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Quote by C.S. Lewis

“La Iglesia no existe más que para atraer a los hombres a Cristo, para convertirlos en otros Cristos. Si no cumple este cometido, todas las catedrales, el sacerdocio, las misiones, los sermones, incluso la Biblia misma, son sencillamente una pérdida de tiempo. Dios se hizo hombre para ese único fin. Incluso es dudoso que el universo haya sido creado para otro fin que ese. La Biblia dice que el universo entero fue creado para Cristo y que todo ha de ser reunido en Él. Lo que se nos ha dicho es cómo nosotros, los hombres, podemos ser atraídos hacia Cristo. Esto es lo único para lo que hemos sido hechos. Y hay extraños, excitantes indicios en la Biblia de que, cuando hayamos sido atraídos, un gran número de otras cosas en la naturaleza empezarán a funcionar bien. La pesadilla habrá terminado, y llegará el amanecer.”

Quote by C.S. Lewis

Work

Mere Christianity

C.S. Lewis's Mere Christianity is a collection of radio broadcasts that delve into the fundamentals of Christian faith, addressing questions of morality, belief, and the nature of God. The book is known for its accessibility and its ability to engage both believers and non-believers in a thoughtful discussion of Christian principles. more

Author

C.S. Lewis

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“La oración interior continua a Jesús es la invocación ininterrumpida de su nombre divino con los labios, el corazón y la inteligencia; consiste en tenerlo siempre en nosotros e implorar su gracia en todo tiempo y lugar, e incluso, durante el sueño. Esta invocación se expresa con las siguientes palabras: Señor, Jesucristo, ¡ten piedad de mí, pecador! Quien se acostumbra a esta plegaria, encuentra en ella tanto consuelo y siente tal necesidad de repetirla, que no puede vivir sin que espontáneamente resuene en su interior.”

“Camino sin parar y rezo incesantemente la oración a Jesús, que para mí es la cosa más preciosa y dulce del mundo. A veces recorro setenta verste en un día y no siento ningún cansancio: sólo sé que he rezado. Cuando siento mucho frío repito con más intensidad mi oración y me siento aliviado. Cuando siento hambre, invoco con más fuerza el nombre de Jesús y me olvido de mis deseos de comer. Si me siento enfermo y noto que me duele la espalda o las piernas, me concentro en la oración a Jesús y el dolor desaparece. Cuando alguien me ofende, pienso solamente en la oración a Jesús, la cólera y la tristeza desaparecen, y lo olvido todo. A veces pienso que me he vuelto un poco extraño, no tengo preocupaciones, nada me causa pesar, nada de lo externo me atrae, me agrada estar solo y la única necesidad que tengo es la de orar continuamente. Cuando lo hago me lleno de gozo. ¡Sólo Dios sabe lo que está haciendo en mí!”

“Después de un tiempo, sentí que mi oración había pasado de los labios al corazón. Me parecía que el corazón mismo, con sus latidos, iba diciendo las palabras de la oración. Rítmicamente el corazón parecía decir: 1. Señor; 2. Jesucristo; 3. Hijo; 4. de Dios; 5. ten piedad; 6. de mí. Dejé de mover mis labios y estuve atento al corazón, intentando también mirar en mi interior.”

“El monje me decía que las palabras del evangelio obran por sí mismas, porque son palabra de Dios. —No es necesario entender, basta leer con atención. Un santo dijo que si tú no entiendes la palabra de Dios, los malos espíritus sí la entienden, y tiemblan. Y tu embriaguez viene de los malos espíritus. Y te diré todavía más. San Juan Crisóstomo asegura que hasta el lugar donde se guardan las Escrituras aterra a los malos espíritus y es un obstáculo para sus intenciones.”

“Tenían razón los santos Padres cuando decían que la Filocalía es la llave que abre el entendimiento de los misterios de la Escritura. Con ayuda de la Filocalía comencé a entender mejor lo oculto de la palabra de Dios. Descubrí qué significaba el hombre interior en el fondo del corazón, la verdadera oración, la adoración en Espíritu, el Reino en nuestro interior, la intercesión del Espíritu Santo... Comprendí también el sentido de expresiones como estas: «Vosotros estáis en mí» (cf Jn 15,4); «Dame tu corazón» (cf Prov 23,26); «Revestirse de Cristo» (cf Gál 3,27), qué significan «las bodas del Espíritu con los hombres», la invocación: «¡Abba, Padre!» (cf Gál 4,6), y otras expresiones. Al mismo tiempo, las cosas que me rodeaban parecía como que se transformaban con la oración: los árboles, la hierba, los pájaros, la tierra, el aire, la luz... Todo parecía decirme que existía para mí. Me parecía que daban testimonio de que Dios las había creado para el hombre por amor. Así comprendí lo que la Filocalía llama el lenguaje de la creación y la posibilidad de hablar de Dios con la misma creación.”

“Podrás hacer todas las penitencias inimaginables –le dije–, pero si no tienes a Dios en tu alma y la oración a Jesús en tu corazón, no encontrarás la paz, y estarás siempre expuesto a caer de nuevo. Disponte, pues, a rezar la oración a Jesús, en esta soledad te resultará fácil y pronto notarás sus efectos positivos. Desaparecerán los malos pensamientos, y el amor te hará crecer en la fe. Ya no te parecerá un cuento que los muertos resuciten, ni temerás al juicio final. Tú mismo te asombrarás de la libertad y el gozo que anidarán en tu corazón. Nada te atormentará.”

“Comencé intentando individuar la posición del corazón, según la enseñanza de Simeón el Nuevo Teólogo. Cerré los ojos, concentrando todas las fuerzas de imaginación en el corazón. Este ejercicio me duraba media hora, y lo repetía varias veces. Al principio sólo sentía una impresión de oscuridad; pero no tardó en aparecer mi corazón y sentir sus movimientos profundos. Luego traté de sincronizarlos con la oración a Jesús, como lo enseñan los santos Padres Gregorio el Sinaíta, Calixto e Ignacio. Aspirando el aire, dirigía la mirada hacia el corazón y decía: Señor Jesucristo. Y luego, expirando continuaba: ten misericordia de mí. Lo fui repitiendo, primero durante una hora, después durante dos, y posteriormente, gracias al ejercicio continuo, casi todo el día. Cuando se me hacía difícil, o sentía pereza o fatiga, abría de nuevo la Filocalía, y leía en seguida los puntos que trataban de la oración interior, y de nuevo sentía ganas de practicarla.”

“La oración interior del corazón fue mi compañera y consuelo a lo largo de la peregrinación. Nada la impedía, ni las ocupaciones, ni las circunstancias exteriores. La misma oración parecía ayudarme a resolver los problemas que se me presentaban. Cuando leía o escuchaba, la oración seguía manando del interior de mi corazón. Parecía como si se desdoblase mi personalidad o hubiese dos almas en mí, una que escuchaba y otra que oraba.”

“El Nuevo Testamento –comenzó– dice que «toda la creación espera ansiosamente que los hijos de Dios salgan a la luz y suspira por ser liberada de la vanidad de este mundo» (cf Rom 8,19-20). Pues bien, este misterioso suspirar de la creación es la oración interior. No es necesario aprenderla; la llevamos dentro, es innata a nosotros.”