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Quote by Sándor Márai

“La guerra es la prueba más grade a la que puede enfrentarse un ser humano, y quien manifiesta firmeza, fuerza, prudencia y valentía en ese gran examen merece que la sociedad a la que pertenece lo considere una persona de primera clase, una especie de aristócrata.”

Quote by Sándor Márai

Work

Hallgatni akartam

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Author

Sándor Márai

Sándor Márai was a Hungarian writer renowned for his profound literary style and insightful observations on historical changes. His works extensively explore the conflicts between individuals and the times, as well as the common human experience. more

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“El hombre racional no puede dejar de luchar contra la irracionalidad bruta. Esta deshumanización del enemigo lleva a una senda peligrosa, pero constituye un magnífico grito de guerra cuando se libra un conflicto bélico. Si se pretende mantener a raya el caos. dice el mensaje, la razón tendrá que luchar una y otra vez contra la sinrazón.”

“Siempre he creído que una persona es inteligente. Son las multitudes las que son estúpidas. Y pocas cosas confirman esto mejor que la guerra, la religion organizada, la burocracia y la preparatoria, donde la mayoria reina sin piedad. Cuando recordé mis primeros dias ahí, todo lo que ví fue una inseguridade y una duda tan agobiantes que un simple grano era capaz de sacar mi vida de balance. Sólo hasta mis últimos dias tuve confianza y respeto por mi mísmo, incluso un poco de individualid.”

“Dudé mucho antes de convencerme a mí misma de que debía seguir con aquel cometido. Reflexioné, sopesé opciones y valoré alternativas. Sabía que la decisión estaba en mi mano: sólo yo tenía la capacidad de elegir entre seguir adelante con aquella vida turbia o dejarlo todo de lado y volver a la normalidad (…) Dejarlo todo y volver a la normalidad: sí, aquélla sin duda era la mejor opción. El problema era que ya no sabía dónde encontrarla. ¿Estaba la normalidad en la calle de la Redondilla de mi juventud, entre las muchachas con las que crecí y que aún se peleaban por salir a flote tras perder la guerra? ¿Se la llevó Ignacio Montes el día en que se fue de mi plaza con una máquina de escribir a rastras y el corazón partido en dos, o quizás me la robó Ramiro Arribas cuando me dejó sola, embarazada y en la ruina entre las paredes del Continental? ¿Se encontraría la normalidad en Tetuán de los primeros meses, entre los huéspedes tristes de la pensión de Candelaria, o se disipó en los sórdidos trapicheos con los que ambas logramos salir adelante? ¿Me la dejé en la casa de Sidi Mandri, colgada de los hilos del taller que con tanto esfuerzo levanté? ¿Se la apropió tal vez Félix Aranda alguna noche de lluvia o se la llevó Rosalinda Fox cuando se marchó del almacén del Dean’s Bar para perderse como una sombra sigilosa por las calles de Tánger? ¿Estaría la normalidad junto a mi madre, en le trabajo callado de las tardes africanas? ¿Acabó con ella un ministro depuesto y arrestado, o la arrastró quizás consigo un periodista a quien no me atreví a querer por pura cobardía? ¿Dónde estaba, cuándo la perdí, qué fue de ella? La busqué por todas partes: en los bolsillos, por los armarios y en los cajones; entre los pliegues y las costuras. Aquella noche me dormí sin hallarla. Al día siguiente desperté con una lucidez distinta y apenas entreabrí los ojos, la percibí: cercana, conmigo, pegada a la piel. La normalidad no estaba en los días que quedaron atrás: tan sólo se encontraba en aquello que la suerte nos ponía delante cada mañana. En Marruecos, en España o Portugal, al mando de un taller de costura o al servicio de la inteligencia británica: en el lugar hacia el que yo quisiera dirigir el rumbo o clavar los puntales de mi vida, allí estaría ella, mi normalidad. Entre las sombras, bajo las palmeras de una plaza con olor a hierbabuena, en el fulgor de los salones iluminados por lámparas de araña o en las aguas revueltas de la guerra. La normalidad no era más que lo que mi propia voluntad, mi compromiso y mi palabra aceptaran que fuera y, por eso, siempre estaría conmigo. Buscarla en otro sitio o quererla recuperar del ayer no tenía el menor sentido.”