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Quijote Quotes

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Quijote Quotes

“—¡Válame Dios —dijo el cura, dando una gran voz—, que aquí esté Tirante el Blanco! Dádmele acá, compadre, que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Quirieleisón de Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con el alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora Emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es este el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los demás libros deste género carecen. Con todo eso, os digo que merecía el que le compuso, pues no hizo tantas necedades de industria, que le echaran a galeras por todos los días de su vida. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho.”

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, conmuían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de los mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino.”

“Marcela: Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermosos es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama.”

“Sus labios se extremecen un poco, como las cuerdas de un instrumento que alguien templa. ¿Cuál es su afán? Quisiera ponernos bien claras delante las cosas que pasaron. Comienza a hablar. Pero no; esto no es hablar, es recitar. Las palabras vienen sometidas a una disciplina, y parecen desintegradas de la existencia trivial que llevaban en el hablar ordinario. Como un aparato de ascensión, el hexámetro mantiene suspensos en un aire imaginario los vocablos e impide que con los pies toquen en la tierra. Esto es simbólico. Esto es lo que quiere el rapsoda: arrancarnos de la realidad cuotidiana.”

“A la mano de Dios -replicó don Quijote-. Pues así es, quiero, señor caballero, que sepades que yo voy encantado en esta jaula, por envidia y fraude de malos encantadores; que la virtud más es perseguida de los malos que amada de los buenos. Caballero andante soy, y no de aquellos de cuyos nombres jamás la Fama se acordó para eternizarlos en su memoria, sino de aquellos que, a despecho y pesar de la mesma envidia, y de cuantos magos crió Persia, bracmanes la India, ginosofistas la Etiopía, ha de poner su nombre en el templo de la inmortalidad para que sirva de ejemplo y dechado en los venideros siglos, donde los caballeros andantes vean los pasos que han de seguir, si quisieren llegar a la cumbre y alteza honrosa de las armas.”

“Don Quijote no se sentiría mal si fuera vencido por algún caballero andante porque eso no haría más que corroborar los libros, que es precisamente lo que él quiere hacer, que los libros se vuelvan reales. Pero la desgracia es que es apaleado por una causa fundamental, mucho más triste, como es la discordancia entre los que los otros ven en él y lo que él piensa de sí mismo”

“Don Quijote está luchando con un caballero vizcaíno, levantan ambos sus espadas y están a punto de dejarlas caer sobe el enemigo. La voz narradora nos dice entonces que el autor de esta batalla la ha dejado pendiente, ; por fortuna un continuó buscando la historia en los archivos de la Mancha, y llegó a encontrarla. El capítulo que sigue, donde se cuentan las circunstancias de ese hallazgo , rompe en dos la historia de la ficción en prosa. Si hubiera que escoger un lugar, uno solo, donde se produce la fundación de esa nueva manera de explorar el mundo que es la novela, yo me inclinaría por éste.”

“No hay nada que en el Quijote no tenga más de una cara: no hay un personaje sin máscara ni una situación sin ambigüedad. Cervantes a ha descubierto una manera de explorar la índole de los seres humanos que no solo respeta sus contradicciones, sino que las convoca y las ensalza; es un lugar hecho de lenguaje, construido en el lenguaje ( el romance, la canción desesperada, el alegato sabio de Marcela), donde se pueden poner en escena verdades humanas opuestas e incompatibles sin declarar una superior a la otra o más válida o legítima”

“La generalización me incomoda, pero siempre lo he pensado de las tragedias: la complejidad verbal, las dimensiones sicológicas, las exigencias interpretativas que hacen que un espectador no pueda nunca asir la implicaciones completas de lo que se le presenta, y deba volver una y otra vez sobre el texto: todo eso me ha permitido durante mucho tiempo pensar en un Shakespeare cansado que un día, ya al final de su vida, se topa con la primera traducción del Quijote y considera, demasiado tarde, todo lo que habría podido hacer con esta nueva forma.”

“Nuevo silencio a lo largo del libro. En el ínterin, don Quijote de la Mancha, sin abandonar este nombre, adopta el de “Caballero de la Triste Figura” (I, 19, pp. 205-206) que le ha puesto Sancho Panza y que, en la segunda parte, cambiará por el de “Caballero de los Leones” (II, 17, p. 768), para caer, cerca del final, en el grotesco “pastor Quijótiz”

“Con la misma libertad con la que el protagonista se ha autobautizado como don Quijote, se bautiza al final como Alonso Quijano el Bueno. En su lecho de muerte continúa imitando precisamente a los antiguos caballeros andantes, a los que ahora dice detestar. Porque en esto, como en ponerse el apodo de “Caballero de los Leones”, sigue ahora —son sus palabras— “la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían o cuando les venía a cuento” (II, 17, p. 768). Cervantes ha querido que su personaje decida, como tantas otras cosas, con qué nombre desea morir.”

“Cervantes, creo yo, quiso dejar abiertas ambas posibilidades: sembró aquí y allá indicios que apuntan ya a la locura irremediable de don Quijote, ya a su cordura final. Y aquí cabe recordar un pasaje del Persiles: a la hora de la muerte, “por la mayor parte, o se dizen grandes sentencias, o se hazen grandes disparates”.[5] A la hora de su muerte don Quijote parece moverse entre esos dos extremos. La muerte reitera en él su naturaleza de loco-cuerdo, de cuerdo-loco. La cosa es, en efecto, más compleja de lo que suele pensarse.”