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Quote by Guenassia Jean-Michel

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Guenassia Jean-Michel

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“Dudé mucho antes de convencerme a mí misma de que debía seguir con aquel cometido. Reflexioné, sopesé opciones y valoré alternativas. Sabía que la decisión estaba en mi mano: sólo yo tenía la capacidad de elegir entre seguir adelante con aquella vida turbia o dejarlo todo de lado y volver a la normalidad (…) Dejarlo todo y volver a la normalidad: sí, aquélla sin duda era la mejor opción. El problema era que ya no sabía dónde encontrarla. ¿Estaba la normalidad en la calle de la Redondilla de mi juventud, entre las muchachas con las que crecí y que aún se peleaban por salir a flote tras perder la guerra? ¿Se la llevó Ignacio Montes el día en que se fue de mi plaza con una máquina de escribir a rastras y el corazón partido en dos, o quizás me la robó Ramiro Arribas cuando me dejó sola, embarazada y en la ruina entre las paredes del Continental? ¿Se encontraría la normalidad en Tetuán de los primeros meses, entre los huéspedes tristes de la pensión de Candelaria, o se disipó en los sórdidos trapicheos con los que ambas logramos salir adelante? ¿Me la dejé en la casa de Sidi Mandri, colgada de los hilos del taller que con tanto esfuerzo levanté? ¿Se la apropió tal vez Félix Aranda alguna noche de lluvia o se la llevó Rosalinda Fox cuando se marchó del almacén del Dean’s Bar para perderse como una sombra sigilosa por las calles de Tánger? ¿Estaría la normalidad junto a mi madre, en le trabajo callado de las tardes africanas? ¿Acabó con ella un ministro depuesto y arrestado, o la arrastró quizás consigo un periodista a quien no me atreví a querer por pura cobardía? ¿Dónde estaba, cuándo la perdí, qué fue de ella? La busqué por todas partes: en los bolsillos, por los armarios y en los cajones; entre los pliegues y las costuras. Aquella noche me dormí sin hallarla. Al día siguiente desperté con una lucidez distinta y apenas entreabrí los ojos, la percibí: cercana, conmigo, pegada a la piel. La normalidad no estaba en los días que quedaron atrás: tan sólo se encontraba en aquello que la suerte nos ponía delante cada mañana. En Marruecos, en España o Portugal, al mando de un taller de costura o al servicio de la inteligencia británica: en el lugar hacia el que yo quisiera dirigir el rumbo o clavar los puntales de mi vida, allí estaría ella, mi normalidad. Entre las sombras, bajo las palmeras de una plaza con olor a hierbabuena, en el fulgor de los salones iluminados por lámparas de araña o en las aguas revueltas de la guerra. La normalidad no era más que lo que mi propia voluntad, mi compromiso y mi palabra aceptaran que fuera y, por eso, siempre estaría conmigo. Buscarla en otro sitio o quererla recuperar del ayer no tenía el menor sentido.”

“As far as he was concerned, Testaccio, not the Via del Corso or the Piazza del Campidoglio, was the real heart of Rome. For centuries animals had been brought here to be butchered, with the good cuts going to the noblemen in their palazzos and the cardinals in the Vatican. The ordinary people had to make do with what little was left---the so-called quinto quarto, the "fifth quarter" of the animal: the organs, head, feet, and tail. Little osterie had sprung up that specialized in cooking these rejects, and such was the culinary inventiveness of the Romans that soon even cardinals and noblemen were clamoring for dishes like coda all vaccinara, oxtail braised in tomato sauce, or caratella d' abbachio, a newborn lamb's heart, lungs, and spleen skewered on a stick of rosemary and simmered with onions in white wine. Every part of the body had its traditional method of preparation. Zampetti all' aggro were calf's feet, served with a green sauce made from anchovies, capers, sweet onions, pickled gherkins, and garlic, finely chopped, then bound with potato and thinned with oil and vinegar. Brains were cooked with butter and lemon---cervello al limone---or poached with vegetables, allowed to cool, then thinly sliced and fried in an egg batter. Liver was wrapped in a caul, the soft membrane that envelops a pig's intestines, which naturally bastes the meat as it melts slowly in the frying pan. There was one recipe for the thymus, another for the ear, another for the intestines, and another for the tongue---each dish refined over centuries and enjoyed by everyone, from the infant in his high chair to the nonnina, the little grandmother who would have been served exactly the same meal, prepared in the same way, when she herself was a child.”

“His antipasto was the classic Roman fritto misto---tiny morsels of mixed offal, including slivers of poached brains and liver, along with snails, artichokes, apples, pears, and bread dipped in milk, all deep-fried in a crisp egg-and-bread-crumb batter. This was to be followed by a primo of rigatoni alla pajata---pasta served with intestines from a baby calf so young that they were still full of its mother's milk, simmered with onions, white wine, tomatoes, cloves, and garlic. For the secondo they would be having milza in umido--- a stewed lamb's spleen, cooked with sage, anchovies, and pepper. A bitter salad of puntarelle al' acciuga---chicory sprouts with anchovy---would cleanse the palate, to be followed by a simple dolce of fragole in aceto, gorella strawberries in vinegar.”