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Walter J. Ciszek Quotes

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Famous Walter J. Ciszek Quotes

“La tentación de tirar la toalla es la misma a la que se enfrenta todo el que ha respondido a una llamada y descubre que la realidad de la vida no coincide con las expectativas creadas bajo el primer impulso de sus perspectivas y su entusiasmo. La respuesta a nuestra tentación: una gracia tan sencilla como la de plantearnos nuestra situación desde su punto de vista, y no desde el nuestro. La gracia de no juzgar nuestros esfuerzos según estándares humanos ni por lo que nosotros queríamos o esperábamos que ocurriera, sino según el designio de Dios. La gracia de comprender que nuestro dilema, nuestra tentación, la habíamos creado nosotros y solo existía en nuestras mentes: no se ajustaba ni se podía ajustar al mundo real dispuesto por Dios y gobernado en última instancia por su voluntad.”

“La verdad pura y simple es que su voluntad consiste en lo que Él desea enviarnos a través de las circunstancias, los lugares, las personas y los problemas diarios. La cuestión está en aprender a descubrirla: no solo en teoría ni solo de vez en cuando en ese relámpago de lucidez que concede la gracia de Dios, sino todos los días. Ninguno de nosotros tiene necesidad de preguntarse cuál será la voluntad de Dios para él: la voluntad de Dios se nos revela claramente en las situaciones cotidianas, si somos capaces de aprender a mirarlo todo como Él lo ve y como nos lo envía.”

“El alma sencilla que ofrece cada mañana «todas sus oraciones, sus obras, sus alegrías y sufrimientos del día» –y que actúa aceptando cualquier situación diaria como enviada por Dios sin cuestionársela y respondiendo amorosamente a ella– ha entendido con una fe casi de niño la profunda verdad acerca de la voluntad divina. Predecir cuál será la voluntad de Dios, argumentar cómo debería ser, es al mismo tiempo una estupidez humana y la más sutil de las tentaciones.”

“Si pudiéramos vivir siempre conscientes de que somos hijos de un Padre celestial que nos contempla sin cesar y que desempeñamos un papel en su creación, todos nuestros pensamientos y nuestras obras serían oración. Toda auténtica oración comienza precisamente ahí: poniéndose en presencia de Dios. La ficción de su presencia no vale de nada, ni tampoco su imagen. La fe nos enseña que Dios está en todas partes, que está siempre con nosotros, pero solo si acudimos a Él. De ahí que seamos nosotros quienes debemos ponernos en presencia de Dios, nosotros quienes debemos acudir a Él con fe, nosotros quienes hemos de superar una imagen para creer –para constatar– que estamos en presencia de un Padre amoroso siempre dispuesto a oír nuestras historias infantiles y a responder a nuestra confianza de niños. Entonces cualquier pensamiento se convierte en padre de una oración y, con mucha frecuencia, las palabras resultan superfluas. Esta oración es absorbente. Una vez que la has experimentado, no puedes olvidarla nunca.”

“La humildad significa eso: aprender a aceptar el desánimo e incluso la derrota como enviados por Dios; aprender a perseverar y seguir adelante con el corazón en paz y confiando en Dios, seguros de que lo que suceda merece la pena, por el mero hecho de que en nuestra vida está actuando la voluntad de Dios y nosotros procuramos aceptarla y seguirla.”

“Durante aquellos años de privaciones y sufrimientos, había aprendido muchas cosas que podían ser de ayuda en las vidas de otros. Porque la vida de cualquier hombre tiene su parte de sufrimiento; todos hemos rozado alguna vez la desesperación y nos hemos preguntado por qué Dios permite que el mal se abata sobre nosotros o sobre los que amamos. En los campos y en las cárceles vi a mi alrededor mucho sufrimiento; yo mismo estuve a punto de sucumbir a la desesperación y, en las horas más oscuras, aprendí a acudir a Dios en busca de consuelo y a confiar solo en Él.”

“Tendemos demasiado fácilmente a asociar nuestra satisfacción con un sentimiento de bienestar, a buscarla únicamente en nuestra comodidad. Perdemos de vista que, por debajo y detrás de todo eso, está Dios, que nos mantiene y sostiene. Dios permite que nuestro mundo se trastoque para recordarnos que no es nuestra morada permanente ni nuestro destino final y trabajemos por nuestro destino eterno y nuestra salvación.”

“Aprender la plena verdad de nuestra dependencia de Dios y de nuestra relación con su voluntad: en eso consiste la virtud de la humildad. Porque la humildad es la verdad, la verdad plena, la verdad que abarca nuestras relaciones con Dios Creador y, a través de Él, con el mundo que ha creado y con nuestros semejantes. Y lo que llamamos humillaciones son las pruebas con las que se mide si hemos entendido plenamente esa verdad. El que se humilla es el yo: no habría «humillación» si aprendiéramos a poner el yo en su preciso lugar, a vernos con la perspectiva adecuada ante Dios y ante el resto de los hombres. Y, cuanto más abundante es esa dosis de yo en nuestras vidas, más severas son nuestras humillaciones con el fin de purificarnos.”

“Cada día, todos los días de nuestra vida, Dios nos pone delante personas y ocasiones con las que espera que actuemos. No espera más de nosotros, pero no aceptará menos; y faltamos a nuestra promesa y a nuestro compromiso si no descubrimos su divina voluntad en cada momento de cada día. Cualquier momento de la vida de los hombres es precioso a los ojos de Dios y ninguno se debe malgastar por culpa de las dudas o el desaliento.”

“Resistirse a la humillación es algo completamente natural. Retrocedemos ante las experiencias humillantes porque atentan contra nuestra dignidad (que es otra manera de decir que hieren nuestro orgullo). Esa es la clave del problema. Entonces nos vendrá bien recordar quiénes somos nosotros realmente y quién es Dios. Si detrás de esa experiencia solo vemos el daño y lo desagradable del hecho, únicamente puede ser porque hemos perdido de vista, al menos momentáneamente, la voluntad de Dios y su providencia. Porque las humillaciones nacen de las circunstancias, de los acontecimientos y de la gente que Dios nos pone delante cada día; y todas esas cosas no son sino manifestaciones de su providencia. De ahí que debamos aprender a descubrir en todo ello, incluso en las humillaciones, ocasiones para una mayor conformidad con la voluntad de Dios.”

“Dios no nos pide que hagamos nada más tedioso, más cansado, más rutinario y monótono, y menos espectacular que lo que hizo Él mismo. Trabajó para dejar claro que el trabajo más sencillo y menos brillante es –o, en cualquier caso, puede ser, si se ve desde la perspectiva de Dios y de la eternidad– una participación en la obra divina de la creación y la redención, una ocasión diaria para cooperar con Dios en los hechos fundamentales de su alianza de salvación. Con él no solo me ganaba mi salvación, sino la de los demás, al menos a través del ejemplo que pudiera darles. Es más, mis quehaceres, mis penalidades, los podía ofrecer por otros como un acto redentor, y como un medio de reparar y expiar tanto mis pecados del pasado como los suyos.”

“Podía aceptar los trabajos y sufrimientos de cada día como venidos de las manos de Dios y ofrecérselos no solo por él, sino por todos los que lo rodeaban. La función del sacerdote consiste en ofrecer esas cosas a Dios por el prójimo y servir de ejemplo, de testigo, de mártir, de testimonio de la providencia y de los fines de Dios ante los hombres que lo rodean.”

“Esta tendencia a ponerle a Dios condiciones aceptables, a procurar inconscientemente que su voluntad coincida con nuestros deseos, es una característica muy humana. Y, cuanto más importante es el asunto, cuanto más comprometidos estamos en él y más depende de él nuestro futuro, más fácil nos resulta cegarnos y pensar que lo que nosotros queremos es, sin duda, lo que Dios tiene que querer también. No somos capaces de ver más que una solución y, naturalmente, suponemos que Dios nos ayudará a alcanzarla.”

“El trabajo en sí mismo no es una maldición de Dios, sino una participación en su obra creadora, un acto redentor y positivo, noble en sí mismo y digno de lo mejor del hombre, igual que fue digno del mismo Dios. Darse cuenta de que, cuando Dios se hizo hombre, se convirtió en un trabajador contiene una espléndida verdad. No fue rey, ni jefe de una tribu, ni un guerrero, ni un estadista o un destacado líder de las naciones, como algunos esperaban del Mesías.”

“Una vez traspasado el umbral que tanto temía cruzar, todo me parecía sencillísimo. No veía más que una cosa: a Dios, que era todo en todo; no había más que una voluntad que lo gobernaba todo: la voluntad de Dios. Solo tenía que verla, descubrirla en cualquier circunstancia en la que me hallara, y dejarme guiar por ella. Dios está en todo, lo sostiene todo, lo gobierna todo. Descubrirlo así en cada situación y en cada circunstancia, ver su voluntad en todo, significaba aceptar cada circunstancia y cada situación, y dejarse llevar con una seguridad y una confianza perfectas.”