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Quote by Sue Monk Kidd

Work

The Dance of the Dissident Daughter: A Woman's Journey from Christian Tradition to the Sacred Feminine

This book is a personal account of a woman's transformation from her Christian upbringing to a more inclusive and feminine spirituality. It delves into her journey of self-discovery and the exploration of her identity in relation to traditional Christian values and the broader concept of the sacred feminine. more

Author

Sue Monk Kidd
Sue Monk Kidd

Sue Monk Kidd is an American author known for her novels, particularly 'The Secret Garden' and 'The Invention of Wings'. Born on August 12, 1948, she has a passion for literature and writing from a young age. more

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“Peter! Were you looking for a horse-shoe?" "No; I was expecting the horse, but the shoe is a piece of pure, gorgeous luck." "And observation. I found it." "You did. And I could kiss you for it. You need not shrink and tremble. I am not going to do it. When I kiss you, it will be an important event -- one of those things which stand out among their surroundings like the first time you tasted li-chee. It will not be an unimportant sideshow attached to a detective investigation.”

“The overall pattern of their activity focuses on memorabilia from the Russian Civil War, specifically papers and personal effects from the heirs of White Russian leaders, but they've also been looking into documents and items relating to the Argenteum Astrum, which is on our watch list--BONE SILVER STAR--along with documents relating to Western occultist groups of the pre-war period. Aleister Crowley crops up like a bad penny, naturally, but also Professor Mudd, who tripped an amber alert. Norman Mudd.”

“La Lista” es una novela de espías que cuenta lo que ocurre cuando Graciela firma un contrato en San Petersburgo, donde le proporcionan como tapadera una promoción de cosméticos para infiltrarse entre las familias de clase alta en Túnez. Espías de España, Francia, Gran Bretaña, Rusia y Estados Unidos emplean The Onion Router, la red de los hackers, para seguirla, mientras ella rastrea a los familiares de los científicos en Facebook. Una soplona británica-india intenta avisarla del peligro, pero yerra. Dos víctimas mueren: una francotiradora y un espía británico. En el desenlace, la apertura anual de Naciones Unidas se anuncia caliente con acusaciones cruzadas entre americanos, rusos y europeos, peticiones de asilo internacional y manifestaciones en las universidades estadounidenses a favor de los asilados.”

“Mas la sorpresa vino cuando puse atención en lo que esta- ba escrito en el folio mismo del cuadernillo, que separaba el volante. Se leía una lista de libros, donde el número once po- nía: Manuscrito pernicioso de los indios infieles de Ilabaya; y en corchetes le seguía una glosa en tinta azul moderna, hecha con un bolígrafo común de nuestros días: [Arte de los Qui- pus, 1574]. Enseguida saqué la nota de papel que aún conser- vaba arrugada en el bolsillo de atrás de mis vaqueros; la releí con mayor detenimiento y sentí que volvía a ser observada; me giré a mirar hacia la puerta y ésta se cerró con un golpe de viento. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Entonces pensé en cuestión de segundos cuál tendría que ser el paso a seguir. ¿Fotografiar estas listas?, ¿llamar a Salamanca a mi profesora, la doctora Del Pozo?, ¿llamar a Burgos y contárselo a María Con- cepción?, ¿guardar silencio?, ¿comunicarme con el de la carta?, ¿y si era una broma?, ¿quién me gastaría una broma así?, ¿me estaría poniendo a prueba el Padre José?. De pronto, mis pen- samientos consiguieron asociar la palabra ‘Inquisición’ impre- sa en el viejo volante, que hizo de separador en el cuadernillo, con aquella foto del folio de algún Índice colonial, que yo vie- ra en la exposición fotográfica itinerante del Museo de la Santa Inquisición el primer día que llegué al Perú. Yo había estado soñando con poseer ese libro pecaminoso, que supuse un Bes- tiario indiano. Pero el gran pecado del libro de Ilabaya parecía ir por el camino de dar luces a la escritura indígena, idólatra hijastra de Belcebú para ciertos inquisidores. Mi corazón casi detuvo sus latidos. Entonces clavé mis ojos en la poca luz que aún entraba por la claraboya del techo, y luego los cerré. Oí el zumbido de un moscardón, o tal vez sólo le imaginé. Resoplé. O suspiré. Mis cartas estaban echadas desde un principio".”