Capitán Garfio haya sido malo contigo hoy. Algunos días también es malo conmigo. Por favor regresa y visítanos pronto. Tu amigo, Peter Pan'. Nancy estaba entusiasmada: ¡Peter Pan había volado hasta su habitación y le había dejado una nota en la cama!”