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Quote by Fernando Pessoa

“¿Qué hombre ha puesto sobre tus senos una mano que fuera la mía? ¿Qué beso te han dado que fuera como el mío? En aquellas tardes cálidas, cuando soñabas tanto, que soñabas que soñabas, ¿acaso no viste pasar, en lo más profundo de tus sueños, una figura velada y rápida, la que te daría toda la felicidad, la que te besaría indefinidamente? Era yo. Soy yo. Soy aquél al que siempre has buscado y nunca podrás encontrar. Tal vez, en el fondo inmenso del abismo, el propio Dios me busque para que yo lo complete, pero la maldición del Dios Más Viejo (el Saturno de Jehová) pende sobre él y sobre mí, nos separa, cuando nos debería unir para que la vida y lo que deseamos de ella fueran una sola cosa.”

Quote by Fernando Pessoa

Work

La hora del Diablo

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Author

Fernando Pessoa
Fernando Pessoa

Portuguese poet known for his unique narrative style and rich inner world. Fernando Pessoa is considered one of the most influential writers of the 20th century, and his works are still widely studied and discussed today. more

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“«Todo el mundo dice que la muerte es una mujer», siguió diciendo la mujer. Era corpulenta, más alta que su marido, y con una verruga pilosa en el labio superior. Su manera de hablar recordaba el zumbido del ventilador eléctrico. «Pero a mí no me parece que sea una mujer», dijo. Cerró el armario y se volvió a consultar la mirada del coronel: ―Yo creo que es un animal con pezuñas. ―Es posible ―admitió el coronel―. A veces suceden cosas muy extrañas.”

“No hay más ser no creado que Dios. Dios no tiene contrario. Ningún ser podría alcanzar una “perfecta maldad” opuesta a la perfecta bondad de Dios. Satán, el cabecilla o dictador de los diablos, es lo contrario no de Dios, sino del arcángel Miguel. Se les pintan alas, para empezar, con la intención de dar una idea de la celeridad de la energía intelectual libre de todo impedimento. Un ser que aún puede sentir afecto no es todavía un diablo. En las Escrituras, la visitación de un ángel es siempre alarmante; tiene que empezar por decir: “No temas”. Los ángeles malos, como los hombres malos, son enteramente prácticos. Tienen dos motivaciones. La primera es el temor al castigo y la segunda, una especie de hambre.”

“El enemigo mucho mira si una ánima es gruesa o delgada; y si es delgada, procura de más la adelgazar en extremo, para más la turbar y desbaratar. Verbi gracia, si ve que una ánima no consiente en sí pecado mortal ni venial ni aparencia alguna de pecado deliberado, entonces el enemigo, cuando no puede hacerla caer en cosa que parezca pecado, procura de hacerla formar pecado adonde no es pecado, así como en una palabra o pensamiento mínimo. Si la ánima es gruesa, el enemigo procura de engrosarla más. Verbi gracia, si antes no hacía caso de los pecados veniales, procurará que de los mortales haga poco caso; y si algún caso hacía antes, que mucho menos o ninguno haga agora.”

“Los que conciben al diablo como partidiario del mal y al ángel como cambatiente del bien, aceptan la demagogia de los ángeles. La cuestión es evidentemente más compleja. Los ángeles no son partidarios del bien, sino de la creación divina. El diablo es, por el contrario, aquel que le niega al mundo toda significación racional. La dominación del mundo, como se sabe, es compartido por ángeles y diablos. Sin embargo, el bien del mundo no requiere que los ángeles lleven ventaja sobre los diablos (como creía yo de niño), sino que los poderes de ambos estén más o menos equilibrados. Si hay en el mundo demasiado sentido indiscutible (el gobierno de los ángeles), el hombre sucumbre bajo su peso. Si el mundo pierde completamente su sentido (el gobierno de los diablos), tampoco se puede vivir en él.”

“—¡Oh, mi querida Biondetta! —le dije, aunque forzándome un poco—, tú me bastas, tú colmas todos los deseos de mi corazón… —No, no —replicó vivamente—, Biondetta no debe bastarte: no es ése mi nombre; tú me lo habías dado, me halagaba, lo llevaba con placer; pero debes saber quién soy… Soy el diablo, mi querido Álvaro, soy el diablo… Al pronunciar esta palabra con un tono de dulzura tan encantadora, cerraba más que exactamente el paso a las respuestas que hubiese querido darle. En cuanto pude romper el silencio, le dije: —Deja, mi querida Biondetta, o quienquiera que seas, de pronunciar ese nombre fatal y de recordarme un error del que he abjurado hace mucho tiempo. —No, mi querido Álvaro, no era ningún error; he tenido que hacértelo creer así, querido hombrecito. Era necesario engañarte para que te volvieras, por fin, razonable. Tu especie huye de la verdad: cegarte es la única manera de hacerte feliz. ¡Ah, cuánto lo serás si quieres serlo! Me propongo colmarte de felicidad. Convendrás conmigo en que no soy tan repugnante como me pintan…”

“Ingrato, coloca la mano sobre este corazón que te adora; que el tuyo se anime, si es posible, con la más ligera de las emociones que tan sensibles son en el mío. Deja que fluya por tus venas un poco de esa llama deliciosa que abrasa las mías; suaviza, si puedes, el sonido de esa voz tan propia para inspirar amor y de la que no te sirves, y en exceso, más que para asustar mi alma tímida; dime, en fin, si te es posible, pero con la misma ternura que yo siento por ti: mi querido Belcebú, te adoro…”