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Walter J. Ciszek Quotes

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Famous Walter J. Ciszek Quotes

“Hay movimientos del alma, más profundos de lo que las palabras son capaces de describir y más poderosos que cualquier razón, que pueden hacer que el hombre sepa, salvando cualquier pregunta, cualquier argumento o duda, que digitus Dei est hic, que «este es el dedo de Dios», y el nombre de esa realidad es la gracia. Dios inspira al hombre con su gracia, eleva su corazón, ilumina su mente y mueve su voluntad. Para aceptar esa realidad se necesita fe, pero no por ello deja de ser una realidad. Ni todas las explicaciones lógicas y razonadas de los teólogos serían suficientes para convencer de ella a quienes no poseen el don de la fe, pero sigue siendo una realidad.”

“El alma sencilla que ofrece cada mañana «todas sus oraciones, sus obras, sus alegrías y sufrimientos del día» –y que actúa aceptando cualquier situación diaria como enviada por Dios sin cuestionársela y respondiendo amorosamente a ella– ha entendido con una fe casi de niño la profunda verdad acerca de la voluntad divina. Predecir cuál será la voluntad de Dios, argumentar cómo debería ser, es al mismo tiempo una estupidez humana y la más sutil de las tentaciones.”

“Los presos veían cómo esos mismos sacerdotes se negaban a amargarse; los veían gastarse ayudando a los demás; los veían dar cada día más de lo que se les exigía sin quejarse, sin pensar en ellos mismos, sin preocuparse de su propia comodidad ni de su seguridad. Los veían disponibles para los enfermos y los pecadores, incluso para quienes los maltrataban o los despreciaban. Si un sacerdote se preocupa por esa gente, decían, es que cree en algo que le hace al mismo tiempo humano y cercano a Dios.”

“No existe ninguna diferencia entre un hombre de fe y un hombre sin fe (o con poca fe) en la rutina de cada momento de nuestra vida, día tras día, una semana y un mes y un año tras otro. Externamente, nuestras vidas difieren muy poco de la de quienes nos rodean; lo que marca la diferencia, lo que tiene que marcar la diferencia, es la fe que inspira todas nuestras decisiones, nuestras elecciones y nuestras acciones. Sin la fe, nuestras vidas no son más que una rutina vacía, tediosa y hueca, y los días se suceden casi sin sentido y con la sensación de no haber hecho nada importante. Con la fe, sin embargo, hasta la acción más tediosa y rutinaria del día posee un valor y un sentido para nosotros y para el reino de Dios.”

“Si pudiéramos vivir siempre conscientes de que somos hijos de un Padre celestial que nos contempla sin cesar y que desempeñamos un papel en su creación, todos nuestros pensamientos y nuestras obras serían oración. Toda auténtica oración comienza precisamente ahí: poniéndose en presencia de Dios. La ficción de su presencia no vale de nada, ni tampoco su imagen. La fe nos enseña que Dios está en todas partes, que está siempre con nosotros, pero solo si acudimos a Él. De ahí que seamos nosotros quienes debemos ponernos en presencia de Dios, nosotros quienes debemos acudir a Él con fe, nosotros quienes hemos de superar una imagen para creer –para constatar– que estamos en presencia de un Padre amoroso siempre dispuesto a oír nuestras historias infantiles y a responder a nuestra confianza de niños. Entonces cualquier pensamiento se convierte en padre de una oración y, con mucha frecuencia, las palabras resultan superfluas. Esta oración es absorbente. Una vez que la has experimentado, no puedes olvidarla nunca.”

“El medio más seguro para fortalecer la fe es la oración. En la oración hablamos con Dios, le pedimos ayuda, buscamos su perdón o prometemos enmendarnos, y le damos gracias por los favores recibidos. Pero no se puede rezar hablándole al vacío: por eso, en el mismo acto de la oración nos recordamos a nosotros mismos la realidad y la presencia de Dios, fortaleciendo así nuestra fe en Él. De ahí que el ofrecimiento de obras de la mañana sea, al menos para mí, una de las mejores prácticas de oración, por muy pasado de moda que a algunos les pueda parecer. Porque con él, al empezar el día, aceptamos de Dios y le ofrecemos todas las oraciones, las obras y los sufrimientos de la jornada, y eso nos vale para volver a recordar su providencia y su reino.”

“Podemos rezar siempre si convertimos en oración cada acción, cada tarea y cada sufrimiento diarios porque antes se los hemos ofrecido y prometido a Dios. Tenemos que buscar soluciones dentro de la Iglesia, y no fuera de ella. No podemos separar sin más nuestra vida personal de la de Cristo ni del cuerpo del que Él es la cabeza movidos por un sentimiento personal de insatisfacción u ofensa.”

“El amor, repite san Juan en más de una ocasión, es lo único que cumple todos los mandamientos y la ley. Pero antes que el amor, apuntalándolo desde dentro, está la fe: antes de poder amar, hemos de tener fe; si no, acabaremos amando mal, amándonos a nosotros mismos más que a Dios o amando a las criaturas por sí mismas: eso es lo que significa el pecado. Para crecer en nuestro amor, para amar correctamente, debemos luchar siempre por aumentar nuestra fe, y lo hacemos a través de la oración y los sacramentos.”

“La fe es el punto de apoyo de nuestro equilibrio moral y espiritual. Los problemas del mal o del pecado, de la injusticia, del dolor e incluso el de la muerte no pueden angustiar al hombre que cree ni hacer que se tambaleen su fe y su confianza en Dios. Su impotencia para solucionarlos no será para él motivo de desesperación o abatimiento, por intensas que sean la preocupación o la angustia que sienta por él mismo o por quienes lo rodean. En el fondo de su ser existe una confianza inquebrantable en que Dios proveerá a través de los misteriosos caminos de su divina providencia. Pero la fe enseña también que no puede permanecer indiferente, que no puede limitarse a encogerse de hombros y a suspirar: «¡Dios proveerá!». Como dice la máxima espiritual, sabe que debe «trabajar como si todo dependiera de él y rezar como si todo dependiera de Dios».”

“¿Qué puede inquietar al alma que acepta cada momento de cada día como un don salido de las manos de Dios, y que lucha por hacer su voluntad? «Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?». Nada, ni siquiera la muerte, puede separarnos de Él. No hay nada que nos afecte que no salga de sus manos; nada puede turbarnos, porque todo procede de ellas. ¿Es esto demasiado simple, o es más bien que nos da miedo creerlo, aceptarlo plenamente y en cada detalle de nuestra vida; que nos da miedo entregarnos a ello con un compromiso total?”

“Durante aquellos años de privaciones y sufrimientos, había aprendido muchas cosas que podían ser de ayuda en las vidas de otros. Porque la vida de cualquier hombre tiene su parte de sufrimiento; todos hemos rozado alguna vez la desesperación y nos hemos preguntado por qué Dios permite que el mal se abata sobre nosotros o sobre los que amamos. En los campos y en las cárceles vi a mi alrededor mucho sufrimiento; yo mismo estuve a punto de sucumbir a la desesperación y, en las horas más oscuras, aprendí a acudir a Dios en busca de consuelo y a confiar solo en Él.”

“Durante esos largos de años de soledad y sufrimiento, Dios me condujo a una comprensión de la vida y de su amor que solo quienes la han experimentado son capaces de entender. Me despojó de muchos de los consuelos externos, físicos y religiosos, en los que se apoya el hombre y me dejó como única guía un núcleo esencial de verdades aparentemente simples.”

“Tendemos demasiado fácilmente a asociar nuestra satisfacción con un sentimiento de bienestar, a buscarla únicamente en nuestra comodidad. Perdemos de vista que, por debajo y detrás de todo eso, está Dios, que nos mantiene y sostiene. Dios permite que nuestro mundo se trastoque para recordarnos que no es nuestra morada permanente ni nuestro destino final y trabajemos por nuestro destino eterno y nuestra salvación.”

“Quizá Dios tenga que recordarnos con tremenda claridad que eso es exactamente lo que quería decirnos con esas palabras aparentemente tan simples del Sermón de la Montaña: «No estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán».”

“Experimenté lo que ya había escuchado de algunos directores espirituales o leído en algunos libros, pero nunca había entendido plenamente: que la voluntad de Dios se puede discernir por los frutos espirituales que trae consigo; que la paz del alma y la alegría del corazón son dos de esas señales, siempre que surjan de un total compromiso, de una plena y exclusiva apertura a Dios, y no residan en los propios deseos. Que la validez de una llamada –bien sea la llamada a una vocación, bien a algún nuevo comienzo dentro de esa vocación– puede probarse por los movimientos del alma que la acompañan. Que los movimientos de la gracia de Dios deben ser siempre aceptados y entendidos a través de la vida de fe, porque, en definitiva, la verdad de toda acción misteriosa de la gracia se distingue a la luz de la fe, y no por la fuerza de la razón o el intelecto.”

“Aprender la plena verdad de nuestra dependencia de Dios y de nuestra relación con su voluntad: en eso consiste la virtud de la humildad. Porque la humildad es la verdad, la verdad plena, la verdad que abarca nuestras relaciones con Dios Creador y, a través de Él, con el mundo que ha creado y con nuestros semejantes. Y lo que llamamos humillaciones son las pruebas con las que se mide si hemos entendido plenamente esa verdad. El que se humilla es el yo: no habría «humillación» si aprendiéramos a poner el yo en su preciso lugar, a vernos con la perspectiva adecuada ante Dios y ante el resto de los hombres. Y, cuanto más abundante es esa dosis de yo en nuestras vidas, más severas son nuestras humillaciones con el fin de purificarnos.”

“En el instante más crítico contemplé la muerte desde la perspectiva del yo, y no como lo que es realmente: el momento de volver a Dios. «El que persevere hasta el final, ese se salvará»: tal es la conclusión de todos los textos del Evangelio que se refieren a la confianza en el Espíritu, a no dejarnos inquietar por lo que diremos en tiempos de persecución. Yo había interpretado esos textos al pie de la letra y esperaba que el Espíritu me instruyera para ser capaz de vencer a mi interrogador, a mi perseguidor. ¡Qué necio y qué soberbio! En Lubianka no era la Iglesia la que estaba siendo probada. Ni era aquella una cuestión entre el gobierno soviético o el NKVD y Walter Ciszek, sino entre Dios y Walter Ciszek.”