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Quote by C.S. Lewis

“Debes haberte preguntado muchas veces por qué el Enemigo no hace más uso de Sus poderes para hacerse sensiblemente presente a las almas humanas. Para Él, sería inútil meramente dominar una voluntad humana. Las criaturas han de ser una con Él, pero también ellas mismas. Él quiere que aprendan a andar y debe, por tanto, retirar Su mano; y sólo con que de verdad exista en ellos la voluntad de andar, se siente complacido hasta por sus tropezones. De ahí que las oraciones ofrecidas en estado de sequía sean las que más le agradan.”

Quote by C.S. Lewis

Work

The Screwtape Letters

This work is a fictional correspondence that explores themes of temptation, morality, and spiritual warfare through the lens of a demonic mentor guiding his apprentice. more

Author

C.S. Lewis

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“Si te agradan las almas ámalas en Dios; porque ellas también son inestables, pero en Dios se estabilizan y sin Él pasan y perecen. Han de ser, pues, amadas en Dios. Donde Él está, la verdad adquiere sabor; Él está muy adentro del corazón, pero el corazón se aparta de Él. Cristo, nuestra vida, bajó acá para llevarse nuestra muerte y matarla con la abundancia de su vida; con tonante voz nos llamó para que volviéramos a Él. Y luego desapareció de nuestra vista para que lo busquemos en nuestro corazón y allí lo encontremos. Se fue, pero aquí está. No se quiso quedar largo tiempo con nosotros, pero no nos dejó. Se fue hacia el lugar en que siempre estuvo y que nunca abandonó; porque Él hizo el mundo y estuvo en el mundo, adonde vino para salvar a los pecadores.”

“«Es verdad que nadie llega jamás a adquirir un claro conocimiento de sí mismo si no ha contemplado el rostro de Dios y no se ha percatado de cómo Dios lo ve. El orgullo, que está arraigado en nosotros, nos conduce a considerarnos justos y honestos, sabios y santos, hasta que hayamos sido convencidos por los irrefutables argumentos de nuestra injusticia, de nuestras faltas, de nuestra necedad y de nuestra impureza. Esta convicción no se da mientras nos contemplamos únicamente a nosotros mismos y no a Dios, de quién brota la única regla con la que debemos medirnos, y la que debe regirlo todo. El ojo acostumbrado a lo negro acaba considerando que lo castaño oscuro o lo poco luminoso goza de una magnífica blancura. En efecto, si consideramos todas las cosas con lucidez, nos parece que tenemos la más clara visión imaginable; pero, si elevamos los ojos para mirar el sol, nuestra gran lucidez respecto de las cosas de la tierra se ve inmediatamente deslumbrada y destruida por completo a causa de tal claridad. Es así también cuando evaluamos nuestros bienes espirituales. Incluso si no nos preocupamos del más allá, satisfechos de nuestra justicia, de nuestra sabiduría y de nuestra fuerza, nos apreciamos y nos adulamos hasta el punto de considerarnos semidioses. Pero, si empezamos a elevar nuestros pensamientos hacia Dios, debidamente conscientes de quién es él, y a considerar la perfección de su justicia, de su sabiduría y de su poder, que debería ser nuestro modelo, entonces todo lo que hasta el momento nos parecía, erróneamente, justo se nos presenta con los repugnantes colores de la suciedad. Lo que consideramos sabiduría se nos presentará como necedad y lo que poseía una buena apariencia de fuerza se delatará como nada más que debilidad. Esa es, según las Escrituras, la causa del temor y temblor que han abrumado a los santos cada vez que han sentido la presencia de Dios. Podemos ver como quienes se veían llenos de seguridad y marchan con la cabeza alta al estar lejos de Dios, dan por el contrario muestra de pánico y terror hasta el punto de quedar angustiados, totalmente paralizados, por el temor a la muerte, como anonadados, al manifestar Dios su gloria a ellos. Eso nos permite llegar a la conclusión de que los hombres nunca experimentan el sentimiento de su pobreza con tanta intensidad como cuando se ven comparados con la majestad de Dios.»”