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Mujeres Quotes

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Mujeres Quotes

“Quizá porque nací en domingo, hija del sol, mi vida está llena de prodigios. Yo he oído campanillear los árboles del bosque a mi paso, las grullas me han llevado en su vuelo hasta las tierras pardas del sur, y he visto danzar a las hadas… Como ellas quisiera ser: hermosa y fuerte, resplandeciente, poderosa para convertir en pan la mugre de los miserables, en salud el dolor de los enfermos, y en gozo la pena de los desdichados. Pero tan sólo soy Elisabeth, duquesa en Baviera. Mis trenzas se deshacen apenas las he peinado, y mi corazón sufre a menudo. Entonces escribo poemas, para echar fuera la congoja que me invade cuando oscurece, la fatiga de un cuerpo que no se atreve a vivir lejos de la luz…”

“¿Queréis el remate sentenciador para quienes se empeñarían en traducir como 'en silencio' al versículo 11 de 1ª Timoteo 2? Su término griego original es 'en isychía' ('pacíficamente', 'tranquilamente', 'sosegadamente'), el cual es muy distinto de 'en siopilé', si es que de verdad se apela a quedarse calladas. Triple salto mortal en el versículo 12: su frase completa en griego es 'didáskein dé gynaikí ouk epitrépo, oudé afthenteín andrós, all’ eínai en isychía'. O correctamente traducido: 'No permito que las mujeres enseñen, ni los hombres, si no es tranquilamente'. ¡Menuda preciosidad es tener a mano una Biblia Septuaginta en condiciones!”

“LA DIOSA SABE Lo que es, en las profundidades de nuestras Almas, como un río fluirá Nuestras direcciones demasiado desplegadas. La Diosa conoce tanto el nacimiento como la muerte Abre nuestras Almas a la divinidad dentro de nuestra sagrada Totalidad Las Almas saben. El amor sabe. La Diosa sabe. Dentro de la Tierra a 108 pies de profundidad Todo va lo que no Nos Bendice. Bendice a tu Madre Hija Amante Esposa Pues la Diosa así se deleita cuando tu nacimiento engendra revelación. 108 pies de profundidad La Diosa conoce dentro de eso lo que nosotros lloramos Nuestra Alma cosecha. Ámate Ama a los demás Sé Honesto Amable Amoroso – Quédate en la luz pues es tan brillante. La Diosa sabe y bendice nuestra Alma.”

“Porque si una lleva una falda o un escote de un tiempo a esta parte lo lleva para sí misma o en nombre del em­­poderamiento, una de dos, y que no me mire nadie porque machete al machote y madre mía qué fuerte e inde­­pen­­diente con mi falda, que era a lo que me reducían antes, a ser dos piernas y poca tela y me quejaba y con razón y ahora como por arte de magia resulta que eso es signo de empoderamiento, pero no puede mirarlo nadie. Nos he­­mos encerrado tanto en nosotros mismos, nos hemos individuado tanto y hemos hecho tantos esfuerzos por acabar con lo de las dinámicas de poder —y, nos guste o no, la belleza siempre ha implicado y siempre implicará poder— que hemos terminado creyendo que no pro­­vocamos ningún efecto, ninguna reacción en el otro y que lo contrario sería inaceptable, aunque las mujeres nos lo hemos creído a medias, como todas las mentiras que nos contamos a nosotras mismas. Por eso rara vez nos ponemos escote y los labios rojos para estar solas en casa, de la misma forma que el pavo real no desplegaría su cola si no hubiera una pava a la vista, porque gilipollas no es y por lo del ahorro energético, y negar que un escote bonito es enseñado de cuando en cuando para ser visto, solo cuando quiere ser visto, cuando quiere ser mirado, además de ridículo niega parte de nuestro poder como mujeres, un poder que no se reduce a lo bello y a lo sexual pero del que lo bello y lo sexual forman parte y no pasa nada y por eso toda mujer ama a un fascista: porque todo el que mira nuestros escotes lo es, a no ser que sea un trapero en un videoclip, entonces es un trapero al uso, entonces se le permite. Y porque mal que bien y según el nuevo canon, nuestros abuelos lo fueron y nuestros padres lo son. No solo porque se les fueran los ojos con las mujeres bonitas que cruzaban los pasos de cebra cuando pensaban, inocentes, que no nos dábamos cuenta.”

“(...) Los hombres nunca nunca nunca han luchado por tener lo que teníamos nosotras. No tenemos registradas esas manifestaciones con pancartas: «Queremos hacer lo que hacen las mujeres», «Queremos vivir como ellas, en el sacrificio y la entrega al proyecto de los otros», «Que salgan ellas a luchar y trabajar en las canteras y nosotros, a casa cuidar(las) a ellas y a sus hijas.”

“«¿Cómo pueden (…) ellas, que son tan sensibles a los infortunios de los otros (…), cometer tan graves crímenes? —escribió un desconcertado reportero, impresionado por la cantidad de damas envenenadoras que llenaban las cárceles de la ciudad—. Son monstruos. No hemos de suponer que son como las demás; de hecho, parece más natural compararlas con los más perversos de los hombres.» Claro, resultaba tranquilizador —de aquella manera— imaginar que estas envenenadoras tenían más de hombres que de chicas, pero es que eso, sencillamente, no era verdad. Estos «monstruos» eran mujeres”

“Mis ausencias eran los huecos entre las líneas que no sabían unirse. Y mientras escribía encontraba tanto alivio como dolor en el acto de hacerlo. En una burlona contradicción, crecía cada vez más y me hacía cada vez más pequeña. Me curaba y me enfermaba. Me enfermaba. Notaba esa herida sangrar en alguna parte. Las gasas eran ese procesador de textos. La polividona yodada eran los libros abandonados en todas partes.”

“La cosa se puso peor cuando llegó la época de los tacones. ¡Qué masoquismo! Encaramarse en esos dos palitos es un acto cercano al malabarismo y aprender a manejarlos todo un suplicio. Otro invento que, estoy segura, se lo debemos a los hombres porque con el tiempo descubrí el poder que puede tener un par de piernas balanceándose en estos pequeños simulacros de zancos. Y me monté en ellos, como se montaron las demás mujeres mientras ellos caminan felices por la vida sin problemas de callos, ni de deformaciones creadas por la altura de los tacones. Y después tienen el descaro de quejarse de lo mucho que demoramos las mujeres para arreglarnos. Como si lograr que el pelo luzca maravilloso [...] como les gusta a ellos, maquillarse sin que se nos pase la mano, elegir el vestido adecuado para la ocasión y montarse en los dos palitos fuera igual que afeitarse, bañarse y ponerse lo mismo de siempre: una camisa y un pantalón. Pero ¡ay que uno salga con la cara lavada y sin ningún tipo de arreglo!”

“Martirio hablaba de él como si no reparara en su presencia, como si su opinión careciera de importancia. No se dirigía a Rodrigo, apenas lo miraba. Lo había privado de voz, lo cual no se le antojaba extraño, al fin y al cabo, no era más que un simple caballerizo, su lugar en el gran esquema del feudalismo había sido que destinado para quienes tienen como cometido bajar la mirada y permanecer a la espera sin estorbar.”

“Por esta floristería pasan hombres y mujeres que necesitan comunicar una emoción o enviar un mensaje para el que no encuentran las palabras: respeto, agradecimiento, admiración, desamor, pérdida, amor, celebración... Unos compran flores para un nacimiento y otros por una muerte. Unos las encargan para restar sobriedad a sus despachos, otros para dar vida a sus casas. Algunos las prefieren vivas, aún prendidas de la tierra, otros muertas o disecadas. En unos casos las prefieren a punto de abrirse para que duren más, a otros en cambio les gustan perecederas como las margaritas que empiezan a deshojarse. De una en una o de cien en cien... a veces las enviamos al camerino del teatro español, otras forman coronas en la iglesia de San Sebastián, las compras madres a sus madres, infieles a sus mujeres, amantes a sus amantes, el Palace para su retretes, las ancianas para sus balcones... Yo tengo la teoría de que a cada persona le corresponde una flor. Y a cada etapa de su vida, también. Hay mujeres que compran flores y otras que no. Eso es todo”

“Los patriarcas nos defraudan. No ven y no escuchan. Suelen permanecer ciegos y hacer oídos sordos a las mujeres, se pavonean, alardean y actúan como si no estuviéramos allí. Y no siempre son hombres. A veces son mujeres, también ciegas que se odian a sí mismas. Están atrapadas en los hábitos perceptivos de los siglos, en las expectativas que han llegado a gobernar su mente.”

“¿Sabe por qué los odio tanto a ustedes, o sea, a todos los hombres del mundo? Por todo lo que exigen a los demás como si ése fuera su derecho natural. No me malinterprete, estas exigencias no se expresan necesariamente de una forma explícita, con palabras. A veces es la forma en que los hombres tratan a las mujeres, su mirada, su sonrisa, sus gestos... Hay que estar ciega para no darse cuenta de lo mucho que confían en sí mismos. Para comprender su arrogancia, basta con ver el desconcierto que les provoca que una mujer se niegue a alguno de sus requerimientos. Nunca dejan de pensar en sí mismos como en cazadores y en nosotras como pobres presas. Nuestra obligación es ser siempre sumisas, obedecer y dar lo que se nos pide. Nosotras no pedimos ni podemos entregar nada por el simple hecho de que nos apetezca. Me repugna ese orgullo masculino estúpido y soberbio.”

“El Dios de la Biblia hebrea, siempre misericordioso, dijo a la primera mujer: -Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos-. Hasta hace poco tiempo, en torno a 1% de las madres morían en el parto; para una mujer estadounidense, estar embarazada hace un siglo era casi tan peligroso como tener cáncer de mama en la actualidad.”